Exploraciones petrolíferas en estado de deterioro en el histórico Lago de Maracaibo. Fuente: BBC.
Exploraciones petrolíferas en estado de deterioro en el histórico Lago de Maracaibo. Fuente: BBC.

Por:                                     Lucas d’Auria.

El 2026 comenzó con uno de los eventos políticos más estremecedores de los últimos años. Estados Unidos, bajo el mando de Donald Trump, aparentemente se levantó una mañana y decidió llevar a cabo un acto de agresión (de acuerdo con el Derecho Internacional) y capturar a Nicolás Maduro, mandatario ilegítimo de Venezuela, para procesarlo por cargos de narcotráfico y terrorismo en una corte estadounidense.

Muy rápidamente, analistas de política internacional de todas partes fueron consultados por los medios de comunicación y, como de costumbre, el discurso en las redes sociales terminó dividiéndose entre quienes criticaban, creo que justamente, la intervención estadounidense por ser una violación al Derecho Internacional y entre quienes apoyaban la decisión del gobierno de Trump. En la mayor parte de los casos que pude apreciar, el argumento de crítica siempre resaltaba la naturaleza imperial del comportamiento estadounidense y sentenciaba que el motivo por el cual Trump había decidido deponer a Maduro era por el petróleo venezolano. Naturalmente, esto era esperable debido a que Trump mismo declaró en varias ocasiones que el petróleo era fundamental, además de que no mencionó una sola vez una sola idea relacionada con la restauración de la democracia en Venezuela y, por último, declaró en público que María Corina Machado “no tenía el apoyo” necesario para gobernar su propio país.

Sin embargo, me temo que el petróleo no es el motivo real por el cual ocurrió la agresión que depuso a Maduro. En este artículo, quiero hacer un análisis breve sobre el motivo real de la agresión: Trump está particularmente enfocado en expulsar a China y sus aliados de la región. Para argumentar esto, primero haré un breve análisis de la Estrategia de Seguridad Nacional que fue publicada por el gobierno de los Estados Unidos a finales del 2025. Segundo, estableceré un vínculo entre la intervención en Venezuela y otras tensiones del sistema internacional.

La Estrategia de Seguridad Nacional como una explícita declaración de realpolitik

Los documentos de Estrategia de Seguridad Nacional, como el presentado por Trump a finales del 2025, son documentos escritos a manera de reporte por el equipo del presidente para presentar al Congreso de los Estados Unidos una suerte de diagnóstico sobre cuáles son las amenazas y riesgos globales a los cuales se enfrenta el país y cómo planea mitigarlos o combatirlos. En este sentido, la Estrategia presentada por Trump es conceptualmente muy diferente de la presentada por Biden. Mientras la elaborada por este último usa un lenguaje técnico, diplomático y propio de los expertos de la política internacional, el documento presentado por Trump usa un lenguaje moralizante, combativo y de lucha civilizacional. Hace referencia a que el orden internacional liberal promovido por las administraciones anteriores causó una erosión de la soberanía y que es un orden que ya no funciona o simplemente no existe. El texto logra esto por medio de un uso muy marcado de dicotomías binarias, como nación/globalismo y pueblo/élites gobernantes. Es un uso muy evidente del discurso Us vs. Them que suele ser muy efectivo para comunicarse con su electorado MAGA, principalmente compuesto por personas que, precisamente, se sienten abandonadas por las élites y por la globalización. No es una casualidad que la Estrategia, además, comience por declarar la guerra contra “lo woke”: las formas progresistas de ver la vida son entendidas por Trump y por sus simpatizantes como productos de la apertura fronteriza y, en consecuencia, nocivas para la identidad nacional.

La Estrategia es particularmente reveladora en las menciones que hace a que los Estados Unidos se enfocaron demasiado en hacer de todo sin decidir exactamente qué querían, perdiendo el camino que conectaba fines y medios y que dejó a un lado el interés nacional. El texto es, en esencia, una clase de realpolitik: Estados Unidos y el orden internacional basado en reglas se equivocaron, y el presidente Trump llega para corregirlos.

Siguiendo estas ideas, el documento revela también la visión particular que tiene de las amenazas globales. Mientras que las amenazas identificadas por Biden eran “abstractas”, como el cambio climático, la energía, el acceso a la comida y mezcla a China y Rusia como elementos de un sistema más grande de problemas, la estrategia de Trump es mucho más sencilla. Señala problemas “concretos” con el dedo, los securitiza, habla de amenazas existenciales y, en lugar de mitigar, planea erradicar.

El relato sobre China es esencial aquí. No es un competidor más en el sistema, sino el espejo de todo lo que salió mal de todas las administraciones anteriores. La estrategia de Trump declara explícitamente que la apertura a los mercados chinos fue un error porque China no se unió al orden internacional basado en reglas, y culpa a las élites americanas de haber hecho esto a propósito. Además, securitiza las prácticas económicas, incluyendo la economía como un factor de supervivencia existencial de los Estados Unidos. Inclusive menciona “amenazas a nuestras cadenas de suministros”, “destrucción de empleos y desindustrialización”, “prácticas comerciales injustas” y “subversión cultural”.

La reflexión sobre la importancia de China no es menor, pues el texto también hace una breve mención a la ausencia de políticas claras sobre el Sur Global, dejando implícito que China sí tiene unas mientras que los Estados Unidos se han quedado atrás en su penetración en los estados del sur. Precisamente por esto es por lo que la Estrategia también deja claro que Estados Unidos debe trabajar con los aliados que tiene para impedir que otras economías aliadas “estén subordinadas a cualquier otro poder competidor”. Creo que es bastante claro que esto, en el fondo, equivale a decir que China es la principal amenaza económica global de los Estados Unidos, que seduce a sus aliados y luego los somete. Para Trump, el sistema internacional es claramente una guerra por las zonas de influencia y China es su adversario definitivo.

El problema con Venezuela

La agresión en Venezuela para deponer a Maduro, entonces, no es solamente un asunto relacionado con las enormes reservas de petróleo que tiene el país. Es, principalmente, una maniobra para poder expulsar a China de la región. China era la destinación principal del petróleo venezolano, invirtiendo aproximadamente 4000 millones de dólares en el país, además de otorgarles préstamos enormes, de los cuales Venezuela aún debe entre 13 mil y 15 mil millones de dólares. Más o menos el 4.5% del petróleo que China importó en el 2025 provino de Venezuela, sin mencionar que el grupo chino Sinopec, controlado por el Estado, controla más de 2800 millones de barriles de crudo venezolano. El “oro negro” se había transformado en la piedra angular de la estrecha cooperación entre China y Venezuela, convirtiendo a esta última en el mayor aliado regional de China.

La relación entre China y Venezuela también tiene una dimensión poco explorada con la relación entre China e Irán. Irán, fuertemente golpeado por múltiples sanciones occidentales, cuenta con China como su más grande socio comercial. Ambos han firmado un acuerdo de cooperación que durará 25 años. No es una casualidad, entonces, que las naves petroleras secuestradas por los Estados Unidos recientemente en mar abierto se dirigieran, precisamente, a China y a Irán. Irán es otro ejemplo del argumento fundamental de la Estrategia de Trump: es uno de los Estados (sancionados) que sobreviven gracias a que China logra usar el orden internacional basado en reglas a su antojo. Naturalmente, la supervivencia de Irán permite a este último financiar las operaciones de Hezbollah en el Líbano, de los rebeldes hutíes en Yemen y de otros actores más en el Medio Oriente.

En este orden de ideas, quitar a Maduro de su posición de poder no es solamente una cuestión de apoderarse de petróleo. Estados Unidos tiene petróleo de sobra: es el noveno país a nivel global por reservas de petróleo y produce más de 13 millones de barriles al día. El problema real de Trump siempre ha sido China y su capacidad de influenciar un sistema, o cuanto menos un área del mundo, que Trump sostiene que le pertenece. Eliminar a Maduro le permite aislar a China de la región, excluir un importante suministro de petróleo para la economía china, cortar los nexos que China tiene con América Latina y, además, también empezar a cortar los nexos que Irán empezó a tener con la región desde que comenzó la cooperación entre Teherán y Caracas.

Todos sabemos que la intervención de los Estados Unidos en Venezuela para capturar a Maduro va en contra del artículo 2, párrafo 4, de la Carta de las Naciones Unidas. Todos estamos de acuerdo en que se trata de una violación del Derecho Internacional. Pero esto para Trump es un asunto menor. Si necesita violar el derecho usando la fuerza para conseguir lo que quiere, lo hará, porque él cree que solo así puede hacer respetar al derecho mismo. A fin de cuentas, como nos recuerdan unas lecturas de Walter Benjamin (y, parcialmente, también de Giorgio Agamben), el derecho necesita la violencia para poder justificarse a sí mismo. La violencia, de algún modo, precede el derecho, pero también lo conserva. Tristemente, el Derecho Internacional es, en esta ocasión, solo un espectador de su propia paradoja fundacional.

Sobre el autor…

Lucas d’Auria es profesor asistente de Relaciones Internacionales en la Universidad de La Salle, Colombia. Sus áreas de interés son los estudios críticos de seguridad internacional, las teorías de las Relaciones Internacionales y las migraciones

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