
En consultorios, aulas y hogares se habla cada vez más de educación sexual, pero rara vez desde un lugar informado y sin prejuicios. Así, la educación sexual cae en una especie de orfandad: todas y todos quieren opinar, pero pocas personas parecen tener la preparación o las herramientas necesarias para brindarla.
Por un lado, están las familias, con jóvenes en búsqueda de independencia y adultxs que desde su amor (o su temor) transmiten lo que saben a partir de su propia experiencia, reproduciendo también inseguridades y mitos. Tenemos a las y los docentes, algunxs que no se interesan en actualizarse en contenidos distintos a sus áreas disciplinares y otrxs que asumen (por decisión propia o por imposición institucional) cátedras de educación sexual, enfrentando sobrecarga laboral, falta de herramientas pedagógicas e incluso contextos sociales e institucionales hostiles para los derechos sexuales y reproductivos de sus estudiantes.
Pero hoy quiero poner el foco en el sector salud que, al estar de cara a los procesos relacionados con el cuerpo, considero que es el llamado a transmitir información de calidad, actualizada y contextualizada sobre este tema. Sin embargo, las dificultades para reconocer la diversidad desde un enfoque más humano, asociadas a visiones reduccionistas de la sexualidad, hacen que las intervenciones en salud sexual y reproductiva se limiten, en el mejor de los casos, a un nivel meramente informativo o centrado en la enfermedad.
Existe una distancia profunda entre el reconocimiento normativo del derecho a la educación integral en sexualidad y su implementación efectiva en los servicios de salud. Al menos en el papel, el rol del sector salud se encuentra establecido en la Política Pública en Sexualidad, Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos 2014-2021 (Ministerio de Salud y Protección Social, 2014) y en su actualización del 2025–2034 (que está ad-portas de aprobación). Pero esta formulación legal no se ha traducido en transformaciones reales para la formación del personal ni en nuevas y eficaces prácticas institucionales.
Diversos estudios evidencian que las y los profesionales de la salud no se sienten preparadxs para abordar el tema de la sexualidad con sus pacientes. Las deficiencias en la formación universitaria (tanto a nivel de pregrado, como en posgrado), la influencia de factores educacionales y psicosociales, así como la inseguridad frente al conocimiento y vivencia de su propia sexualidad, dificultan la comprensión y el acompañamiento de la sexualidad de otras personas (Profundizar aquí). Los escasos esfuerzos para la formación en sexualidad y reproducción han sido insuficientes, discontinuos y de alcance limitado, lo que lleva a la omisión sistemática de la sexualidad como parte de la dimensión integral del cuidado durante su desempeño profesional.
Se genera entonces un abordaje superficial y paternalista, que desconoce la agencia de las personas y reproduce modelos obsoletos[1] que fijan algunas conductas como “correctas”, además de omitir la diversidad y reducir la formación sexual a información sobre anatomía y prácticas sexuales genitales. La atención se limita casi exclusivamente a lo relacionado con la reproducción y a “tratar problemas” como la infertilidad o las infecciones de transmisión sexual. De esta forma, se profundiza la brecha entre los sectores de educación y salud, manteniendo a este último distante de los contextos comunitarios donde la educación integral en sexualidad cobra mayor sentido, y haciendo que muchas instituciones de salud actúen como reproductoras de prejuicios, estereotipos, discriminación y violencias.
Aunado a lo anterior, debe tenerse en cuenta que la educación sexual no trata únicamente de transmitir información sobre el cuerpo. Esta también busca fortalecer conocimientos y habilidades para que las personas ejerzan autonomía sobre su salud, bienestar y dignidad, fomentando relaciones sociales y sexuales basadas en el respeto, los derechos humanos y la igualdad de género.
Lo anterior exige una mirada crítica para analizar las problemáticas y la información que se recibe, por ejemplo, reconociendo brechas de género en la producción científica, como lo he mencionado previamente al abordar la endometriosis. Esta perspectiva crítica aún no logra incorporarse de manera sistemática en la formación de profesionales en medicina y enfermería. Y es que, cuando las consultas de salud sexual y reproductiva dejan de lado los temores, la afectividad, el deseo, la complejidad de las relaciones humanas y las condiciones del contexto social, estamos coartando las posibilidades para construir una sociedad más justa y democrática.
Por último, para educar en sexualidad, tanto en la consulta como en ambientes comunitarios, no es suficiente el poseer un conocimiento técnico. Las y los educadores en educación sexual, ya sean docentes, pares o profesionales de la salud, deben desarrollar habilidades comunicativas basadas en el respeto por la autonomía y separar sus valores y actitudes personales de sus responsabilidades profesionales. La falta de estas habilidades, o la ausencia de interés por fortalecerlas, hacen que la tan mencionada deshumanización en salud tenga un impacto más significativo al tratarse de un tema profundamente íntimo y humano como es la sexualidad, ya que fragmenta la confianza necesaria para compartir información sin temor a prejuicios y estigmas.
Por eso, el llamado al sector salud es a reconocer y asumir su responsabilidad social (individual y colectiva) como actores clave para la educación integral en sexualidad, no solo como prestadores de servicios, sino como garantes de cuidado, autonomía y dignidad. Al renunciar al papel de agentes pedagógicos y garantes de los derechos sexuales y reproductivos, el sector salud pierde la posibilidad de hacer de la educación sexual una herramienta social que fomente una vivencia autónoma, informada y digna de la sexualidad. No se trata solo de una falla técnica o curricular, sino de una forma de despolitización de la sexualidad que limita su comprensión. De este modo, se impide asumirla como una dimensión central del bienestar y de la salud de las personas.
Nota: En las próximas semanas se lanzará la guía práctica digital para hablar de Educación Integral en Sexualidad A Calzón Quita’o: Sexualidad, sin tabúes ni rodeos, una herramienta pensada no solo para docentes, sino para todas las personas interesadas en fortalecer su práctica cotidiana desde un enfoque de género y de derechos, centrado en el cuidado individual y colectivo. Esta columna es también una invitación a lectoras y lectores para conocerla, descargarla y aprovecharla como apoyo en aulas, servicios de salud y espacios comunitarios. La información sobre su lanzamiento estará disponible en las redes sociales de RHUDA, organización aliada de este medio.
[1] Torres Siatame, L. F., Ibáñez Perdomo, K. O., & Saldarriaga González, E. L. (en prensa). A calzón quita’o: Sexualidad, sin tabúes ni rodeos. Guía práctica digital para hablar de educación integral en sexualidad. RHUDA.
