Fuente: Marandina (@camarandina_)

Es miércoles 14 de octubre. Es de mañana y hace sol. Tengo retraso. Me doy prisa. Tengo cita en el Parque Nacional, en Bogotá. Creo que me perdí el inicio de la marcha. Pero no, la calle está llena. La marcha empezó hace tiempo y la gente sigue adelante. De un lado de la Séptima, los curiosos, sentados en los escalones bajo la escultura de Rafael Uribe, miran interrogativos a los jóvenes que calientan la voz, envueltos en banderas, una colombiana y otra wiphala.

Al otro lado de la calle, están los tambores y carteles. Acabo viendo solo eso. La multitud compacta y densa se convierte en olas. Lo único que se identifica son los textos de las reivindicaciones escritas sobre los cartones de la última mudanza con plumón negro. Acá y allá, se organizan discursos. Uno se da cuenta de eso gracias no solo  a los tribunos, sino a las reacciones de la muchedumbre ante sus palabras.

Me encuentro con amigos. Finalmente. Nuestra manifestación puede empezar. Mantengo los ojos en el cielo para leer los lemas . En ese momento, cruzo la mirada con algunos trabajadores de cuello blanco, quizás envidiosos de unirse a las protestas. A pesar de que están viéndonos desde la altura, en sus grandes torres, pienso que ellos tampoco pueden ver las extremidades de la marcha. Nos graban porque saben, como cada uno en esta calle, que ese día es particular.

Se habla de más de 62.000 manifestantes en todo el país y miles solo en Bogotá. En la avenida, nos encontramos con unos periodistas con un micrófono desconocido. Buscamos en internet a que se refiere el logotipo ‘EFE:’. Es una agencia de prensa española. La prensa internacional viene en gran número para cubrir lo que acontece en el país. Colombia hace ruido. Y no es el decreto promulgado el día anterior —coincidencia de fechas— por de la Espriella lo que impidió a la gente ir por la calle. Bajo el título de “ESTATUTO DE REACCIÓN, USO Y VERIFICACIÓN DE LA FUERZA LEGÍTIMA DEL ESTADO Y PROTECCIÓN DEL DERECHO A LA PROTESTA PACÍFICA CIUDADANA”, el decreto 1525 redefine el protocolo de intervención de la fuerza pública en el marco de manifestaciones.

Desde entonces, las autoridades pueden intervenir inmediatamente contra los causantes de disturbios individuales. Ya no es obligatorio esperar a que terminen los procesos de diálogo para actuar contra presuntos actos de violencia. El decreto postula ocho razones que sirven de justificación para la intervención violenta por parte de las fuerzas estatales, aún si el diálogo no se considera terminado: el porte o uso de armas, tanto blancas como de fuego , el uso de explosivos o elementos incendiarios, la toma de rehenes, el ataque contra terceros, servidores públicos, uniformados, misiones médicas o periodísticas, o la destrucción de infraestructura pública o privada.

Se establecen cinco niveles sucesivos en el nuevo esquema de intervención: “facilitación y gestión preventiva, diálogo directo, mediación y articulación institucional, disuasión y restablecimiento del orden mediante la acción de la Unidad Antidisturbios de la Policía o las unidades policiales especializadas disponibles en el territorio”. El paso de un nivel al otro se producirá cuando el anterior haya resultado ineficaz. Todas las decisiones tendrán que estar justificadas en el acta del Puesto de Mando Unificado. Además, el PMU deberá estar activo antes, durante y después de las protestas, dispuesto a intervenir en cualquier momento. El decreto también precisa que el bloqueo de una vía, por sí solo, no convierte una protesta en un hecho de violencia.

Las reacciones no se hicieron esperar. Los temores sobre el derecho a la protesta se extendieron. El texto es visto como un medio para disuadir e intimidar a los ciudadanos con el fin de que no ejerzan su derecho constitucional a protestar. Organizaciones internacionales tomaron la palabra para denunciar este decreto. La Oficina en Colombia del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos pidió precisar las disposiciones sobre el uso de la fuerza y cuándo se entiende terminado el diálogo para evitar interpretaciones. Asimismo, la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) notifica que el Decreto 1525 no establece garantías claras para proteger a los periodistas que cubren las manifestaciones.

La inquietud ante la idea de salir a la calle se fortaleció aún más a causa del estatuto antiterrorista del gobierno de Abelardo de la Espriella. Este estatuto da más poder al presidente para modificar el código penal y agregar delitos, y cambia la definición de  terrorismo por “una manifestación de naturaleza individual, grupal o colectiva, que se concreta en la producción de miedo, pánico y zozobra”. Esta definición tan borrosa como peligrosa plantea preguntas sobre lo que incluye esa nueva nomenclatura de las organizaciones terroristas.

Pero los gritos y los cantos no se detienen en Bogotá, ni en otras ciudades. Sindicatos, profesores, estudiantes, comunidades indígenas… todos se mezclan hoy junto con sus reivindicaciones. Desordenadamente, los manifestantes defienden la financiación de la educación pública. Piden mejores condiciones laborales y que se mantengan las reformas sociales obtenidas bajo el gobierno Petro (como la ampliación del acceso gratuito a la universidad pública y el aumento del salario mínimo). Exigen la preservación de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) amenazada por el actual mandatario tras el anuncio de recorte presupuestal para 2027.

Encima, denuncian el acercamiento del gobierno con Israel y EE. UU., así que apoyan la causa palestina y rechazan el imperialismo yankee. La bandera palestina ondea orgullosamente mientras el sol comienza a esconderse. La gente reclama que se ponga fin al fracking y que se preserven las tierras ancestrales y los derechos de los pueblos indígenas colombianos. Denuncian la presunta falta de transparencia por parte de la primera dama, Ana Lucía Pineda, en la gestión del fondo de ayuda de su Fundación Colombia Luz y Sonrisa tras el terremoto que sacudió el país en agosto. Una prueba de que manifestar sigue siendo necesario, pues Ana Lucía Pineda dio a conocer el 16 de octubre el importe de los aportes privados recibidos: $54.000 millones.

Tantas demandas y gente de tantas procedencias se unen en el mismo camino contra un hombre retratado en muchos carteles con una gran frente, Abelardo de la Espriella. Su nombre está en la boca de todos. 2 meses al mando y ya salen a la calle miles de personas para criticar sus primeras decisiones. Cuando nos acercamos a la Plaza de Bolívar, la multitud vocifera, “Abelardo, fascista, usted es el terrorista”. También hay otras consignas, pero esas no puedo escribirlas acá. Los cárteles contra el presidente se multiplican. Uno, de rojo, fustiga el mandato del presidente : “Fuera Abelardo el ilegítimo ya”. Diversos perfiles, diferentes historias y orígenes juntados para defender la idea que tienen de la democracia y de la manera de hacer sociedad. Múltiples dificultades y un autor definido. Eso le llaman la convergencia de las luchas.

Algunos aventureros se atreven a lanzar lemas abelardistas frente a las narices de los manifestantes. Una sola palabra es suficiente para que los protestantes repliquen. Y los contra manifestantes no dan la talla en este momento. Son muchos los que abandonan rápidamente el tumulto de la avenida principal, huyendo por las calles adyacentes. Finalmente, alcanzamos la Plaza de Bolívar. Parece estrecha una vez llena de gente. Alertas, nos quedamos cerca de un rincón en caso de que las cosas se salgan de control y tengamos que irnos rápido.

Ahí está el escenario donde se expresan sindicalistas y políticos. Llevan minutos explicando la presencia de tantos manifestantes cuando me doy la vuelta y veo que todavía hay gente entrando en la plaza. La distancia entre cada participante se reduce. Los pájaros rozan nuestras cabezas. Presagian lluvia. Los organizadores proponen que se cante el himno nacional y la Internacional Comunista para subrayar el anclaje de esta movilización en las luchas sociales y obreras. Poco después que el que tiene el micrófono anunció la presencia del expresidente Gustavo Petro en la protesta, las primeras gotas caen. Los pájaros mintieron. No es lluvia, sino granizo. Los paraguas nos impiden ver el escenario. Todo el mundo se calla. Esperamos que se detenga, pero dura mucho tiempo. Terminamos por ponernos a cubierto. Unos minutos más tarde, los ruidos se reanudan. Entendemos que Petro está atravesando la multitud, la última vez antes de ser elegido por unanimidad presidente del Pacto Histórico.

Ya no llueve. Salimos del restaurante libanés que nos sirvió de refugio. Empezamos a caminar en contra de la multitud, ni de lejos cansada. Está aún más colorada que al inicio, los vendedores de impermeables de la Plaza de Bolívar tienen una sensibilidad por colores llamativos. Cuanto más andamos, más oímos percusiones y cantos. Las bombas de humo me fastidian la nariz. Nos hacemos cerca de ellos. Son lo más chimba, los más chéveres o no importa como le digan acá. Iván Cepeda, y su sonrisa en el cártel medio arrancado, nos ve pasar. Los jóvenes, estudiantes o no, desfilan numerosos y poderosos. Me arrepiento de tener que ir a casa, pero estoy empapado. Es imposible permanecer en el lugar con este atuendo. Me despido de mis amigos y me voy cuando el arco iris se forma en el cielo gris.

Mientras me regreso, veo a unos policías comer unos sándwiches, y pienso: “afortunadamente, no hubo enfrentamientos entre manifestantes y policías hoy”. Pero me equivoco. A las 7:30 de la noche, en el Parque de los Periodistas, se lleva a cabo un operativo policial contra varios manifestantes. Múltiples detonaciones se escuchan. A escala nacional, la rabia se expresa a veces de otra manera, distinta de los meros eslóganes. Por la noche, el presidente De la Espriella admite en un vídeo que las manifestaciones “fueron pacíficas en un 98%” y afirma que los 62.000 manifestantes son “una pequeña minoría que quiere parar a Colombia”, mientras “la gran mayoría de los colombianos quieren desarrollo, progreso, futuro y que el país avance”. Entre crítica del movimiento y obligación presidencial, siente que tiene que recordar que, bajo su gobierno, “las marchas pacíficas siempre serán bienvenidas”. Luego, hace un balance del día. “En seis puntos, debió intervenir el Escuadrón Móvil Antidisturbios (ESMAD): dos en Bogotá, dos en Ibagué, uno en Popayán y uno en Medellín. […] Tuvimos seis capturas durante la jornada: tres en Montería, una en Pasto y dos en Ibagué”.

Una semana después de ese primer paro nacional, la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) anuncia una segunda movilización en noviembre. Queda por ver si otros sectores continúan con la protesta. Uno de los hombres que tomó la palabra el 14 de octubre en el escenario, dijo: “esta es la primera gran movilización antes de otras mil”. Era un poco optimista, pero había algo de verdad.

Un comentario sobre “El día de la convergencia de las luchas”

  1. Personalmente creo que la protesta debe de tener límites, el bienestar general prima sobre el particular, la desviación de la protesta en vandalismo debe reprimirse y ocasionar consecuencias para el actuante. Debemos aprender a construir consensos que originen verdaderas políticas públicas inclusivas que originen progreso y desarrollo. El respeto a la democracia e instituciones debe ser norma de conducta usual.

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