
Hace unos días quedé muy pensativo luego de cruzar algunas palabras con un hombre en condición de calle que sobrevive vendiendo bolsas de basura en la ciudad donde vivo. Lo que me dijo, como lo dijo y el gesto de su mirada, me hicieron darle vueltas al ruido y lo vertiginoso que se ha vuelto el vivir en medio de las condiciones en las que nuestra sociedad se encuentra inmersa. Y es que nos encontramos cada vez más apurados por producir, distantes en nuestras formas de construir y relacionarnos, además de anclados al vaivén de las contradicciones en asuntos sociales y políticos.
Cuando el hombre habló sobre el ruido pensé en Hanta, el personaje principal de una novela que se llama Una soledad demasiado ruidosa, de Bohumil Hrabal. Lo hice porque en el momento en que él me habló en la calle había mucho ruido: buses, autos y motocicletas andando y pitando, música de varios locales comerciales, vendedores ambulantes anunciando sus productos. De alguna manera no solo me vi ahí con aquel hombre, sino que pude comprender el tamaño del ruido y de la soledad en la que vivimos.
Hanta es un hombre que trabaja prensando y destruyendo papel y libros viejos durante treinta y cinco años. Es solitario, autodidacta y un valiente apasionado que rescata libros de la trituradora para llevárselos a su habitación, donde vive rodeado de las obras de Nietzsche, Hegel o Kant, mientras bebe cervezas y reflexiona sobre el valor de la cultura frente a la censura y la modernización industrial de los años sesenta, donde cada vez hay más máquinas. El hombre, en la calle, sobrevive bajo el amparo de sus ventas y de limosnas, carga con el peso de un sistema social que lo excluyó de las oportunidades y escoge un relicario de palabras con las cuales se consuela y da lecciones de filosofía callejera a los transeúntes.
Hanta dice que de los libros ha aprendido que el cielo no es humano y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera, sino porque va contra el sentido común. Hoy por hoy, la vida, con sus afanes, nos inserta en unas películas que son dirigidas por un eternauta futurista que es dueño de una empresa de tecnología, pues tal parece que hemos perdido la capacidad de estar inactivos, sin producir nada.
Hemos olvidado una de las formas más intensas y esplendorosas de la vida por la tensión y necesidad de trabajar y rendir, y estar y figurar. Hanta se ve entonces expuesto ante la guillotina de la modernización, donde las máquinas han remplazado el trabajo artesanal y reflexivo de la producción de papel para nuevos libros, y se enfrenta a una desquiciada producción ciega, masiva y eficiente. El hombre en la calle vende sus bolsas de basura y reflexiona sobre el mundo y sus ruindades, sobre su soledad y la infamia. No hay consuelo en su trabajo, y solamente lo encuentra en cuanto la gente lo mira a la cara. Ahí, su existencia se reafirma.
Este entramado nos lleva a pensar qué solución se le da al asunto y, francamente, la traspapelada de hacer una pausa en el camino y disfrutar de las cosas de la vida es de las peroratas más absurdas que se pueden leer a diario. Tanto Hanta como el hombre de la calle no hacen pausas: viven en su mundillo, que no es otro diferente en el que vivimos todos, solo que salir de la tensión que nos hemos puesto como individuos y bajo los esquemas sociales no es sencillo, no se le puede pedir a la gente que deje de doblegarse para sostener un trabajo, una familia, una vida, un sueño. Cuando me despedí del hombre, me dijo: ando como una casa prendida en fuego, pero sus ojos me calmaron. Hanta, en medio de su soliloquio, dice que cada objeto amado es el centro del paraíso terrenal. Ambos comparten el destino de labrarse un futuro con lo que aún tienen en sus manos o en sus ojos.
Por eso, tras el encuentro con aquel hombre se me vino a la cabeza la imagen de Hanta y pienso que la lectura debe conducirnos hacia caminos que vayan más allá de nosotros mismos, lejos de la mezquindad que se ha cultivado a ciegas en nuestros corazones o tal vez conscientemente. Tal vez sea una aseveración moralista, no me importa que lo sea, necesitamos una lectura que nos enseñe a habitar el mundo sintiendo el vértigo de comprender que la verdadera vida comienza en el momento en que termina la preocupación por la supervivencia.
Referencias
- Vida contemplativa. Elogio de la inactividad. Byung-Chul Han. 2023. Editorial Taurus.
- Una soledad demsaido ruidosa. Bohumil Hrabal. 2015. Editorial Galaxia Gutenberg.
