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Por: Ricardo Rodríguez Morales

De izquierda a derecha: José Eustasio Rivera, Carlos Puyo Delgado, Benjamín Méndez (el piloto de la primera ruta Nueva York – Bogotá)

Luego de participar como delegado de Colombia en la Conferencia Internacional de Emigración e Inmigración, celebrada en La Habana, Cuba, en abril de 1928, José Eustasio Rivera viajó a la ciudad de Nueva York a realizar, en principio, tres proyectos: encargar la traducción de su novela La vorágine al inglés, realizar la quinta edición del libro en español y negociar los derechos para llevar al cine su novela de la selva y así expandir su mensaje justiciero. Esperaba poder hacer estos proyectos en un lapso de seis meses, confiado en el dinamismo de la sociedad estadounidense. En carta a su amigo Lisandro Durán, Rivera le confía estos planes diciendo: “Me he decidido a emprender este viaje, entre otras cosas, porque los negocios con La vorágine pueden ser la base de mi fortuna y el punto de partida para la realización de mejores proyectos”.

Rivera era conocido entre sus amigos como un inveterado forjador de quimeras, siempre alentando sueños que le reportaran gloria y riqueza. Y al cumplir cuarenta años se sentía frustrado porque su camino en la literatura y la política lo había llevado a un punto muerto, razón de más para que la oportunidad que le brindaba Nueva York hiciera renacer la esperanza de encontrar de nuevo su rumbo. Entre las primeras cosas que hizo Rivera –una vez instalado en un apartamento del Upper West Side en Manhattan–, fue visitar al embajador de Colombia en Estados Unidos, Enrique Olaya Herrera, con la secreta ilusión de conseguir algún puesto oficial que le permitiera realizar con más holgura sus planes. Para echar a andar el asunto de la traducción de su novela, Rivera consiguió los servicios del crítico chileno Earl K. James que, dicho sea de paso, había publicado una reseña muy elogiosa de La vorágine en The New York Times, el año anterior, en donde ponderaba los logros narrativos alcanzados por Rivera y los ponía a la altura de las mejores páginas de Euclides da Cuhna, Horacio Quiroga y Rufino Blanco Fombona. Acompañado del señor James, Rivera logró un acuerdo con la editorial Putnam para publicar y distribuir debidamente la novela entre el público anglosajón.

Después de varias entrevistas con productores interesados, el asunto de la película no prosperó debido a las exigencias de Rivera para que la película se filmara en la selva colombiana, con el fin de garantizar su autenticidad, además de imponer como asesor de la filmación a su amigo Custodio Morales, que era la persona que había iniciado a Rivera en el tema de las caucherías. La cuestión que logró adelantar con mayor éxito fue la edición en español de La vorágine, la quinta edición del libro en un lustro, contado a partir de la primera realizada en Bogotá por el editorial Cromos en 1924. Entre los proyectos literarios que alentaba el poeta estaba una narración sobre el tema petrolero, tan estrechamente ligado al asunto del caucho abordado en La vorágine, sobre todo en la moderna industria automovilística y, en general, en el ámbito del transporte. Así nació el proyecto de escribir “La mancha de aceite”, ciñéndose a los materiales que había conservado en su archivo durante su labor legislativa. Como integrante de la Comisión Investigadora de la Cámara de Representantes de Colombia, entre 1923 y 1925, Rivera había destapado un negociado que implicaba al embajador de Colombia en Estados Unidos, Carlos Adolfo Urueta, al ministro del ramo, Esteban Jaramillo, y hasta al presidente de la república, el general Pedro Nel Ospina (1922-1926). El debate giró en torno al contrato para construir un oleoducto entre Barrancabermeja y Barranquilla, contrato que se le otorgó a la compañía canadiense Andian National Corporation. El señor Urueta había aconsejado al gobierno colombiano que no cerrara ningún trato antes de que el gobierno estadounidense entregara la indemnización de 25 millones de dólares que había ofrecido por la escisión de Panamá. Tan pronto como se recibió la compensación, el señor Urueta renunció a su cargo como embajador y pasó a ser el apoderado de la Andian, hecho que despertó las suspicacias de algunos periodistas, como don Luis Cano, director de El Espectador. La Comisión Investigadora descubrió que desde 1919 había contactos entre el embajador colombiano y el encargado de construir el oleoducto, el señor J. W. Flanagan, y que utilizaban para sus comunicaciones un código asignado a la Tropical Oil Company, subsidiaria de la Standard Oil Company de Nueva Jersey, situación prohibida por la legislación nacional. La Comisión puso de manifiesto que la Andian era una entidad creada con fines específicos y que, lejos de ser una organización independiente, estaba relacionada con las compañías gringas mencionadas. Pero la circunstancia de ser Rivera representante a la Cámara por el partido conservador en el poder, hizo que sus correligionarios le retiraran el apoyo para la siguiente legislatura, hecho que terminó menoscabando el alcance del informe que presentó la Comisión Investigadora, y que muchas de sus denuncias quedaran marginadas. Por eso, cuando un periodista le preguntó al poeta cuál de sus dos carreras le interesaba más, la literaria o la política, éste contestó: “La literaria sin duda alguna. De la política no he sacado más que el conocimiento de los hombres, de sus miserias, que me suministrarán elementos para mi obra literaria futura en alguna forma”.

Quinta (y definitiva) edición de La Vorágine. Créditos: Rudber Eduardo Gómez.

El 29 de octubre, el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Columbia organizó un homenaje literario para dar comienzo al ciclo de conferencias y actividades culturales del año 1928-29, cuyos invitados fueron el escritor catalán Bartolomé Soler y el poeta José Eustasio Rivera. El director del Departamento, Federico de Onís, al referirse a la obra del colombiano ponderó las virtudes de La vorágine como obra americanista y nacionalista plenamente lograda. A su turno, Rivera leyó una disertación en la que habló, antes que, de Colombia, de “Nuestra América”, para referirse a la cultura polifónica que se estaba fraguando a lo largo y ancho de la América hispánica, de la que debería sentirse orgullosa España, recalcó el expositor, “como lo está la madre que ve prolongarse en sus hijos los rasgos más sobresalientes de su naturaleza y talante”. Allí esbozó Rivera la ruta y el horizonte de esta tarea continental: “Casi todo lo que al alma de nuestra América se refiere está oscuro y silente, como los lagos que reposan sobre la espalda de las cordilleras, pero cuando lleguen los zapadores de su porvenir […] y provoquen el milagro de su desbordamiento, se derramará sobre todas las civilizaciones una onda inagotable y fecunda que circulará en el poema, en el libro, en la palabra del expositor, en la prédica del apóstol, en el diapasón de la música, en la paleta del artista. Y entonces nacerá el conjunto justo de lo que significamos en la cultura universal”. Esta perspectiva americanista la había ganado Rivera durante su experiencia neoyorquina a la vista del trabajo que realizaban latinos y españoles en tierra estadounidense y al conocimiento de sus diferencias y semejanzas.

Uno de los colombianos con quien más congenió Rivera en Nueva York era el periodista Carlos Puyo Delgado, corresponsal de diario Mundo al Día, de Bogotá. Y uno de los proyectos que más acogida tuvo fue la iniciativa de auspiciar el vuelo de un aviador colombiano entre Nueva York y Bogotá, para emular la hazaña realizada por Charles Lindbergh el año anterior. Rivera se sumó al proyecto con entusiasmo y participó como orador en el banquete que la colonia colombiana le ofreció al piloto Benjamín Méndez en el Hotel Astor el 20 de noviembre, antes de iniciar su hazaña. Ese discurso es la última pieza literaria que escribiera el poeta. En esa ocasión Rivera se refirió al aviador colombiano como alguien que simboliza “aquel hondo anhelo de hazaña que late en el pecho de cada hombre, la aspiración a lo extraordinario, el ansia de señalar con una proeza admirable la trayectoria de nuestra vida efímera”. El inicio del vuelo se proyectó para el viernes 23 de noviembre y en la despedida estuvo presente Rivera, quien le encomendó a Benjamín Méndez ser el portador de dos ejemplares de la quinta edición de La vorágine, uno dirigido al presidente de la república, Miguel Abadía Méndez, y otro para la Biblioteca Nacional. Un tercer ejemplar era para el aviador mismo. Rivera le manifestó a Carlos Puyo en esa ocasión sentirse indispuesto, atribuyéndole a su dolencia malárica la causa primaria, y al frío intenso que traía el otoño neoyorquino. Después de consultar con un médico colombiano, el doctor Eduardo Hurtado, Rivera guardó reposo en su domicilio, pero el martes 27 de noviembre fue presa de un agudo dolor de cabeza que le produjo convulsiones y una hemiplejía que reclamó su hospitalización urgente. Después de permanecer en coma varios días Rivera falleció antes de la una de la tarde del sábado 1 de diciembre. El dictamen médico no fue concluyente, entre otras cosas porque no se le practicó autopsia, y se creyó que se trataba de un derrame cerebral con complicaciones maláricas.

Después de los arreglos oficiales para repatriar el cadáver del poeta, Rivera fue embarcado en una nave de la United Fruit Company que hacía la ruta entre Nueva York y Barranquilla. Al atracar en puerto colombiano el cuerpo del poeta recibió el homenaje de todas las poblaciones por las que pasó sobre el río Magdalena: Barranquilla, Mariquita, Honda y La Dorada, y también Ambalema, Flandes e Ibagué, para arribar finalmente a Girardot, donde fue conducido al tren que lo llevaría a Bogotá, adonde arribó la noche del lunes 7 de enero de 1929 para recibir el último adiós de sus admiradores, conocidos, familiares y amigos. El martes 8 de enero el féretro de Rivera permaneció en cámara ardiente en el Capitolio Nacional y al día siguiente fue enterrado en el Cementerio Central bajo un alud de discursos, mientras que desde el cielo Benjamín Méndez le rendía homenaje al poeta en la aeronave con que había realizado el sueño de todo un pueblo. La gloria que Rivera soñó en vida la obtuvo finalmente al momento de su muerte, cuando un ciclo se cierra y otro se abre, que será tan amplio como la resonancia que sus obras logren entre sus herederos.


Perfil: Ricardo Rodríguez Morales (Bogotá, 1953). Hice estudios de Economía y de Historia del Arte en la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá. Trabajé en el área cultural en diversas instituciones y también como freelance. En los años ochenta del siglo pasado, trabajando en la Biblioteca Nacional, hice una investigación sobre la actividad literaria desarrollada en Bogotá. Fue entonces cuando conocí la biografía «Horizonte humano. La vida de José Eustasio Rivera», del chileno Eduardo Neale-Silva, donde cuenta con detalle la estadía de Rivera en Nueva York y su muerte allí, en 1928. En 1988 participé en el montaje de la exposición sobre Rivera, al cumplirse el centenario de su nacimiento, realizada en la Biblioteca Nacional. Dos décadas más tarde pude vivir una temporada en Nueva York, donde retomé el interés por el escritor y seguí sus huellas por la ciudad. El texto que ustedes conocen es una síntesis de un escrito más amplio sobre el tema y fue la conferencia que di ante un grupo de estudiosos de la obra de Rivera del departamento del Tolima.

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