
Este artículo es la cuarta entrega de una serie de análisis continuos sobre las gobernanzas criminales. Si desean leer las anteriores entregas, le recomendamos el siguiente orden:
- (I Parte) – Politizar las perspectivas sobre el crimen organizado: una introducción.
- (II Parte) – El crimen organizado como fenómeno ordenador de relaciones sociales y políticas.
- (III Parte) – El crimen organizado como modelo de acumulación de capital.
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Como se ha venido argumentando, el crimen organizado, como una expresión degradada y violenta del proceso de acumulación de riqueza y de poder, atribuye para sí la capacidad de ordenar relaciones sociales e incidir en sistemas políticos. Además de ello, se legitima socialmente como respuesta a las condiciones de marginalización de los sectores históricamente excluidos. Esta legitimación no puede lograrse sin la construcción y diseño de discursos y esquemas interpretativos que le den sentido.
En otras palabras, las organizaciones ilegales construyen relatos que las dejan bien paradas, esto es, actividades deseables en contextos de precarización económica y de exclusión política. Es por ello que el crimen organizado se sostiene a partir de una matriz interpretativa del mundo que tiene su arraigo en un mandato fundamental del capitalismo: el consumo y en sus versiones más recientes, el hiperconsumo, tal como lo sostiene la filósofa Sayak Valencia.
En este proceso, la formación y educación de los sujetos para el consumo es determinante. Si, siguiendo a Fernando González Rey, entendemos que la subjetividad es una producción simbólica y emocional que tiene lugar en las experiencias vividas que, definidas por las condiciones materiales e inmateriales en las estas se despliegan, configuran marcos de sentido y significado que orientan y justifican las prácticas de las personas; entonces, para el capital resulta necesario construir un deseo de consumo que movilice a las personas a trabajar no solo para sobrevivir sino para comprar cosas que el mundo del mercado le define como necesarias.
Para ello, el bombardeo permanente de publicidad funciona como un dispositivo que modela este deseo e incentiva a las personas a ver el hecho de comprar como algo positivo, benéfico, incluso natural. Esto dirige la mirada más allá de los procesos económicos y la sitúa en los dispositivos culturales configuran la subjetividad capitalista.
Esta situación se vuelve particular en condiciones en las que la precariedad económica, en confluencia con otros factores entre los que cabe resaltar el mandato de la masculinidad hegemónica que define a los hombres como machos proveedores, frustran el deseo de consumo y la realización de estos. En este contexto, como bien lo ilustra Valencia, la violencia se dispone como una herramienta útil que permite la satisfacción de las necesidades de consumo y para la reafirmación de los hombres como sujetos proveedores. Es decir, por medio del ejercicio activo de la violencia, los hombres se afirman como sujetos pertinentes cuya existencia es legítima y aceptada, tanto económica como socialmente, porque participan de las lógicas de la economía como hiperconsumidores pudientes.
Como consecuencia, la subjetividad capitalista se radicaliza produciendo lo que Valencia denomina sujetos endriagos para referirse a los hombres que se sirven de la violencia para sobrevivir, autoafirmarse y como instrumento de trabajo. Son estos endriagos -sicarios, secuestradores, pero también miembros de las fuerzas armadas cooptados- quienes conforman el universo de personas que componen a las organizaciones del crimen. Alrededor de sus prácticas se encargan de construir una cultura basada en esquemas interpretativos que le otorgan sentido y relevancia a la violencia como instrumento para acelerar, sin reglas, el enriquecimiento y el ascenso social.
Así, los sujetos endriagos no niegan sus actividades en el marco de economías ilegales, por el contrario, las divulgan y las convierten en un modelo de empoderamiento deseable. Convierten en ídolos a criminales de tal forma que las personas desfavorecidas o la sociedad en general encuentran allí identidades que pueden ser glorificadas y emuladas. Tener dinero en cantidades y estar en capacidad de ejercer violencia letal otorga un estatus de respetabilidad que define un sentido de pertenencia a algo y se convierte en un modelo de vida deseado.
En este proceso de degradación de los valores que orientan el trabajo y la vida misma, así como en la reproducción de estos esquemas interpretativos asociados al crimen organizado, el mercado y los medios de comunicación ocupan un rol determinante en la promoción del consumo gore —adjetivo propuesto por Valencia—.
Ello se evidencia gracias al trabajo de Jesús Antonio Pardo en el que cuestiona la forma en la que la introducción del narcotráfico en Colombia ha cambiado las condiciones del poder tanto a nivel político y económico como social. Pero además de ello, la forma en la que este se ha legitimado y popularizado al ser llevado a amplias audiencias por medio del cine y la televisión, configurando así una representación social que acepta los códigos y valores que la criminalidad encarna y reproduce.
También los videojuegos han jugado un rol importante en tal sentido. Sayak Valencia expone la forma en la que Grand Thef Auto en sus distintas versiones permite a quien juega, a través de distintas misiones, experimentar cómo el uso de la violencia criminal le permite a una persona en condiciones precarias acumular dinero, propiedades y posicionarse socialmente. Denuncia también cómo reproduce la mercantilización de los cuerpos de las mujeres los cuales, a su vez, se convierten en objeto de violencia sexual y letal. En Colombia, por su parte, distintos bloques de las Autodefensas Unidas de Colombia crearon videojuegos que representaron al enemigo que debía ser eliminado y funcionaron, además, como dispositivos de divulgación y reclutamiento ideológico de jóvenes.
De este modo, podemos ver la forma en la que el capital en intersección con el patriarcado y otras formas de dominación construyen un nuevo sistema de creencias sobre la forma en la que se deben realizar los sujetos. La frustración en el cumplimiento de estos mandatos, por parte de personas que a lo largo de su vida han experimentado la precariedad económica y la marginalización social y política, permite la creación de escenarios que promueven la criminalidad como una posibilidad legítima para responder a tales condiciones. De este modo, los esquemas interpretativos que le otorgan sentido y significado a la violencia y al crimen organizado se han ido arraigando y reproduciendo en nuestras sociedades al punto de legitimarse socialmente.
Referencias
Valencia, S. (2016). Capitalismo gore. Control económico, violencia y narcopoder. Paidós. URL: https://construcciondeidentidades.wordpress.com/wp-content/uploads/2016/11/sayak-valencia-capitalismo-gore.pdf
González Rey, F. (2012). La subjetividad y su significación para el estudio de los procesos políticos: sujeto, sociedad y política. URL: https://fernandogonzalezrey.com/images/PDFs/La_subjetividad_y_su_significacin_para_el_estudio_de_los_procesos_polticos_sujeto_sociedad_y_poltica.pdf
Pardo, JA. (2017). Transformaciones estéticas: la narcocultura, la producción de valores culturales y la validación del fenómeno narco. URL: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/c14/article/view/13534
Sara Kapkin (18 de noviembre, 2016). Matar guerrilleros: el videojuego creado por los paramilitares en Colombia. VICE. URL https://www.vice.com/es/article/evwdak/matar-guerrilleros-videojuego-creado-paramilitares-colombia
