
La agudización de la crisis de seguridad que atraviesan los países de América Latina es cada vez más evidente. Los recientes acontecimientos en Ecuador y Argentina, así como las prolongadas trayectorias de violencia que se han intensificado en México y Colombia durante los últimos años, dan cuenta de un fenómeno que se arraiga y se expande en nuestras sociedades: el crimen organizado. Con orígenes diferenciados en cada país y asociado a actividades económicas lícitas e ilícitas nacionales y transnacional, el crimen organizado se ha posicionado como un actor que pone en cuestión la capacidad y legitimidad de los Estados. Frente a esta situación, las respuestas institucionales han tendido a afrontar el problema vía militarización, en donde la respuesta salvadoreña en contra de las pandillas se ha convertido en un modelo que gobiernos nacionales y locales de la región legitiman y proponen replicar.
Al respecto, se ha evidenciado que la militarización hecha efectiva a través de la guerra contra el narco, contra los cárteles, y en general, contra las drogas, ha fracasado y lejos de resolver el fenómeno, lo ha agudizado, fortalecido y expandido. Así, la violencia que ha sido el eje central y articulador de estas estrategias de seguridad ha afectado sobre todo a los sectores más empobrecidos y marginalizados: campesinos cultivadores de coca y marihuana, jóvenes consumidores, vendedores al menudeo, entre otros. Además, ha sido funcional a los propósitos de contrainsurgencia de las clases dominantes, afectando críticamente los procesos sociales y políticos movilizados por demandas de transformaciones estructurales en nuestras sociedades.
Este contexto plantea la necesidad y exige la construcción de políticas de seguridad alternativas no centradas en la violencia, sino dirigidas a resolver las causas que estructuran el problema. Estas causas se han prolongado, se han transformado y han producido nuevos factores que demandan respuestas integrales que de manera efectiva reduzcan los distintos tipos de violencia que se articulan en el crimen organizado. No obstante, esto no es posible si no se realizan ingentes esfuerzos que permitan comprender de manera profunda las formas en las que se estructura el fenómeno: las lógicas económicas que lo orientan, los entramados políticos que lo configuran y lo reproducen, así como las dinámicas en las que opera. Aunque existe abundante literatura sobre el tema, es importante que esta discusión sea la que centre el debate sobre el qué hacer para enfrentar el crimen organizado y que, además, sea apropiada por distintos sectores de la sociedad organizada y no organizada.
En este sentido, se propone la necesidad de politizar las perspectivas desde las que se pretende comprender y abordar el crimen organizado. Por politizar entenderemos la acción de develar las relaciones de poder que se articulan y condensan en un fenómeno social determinado. En otras palabras, tiene que ver con la comprensión de los entramados sociales, políticos, económicos y culturales que configuran relaciones de subordinación y dominación. Es por ello, por lo que se asume que el crimen organizado es un engranaje del capitalismo con capacidad de producir y reproducir distintos tipos de dominación, en donde la violencia directa se convierte en el dispositivo de su perpetuación.
De este modo, en las próximas entregas dominicales estudiaremos el fenómeno desde dimensiones objetivas y subjetivas que permitan aproximarnos a una primera comprensión. Estas son: primero, el crimen organizado como fenómeno ordenador de relaciones sociales y políticas; segundo, el crimen organizado como expresión de acumulación de capital y tercero, el crimen organizado como productor de subjetividades capitalistas radicales. A partir de esto, buscamos llegar a conclusiones que contribuyan a la discusión sobre las maneras de abordar el crimen organizado en nuestras sociedades.
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Espere las siguientes entregas en nuestros próximos domingos del mes de mayo. (N del D).

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