
Esta es la tercera entrega de un profundo análisis sobre el crimen organizado. En la primera parte el autor hace una introducción expresando la necesidad de politizar la discusión sobre estas organizaciones y en la segunda entrega como estas suplantan al Estado como ordenador de reglas sociales. Vamos a profundizar en la acumulación de capitales.
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Uno de los límites a la hora de intentar comprender la naturaleza del crimen organizado tiene que ver con poco se ha reflexionado sobre este como un fenómeno fuertemente arraigado a las lógicas del capitalismo. Por estar relacionado con dinámicas ilegales, se ha entendido como un fenómeno que no aparece en los discursos y reflexiones de la economía formal y se sugiere que se trata, más bien, de un mercado negro que opera bajo lógicas desviadas no relacionadas con el modelo económico.
Sin embargo, el problema de esta interpretación es que omite que las ganancias y excedentes que producen el repertorio actividades ilegales que desarrollan las organizaciones de crimen organizado tiene efectos estructurantes en las economías internacionales, nacional y regionales; a tal punto que representan no menos del 15% del comercio mundial y entre el 1% y 4% del PIB colombiano1, como lo había señalado la Comisión de la Verdad en su informe final. También coincide con lo que expresa la profesora Sayak Valencia en su obra «Capitalismo Gore: control económico, violencia y narcopoder».
En este sentido, propongo argumentar que el crimen organizado funciona como un engranaje del capitalismo con capacidad de configurar y reconfigurar las economías de los países en donde este se arraiga. En este se reproducen relaciones sociales que son resultado de los procesos de acumulación de riqueza: relaciones de producción asimétricas, explotación, despojo, dominación y subordinación, y que además develan antagonismos entre clases.
La diferencia radica en que, al desplegarse en el ámbito de actividades ilegales, la violencia se convierte en un dispositivo fundamental para proteger el mercado, resolver disputas y disciplinar poblaciones en función del negocio. Así, existe violencia criminal porque el crimen organizado emerge en un contexto en el que se han agravado y degradado los conflictos sociales a tal punto en que esta se utiliza para ampliar los espacios ilegales de acumulación.
Además de lo anteriormente dicho, el poder económico que ostentan quienes se dedican al crimen organizado, producto del acaparamiento de grandes cantidades de capital, se traduce también en acumulación de poder político y social, lo que les permite incidir en relaciones sociales cotidianas y decisiones políticas (Valencia, 2016).
Por ejemplo, el narcotráfico en Colombia ha permeado élites y sectores amplios de la sociedad. En los 70, distintos sectores económicos se incorporaron a este tipo de negocio. A raíz de ello, se dio la emergencia de nuevas élites articuladas a carteles, clanes políticos y familias en ámbitos más locales. El lavado de activos ha permitido la participación de dineros provenientes del narcotráfico en la economía legal. En este proceso han sido claves sectores como el financiero, el notarial y el inmobiliario, gracias a la compra de inmuebles y tierras asociadas al despojo y desplazamiento forzado, así como el testaferrato, como ya había sustentado el mencionado Informe Final de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad.
Lo anterior evidencia cómo el crimen organizado ha reconfigurado la estructura de propiedad de la tierra en Colombia, ampliando las brechas de desigualdad en su acceso y profundizando el conflicto social y armado.
En consecuencia, las desigualdades sociales y económicas, que estructuran nuestras sociedades y producen niveles de pobreza radical, han dado paso a la popularización de la economía criminal en un contexto en el que violencia se convierte en una mercancía que se compra y se vende. De allí que no sorprenda ver que los conocimientos sobre el uso cualificado de esta atraen a miembros de las fuerzas armadas.
De este modo, se evidencia cómo las economías ilegales se convierten en fuente de empleo y oportunidades de enriquecimiento excesivo y acelerado en zonas muy marginadas y degradadas de distintos países del mundo. El crimen, en contextos socioeconómicos anómalos, se relaciona de manera orgánica con el Estado y cumple funciones clásicamente atribuidas a él satisfaciendo las necesidades de poblaciones situadas en regiones más desintegradas de las dinámicas económicas de la nación.
En conclusión, la invisibilización de los entramados que intersectan la economía legal y la ilegal no solo oculta que el crimen organizado funciona como una empresa capitalista que utiliza la violencia como mecanismo de enriquecimiento y que ostenta una capacidad de inherencia importante en los Estados y las decisiones políticas que definen el despliegue de sus acciones públicas; sino, además, los efectos que esta violencia tiene sobre los cuerpos a los que se dirige, que en su mayoría, son sectores populares marginalizados.
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Referencias
CEV (2022). Hallazgos y recomendaciones de la Comisión de la Verdad de Colombia. Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición.
Valencia, S. (2016). Capitalismo gore. Control económico, violencia y narcopoder. Paidós.
- Estas cifras son aproximadas y obedecen a cálculos limitados dada la dificultad de verificarlas justamente por los esfuerzos que existen con el objetivo de ocultar la naturaleza de estas rentas. ↩︎
