Primo Levi en una imagen sin datar. Fuente: El País (España).
Primo Levi en una imagen sin datar. Fuente: El País (España).

Piensen que esto ocurrió:
 Les encomiendo estas palabras.
Grábenlas en sus corazones
 Cuando estén en casa, cuando anden por la calle
Cuando se acuesten, cuando se levanten;
Repítanselas a sus hijos.

Primo Levi, Si esto es un hombre.

Un día fue Primo Michele Levi, la víctima sobreviviente de Auschwitz. Un día fue también el escritor que dio testimonio a la barbarie nazi contra distintos grupos minoritarios. Pero esto no es todo, pues un día también fue el químico, el cuentista y amigo; el traductor y lector de Kafka; el conferencista, partisano y antifascista; el “mejor de los hombres”, según dijera de él Tzvetan Todorov en Frente al límite.

Un día fue Primo Levi, el ser humano. El que escribió contra la Gorgona, contra el silencio complaciente de los victimarios ante las ruinas de su vileza. Aquel que indagó en qué era lo que quedaba después de la violencia desmedida contra un ser humano. El mismo que, generoso, convocó en su búsqueda a una Europa aún adormecida por el vaho de la guerra y los escombros de su orgullo moral:

“Quiero invitar ahora al lector a que reflexione sobre lo que podrían significar en el Lager nuestras palabras “bien” y “mal”, “justo” e “injusto”; que juzgue, basándose en el cuadro que he pintado y los ejemplos más arriba expuestos, cuánto de nuestra moral normal podría subsistir más allá de la alambrada de púas”, dijo Levi en Si esto es un hombre. Porque Auschwitz fue una desgracia para la humanidad; pero, ante todo, —y para desgracia de todos— fue un suceso eminentemente humano del que valía la pena aprender.

Contra el olvido y su bálsamo, Levi optaba por el opuesto: recordar y entender para nunca más repetir. Por eso, cuando muchos de sus contemporáneos optaron por respuestas fáciles ante lo sucedido, Levi recordó que en los grises y las impurezas, en las tensiones y desaciertos, se encontraban las verdades más robustas.

Uno de los casos más recordados es su discusión con Liliana Cavani, la directora del Portero de medianoche, una película inspirada en investigaciones previas que la directora realizó a propósito del nazismo. Para Cavani, era claro que en “toda relación hay una dinámica víctima-verdugo más o menos claramente expresada y por lo general vivida a un nivel no consciente”. Esta frase, recogida por Levi en su ensayo Los hundidos y los salvados, da pie a una discusión que vale la pena retomar. A juicio del escritor y químico italiano, resultaba evidente el desconocimiento de Cavani, quien, abrumada, volvía a las respuestas fáciles; a los juicios totalizantes que, con base en escenarios de normalidad moral, era fácil realizar.

Antes que dividir a los seres humanos en “inhumanos” o “humanos”, “ángeles” o “demonios”, “buenos” y “malos”, es necesario comprender los acontecimientos para, ahí sí, señalar responsabilidades. En la lectura de Cavani, los conceptos se solapaban de forma irresponsable. ¿Cómo era eso de que todos tenemos en nuestras entrañas la pulsión de ser o víctimas o victimarios? Levi era enfático: él fue una víctima; no un victimario. A él fue al que los alemanes menoscabaron. Decir lo contrario es un error; cuando no un enunciado revictimizante.

Pero esto no fue todo. Más allá de la víctima, hubo un escritor de ficción invaluable. En la obra literaria de Levi se solapan la ciencia ficción, la fantasía, el realismo y el testimonio. La realidad se difumina en la espesura de la imaginación para, sin darnos cuenta, retornar con más fuerza. Las contradicciones, misterios e, incluso, los abismos de nuestra razón actual, aparentemente despejada de dudas, pero temerosa de las respuestas que ella misma se arroja para aliviar el peso de los días, refulgen allí con fuerza. Es una obra repleta de preguntas, de silencios e indagaciones, que agradece al azar y la fortuna, pues, como dijera en Si esto es un hombre, a ellos debe Primo Levi el hecho de estar vivo.

En cierto modo, Levi recuerda al mejor Kafka; pero sin imitarlo. Su obra le pertenece, y como los mejores escritores, escribe verdades que solo le competen a él, que le son propias y desde allí, desde el fragor de la vivencia, son enunciadas. Su experiencia, a caballo entre el espacio concentracionario y el de la “normalidad moral”, aparece desde ambos lugares de enunciación. Les habla a sus compañeros de desgracia y los redime, sobre todo a aquellos que no volvieron tras ver a la Gorgona y fallecieron en los campos mudos de tanta violencia. Al mismo tiempo, le habla a todos los demás: a los europeos de su tiempo, a usted y a mí, a la humanidad en su conjunto, a los afines a la química y a sus pares científicos. Levi habla, porque tras cada palabra existe un compromiso moral con los otros y la búsqueda de un futuro libre de barbarie. Así duela, así otros duden de su relato ya sea por ignorancia, indolencia o cobardía.

Escuchémoslo.

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Sobre la imagen: Primo Levi en una imagen sin datar. Fuente: El País (España).

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