Imagen creada por IA - Chat GPT.
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|Paz y Conflicto| El transfeminicidio de Sara Millerey en Antioquia es un castigo por haber sido marica, es un recordatorio brutal de nuestra jerarquía de género en una sociedad tan violenta como la colombiana. Si bien la violencia antecede a la guerra, esta la exacerba, en tanto proyecto político del régimen heterosexual que sostiene estructuras de poder inalterables.

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Sara Millerey ya no está, y por primera vez en mucho tiempo no sé qué decir. Por un instante, quedaron a un lado las teorías feministas, el activismo, mi formación académica y de investigación en estudios de género. Al final, no sé ni qué hacer. Y aunque esto no es un caso aislado, la sensación es de agotamiento, de quedarme pasmada, sin palabras, sintiéndome inútil. Ningún análisis, ninguna publicación, ni siquiera salir a rechazar este acto —por más necesario que sea— nos va a devolver esa vida, ni la de tantas otras que ya no están.

Esto me lleva a preguntarme por mi lugar en el mundo, como una travesti socializada como la excepción a la norma. ¿De qué me ha servido si mis compañeras siguen muriendo? Y no solo de estas formas. El patriarcado, como sistema histórico de opresión, creó el género como categoría que establece un orden sustentado en relaciones asimétricas de poder, que se perpetúan a través de estructuras sociopolíticas y económicas que responden a la selectividad estratégica del Estado. En ese sentido, es claro que a Sara no solo la mataron los paramilitares. En un país atravesado por múltiples conflictos que van más allá del carácter armado, también es válido decir que a ella la mató el Estado.

Entender esto es fundamental, porque se trata de un caso que nos invita a reflexionar sobre la sociedad que tenemos y la que aspiramos a construir. Han sido las categorías de territorio, soberanía y seguridad las que han cohesionado una lógica patriarcal del poder. Decir que la guerra es la partera de la historia es, en sí mismo, un acto político; no es un accidente, sino parte del diseño.

Aunque esta concepción proviene del marxismo —que reemplaza la guerra por el concepto de violencia para explicar cómo las viejas sociedades, preñadas de una nueva, requieren rupturas no pacíficas para transformarse—, lo uso acá para no perder de vista que la guerra, en tanto práctica y narrativa, necesita relacionarse de forma inherente con la figura de un otro feminizado, que debe ser creado, oprimido y aniquilado. Se trata, entonces, de una relación de causalidad recíproca que revela cómo el Estado y el orden social se fundan y sostienen sobre la violencia: despojo, control territorial, represión y exclusión.

Feministas como Judith Butler han teorizado la otredad a partir del concepto de precariedad, entendida como una condición humana y universal que permite al sistema hacer ciertas vidas inteligibles y otras no. Aunque todos dependemos de todos para sobrevivir en sociedad, somos las mujeres, los migrantes, las personas esclavizadas y quienes se salen del orden global de género —como las personas trans— quienes hemos sido históricamente el “otro” de la historia que ha quedado por fuera de los marcos sociales dominantes. 

En el caso de Colombia, el Estado ha tenido que construir discursivamente la figura de ese enemigo que no merece el duelo público ni debe ser llorado. Para ello, recurre a la capacidad de agencia de la sociedad civil que asume lo diferente como un asunto válido de desigualdad, con el fin de unirlos en un proyecto de nación que justifique el accionar paramilitar del Estado bajo la institucionalización de políticas que pretenden defender la seguridad nacional. 

Una seguridad que no solo exalta la masculinidad guerrera de los actores armados —legales e ilegales—, sino que también defiende un orden moral, racial y de género que penetra profundamente en las raíces psicológicas y culturales de la sociedad. La guerra es el proyecto político materializado del régimen heterosexual, que sostiene a la familia como una institución tradicional que no puede ser alterada y es defendida a sangre y fuego.

Es difícil comprender esto cuando no presenciamos directamente los enfrentamientos armados, pues en las ciudades no se manifiestan de forma tácita. Pero no hace falta ser víctima directa del conflicto armado o vivir en la ruralidad para percibir cómo operan sus repertorios de violencia. No solo se expresan a través de políticas de mano dura o de la inversión militar para el acceso a sistemas tecnológicos de vigilancia; también actúan desde el biopoder. Basta con salir a la calle para que sobre nuestros cuerpos se proyecte una mirada moralizante, que responde a esas lógicas de otredad construidas por el Estado y legitimadas por la sociedad, con el fin último de aniquilarnos.

Esto sucedió por ejemplo, bajo el Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala, que pretendía frenar el avance de la insurgencia y terminó violando los derechos humanos de muchas personas y en el caso, de las mujeres trans, las satanizó, las expropió de su identidad y las transmutó en el enemigo interno, haciéndolas merecedoras de la muerte. 

Estos repertorios de violencia, que han concebido a nuestros cuerpos como territorios dignos de ocupación y conquista —incluso en lo más cotidiano—, han condicionado nuestros tránsitos hacia la espectacularización; la muerte, en sí misma, ya lo es. Pero lo que ocurrió con Millerey, su exposición máxima a la vulnerabilidad, se vuelve algo escoptofílico: una traducción del voyeurismo cinematográfico llevada a la realidad.

La viralización del video, donde se encuentra agonizando en el río nos obliga a preguntarnos a quién le corresponde el rol de ser vista y quién tiene la agencia de la mirada. Pocas veces nos interrogamos sobre cómo vemos lo que vemos, sin detenernos a pensar en las relaciones de poder que se tejen en la mirada como práctica generadora de sentidos.

Quien graba, así como quien mira, se asume como un espectador protagonista —generalmente desde una visión masculina— de un espectáculo morboso que responde a la errónea idea de que las mujeres trans disfrutamos el placer de ser vistas por otros como objetos —incluso en la muerte—. Porque ni muertas somos legítimas, casi que se necesita una prueba palpable y revictimizante de los hechos para que despierte en la gente un mínimo grado de conciencia y sensibilidad. Es como si fuésemos un desnudo al óleo que ha perdido su valor original en una sociedad capitalista, pero que aún representa la opulencia, lo exótico y la celebración de la propiedad privada. Una propiedad que no nos pertenece, que nadie defiende —a veces, ni siquiera nosotras mismas—, porque se nos ha anulado la capacidad de sabernos vivas, dueñas de nuestra subjetividad.

Hemos sido construidas como un objeto visual relacionado a un régimen escópico. Es decir, a la narrativa del mundo, a sus formas de representación y del ver para saber cómo debemos actuar y performar el género. De lo contrario, ese mismo poder político que lo instaura nos violenta de una forma ejemplarizante.

El transfeminicidio de Sara es un castigo por haber sido marica. Es una necesidad de recordarnos, a ella y a noso-trans, cuál es nuestra jerarquía de género en una sociedad tan violenta como la colombiana. Nos hace pensar que pudo ser cualquiera de nosotras. Que no somos humanas. Que no sentimos. Funciona como una musealización del dolor, sin tener en cuenta las consecuencias políticas de las emociones, que tienen efectos sociales en la conducta y pensamiento de la gente. 

Así como muchos lloramos su muerte, otros la han justificado con comentarios como: “algo tuvo que haber hecho ella para que le hicieran eso”. Y yo, como mujer trans, pero como participante activa en la construcción subjetiva del mundo puedo decir que sí, sí hizo algo. Su más grave error fue haber sido ella misma, con toda la disrupción que eso ocasiona en la mirada de una persona “normal” que ha hecho de sus prejuicios, el caldo de cultivo de los proyectos de acción militar: vernos por fuera de los cánones de belleza tradicionales y bajo esa excusa, asesinarnos.

Y aunque se le exija justicia al Estado —el mismo que nos ha violentado— presiento que la escalada de violencia que se avecina sobre noso-trans en Colombia será mucho peor. Seguir juntas y vivas, será casi que una objeción de conciencia a la lógica de la guerra, una postura antimilitarista que concibe nuestra existencia como el mayor acto de resistencia y de memoria, para honrar a quienes ya no están. 

Sin embargo, el hecho de que aquí pueda decir muchas cosas que, tristemente, seguirán vigentes por muchos años, me invade la impotencia y la frustración, porque —al menos yo— ya no sé ni qué hacer. 

Sobre la imagen: Imagen creada por IA – Chat GPT.

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