
Los saberes «femeninos» en torno al hogar y la «ética del cuidado» son cosas que pocos hombres dominan.
Se puede pensar en la tarea simple de preparar unas papas saladas en la olla a presión. Varios factores deben tenerse en cuenta: el tipo de papa, la lavada, el cuchillo apropiado, la cantidad de agua necesaria y otros condimentos, además del número de papas a consumir por cada comensal.
Después vienen los temas de procedimiento: cómo se pela la papa, o si no, cómo se usa la olla, cuánto tiempo debe dejarse cocinar, cómo almacenarla, cómo guisar, cómo deshacerse de los restos que «pueden servir para otra sopita».
También intervienen el sentido de pertinencia y la proyección del hogar: con qué más acompañar la cena para una dieta que alimente y satisfaga; cuántas papas se pueden consumir en una economía frágil cuando los ingresos tal vez no alcancen para la semana; cuál será el menú siguiente para que los comensales no se cansen; cómo preparar la guarnición para mañana.
Para mejorar la cosa, intervienen los afectos y los gustos: se prepara la receta así o asá porque algún recuerdo de la infancia nos alegra el día; si a Martincito no le gusta tal ingrediente se le quita y se prepara aparte otra cosa; si ayer comimos muchas papas hoy será mejor comer patacón para que todos estén más contentos o no importa si repetimos porque a todos nos encanta comer papa, pero hoy será un puré.
En la «simple» tarea de preparar las papas hay rituales, gustos, técnicas, herencias, aprendizajes y profundas emociones que, insisto, pocos hombres manejan. No sólo porque se trata de un saber típicamente reservado a las mujeres sino porque ellas —celosas— no lo confían. No hemos aprendido a cederlo, a reinventarlo, a compartirlo. Pero esperamos con tranquilidad (normalmente enojo y cantaleta) que ellos asuman por «naturaleza» o «conciencia» algo que sus madres nunca les enseñaron, esperamos que adquieran un saber que no dará ningún libro o recetario y —mucho menos— uno que ha costado años de trabajo, práctica y esfuerzo aprender y dominar.
«….En la «simple» tarea de preparar las papas hay rituales, gustos, técnicas, herencias, aprendizajes y profundas emociones que, insisto, pocos hombres manejan. No sólo porque se trata de un saber típicamente reservado a las mujeres sino porque ellas —celosas— no lo confían. No hemos aprendido a cederlo, a reinventarlo, a compartirlo…»
Las mujeres no sabemos cómo introducir a los hombres en el mundo del hogar, aunque hayamos avanzado años luz en nuestra salida al mundo público. Somos cómplices y facilitadoras de largo aliento de nuestra propia discriminación. Hasta llegamos a creer que tenemos un sexto sentido que nos hace saber «el arte de preparar las papas» y el de «cuidar los hijos».
«Porque es la naturaleza» dicen mis amigas; porque «es un instinto»; porque «nosotras sí sabemos». Pensarlo así implica que las que no hemos pasado por el vínculo de la maternidad —y de seguir en la tendencia no pasaremos— tampoco tenemos el dichoso «instinto» ese y, por lo tanto, somos «menos mujeres» que las que ya parieron. ¿Qué tanto hay de cierto en eso? Yo sigo pensando, señoras, madres, esposas-madres, que no es una cuestión de naturaleza sino de cultura, de costumbres y lógicas desiguales de poder. Es un asunto político que empieza por valorar nuestros saberes hogareños «femeninos» y por transmitirlos a nuestros esposos e hijos hombres; pasa por darles las herramientas para que ellos, los hombres, se desenvuelvan en lo privado tan bien como lo haría una fémina; pasa por enseñarles nuestras maneras del afecto a las hijas, por mostrarles a ellas la riqueza del mundo privado y darles todas las herramientas para que vuelen sin miedo en el universo «público».
Algunas me dirán que tengo demasiada fe en la cultura y poca ilustración sobre la biología femenina y masculina que nos hace diferentes. Es una evidencia que son distintas, tanto y tan diversas como las culturas, pero lo que yo debato es la inequidad fáctica en la que esas diferencias nos ponen a las mujeres.
Entonces, la primera etapa de reivindicación de los saberes femeninos pasa por hacerlos visibles, darles el lugar que tienen dentro del trabajo que históricamente hemos hecho nosotras y por eliminar las jerarquías que esa división del trabajo ha creado. Que ojalá no le pase a muchas como a mí: que aun sabiéndolo se niegan a hacer lo que por años muchas otras mujeres repitieron en sus roles tradicionales ya que es un lastre heredado que no queremos cargar pero por incapacidad de compartir, enseñar, de dar la pelea desde la propia casa constructivamente, solo continuamos profundizando la brecha a falta de pedagogías para «entrenar a los dragones en las tareas del hogar». ¿Y por qué habríamos de completar la tarea que no hicieron sus madres? Educarlos fue cosa de ellas y reeducarlos también implica tejer nuevas lógicas para nuestra emancipación. Nuestra se refiere a hombres y mujeres, ¡sí señoras!
P.S.: Mientras despotrico por escrito y públicamente contra el famoso «sexto sentido materno», me llama mi madre a decirme que había visto en sueños un asunto que nunca le revelé. ¿Cómo les queda el ojo?
Sobre la imagen: Fuente Freepik.

Solo cuando las mujeres accedamos masivamente a los saberes masculinos como la electricidad, la mecánica, la construcción y la política en eapacios públicos y de dirección podremos hablar de mayor equidad