
Por: Yenny Katherine Parra Acosta.
Durante más de dos siglos, la humanidad ha vivido un proceso silencioso y persistente que transformó su rumbo de manera irreversible. Todo comenzó en los talleres humeantes y las fábricas improvisadas de la Revolución Industrial, cuando un puñado de inventos dejó de ser una curiosidad técnica para convertirse en el engranaje que movería al mundo moderno. Desde entonces, sin grandes estridencias, los estándares de vida global se elevaron como nunca. En 1820, más del 80 % de la población mundial sobrevivía en pobreza extrema. Hoy, esa proporción ha caído por debajo del 10 % según datos del Banco Mundial. Es una de las transformaciones más profundas de la historia humana, levantada lentamente, generación tras generación, sobre cimientos de innovación y conocimiento.
Pero detrás de esa proeza se esconden grietas imposibles de maquillar con discursos optimistas. La línea internacional de pobreza se actualizó recientemente a tres dólares diarios por persona, en reemplazo de los 2,15 dólares anteriores. Y aun así, cerca de 700 millones de personas, la mayoría en África subsahariana, en zonas rurales y castigadas por conflictos, siguen viviendo por debajo de ese umbral.
El historiador económico Joel Mokyr, uno de los galardonados con el Nobel de Economía 2025, encontró en los archivos el punto exacto en el que la historia dio un giro. Antes de la Revolución Industrial, las innovaciones eran chispas aisladas: útiles, sorprendentes, pero efímeras. Nadie comprendía del todo por qué funcionaban, y cuando no hay comprensión, no hay base para construir, ni para mejorar, ni para repetir. Mokyr demostró que el progreso se aceleró cuando la ciencia comenzó a explicar la tecnología y la tecnología a empujar a la ciencia. El azar dio paso a la estrategia. La innovación dejó de ser un destello ocasional para transformarse en un sistema organizado capaz de encadenar descubrimientos, multiplicarlos y acelerar el desarrollo económico.
En 1992, los economistas Philippe Aghion y Peter Howitt, también reconocidos este año por la Academia Sueca, modelaron matemáticamente este pulso interno. Lo llamaron destrucción creativa, retomando una idea de Joseph Schumpeter. Cada innovación impulsa el progreso, pero al mismo tiempo desplaza lo anterior: cuando una tecnología emerge, otra queda obsoleta; cuando un sector despega, otro pierde terreno. No se trata de un accidente, sino de la fuerza vital del crecimiento sostenido. Pero esa fuerza puede estancarse. Aghion y Howitt advirtieron que cuando los intereses establecidos se atrincheran para conservar privilegios, la historia se detiene. John Hassler, presidente del Comité Nobel de Economía, lo resumió sin adornos: “Debemos preservar los mecanismos que hacen posible la destrucción creativa si no queremos regresar a la parálisis.”
En Estocolmo, Aghion lanzó un mensaje que aún resuena: “Europa debe aprender de Estados Unidos y de China si quiere mantener su dinamismo económico.” La advertencia no fue ligera. Ambas potencias, con modelos muy distintos, han sabido conciliar la competencia con políticas industriales estratégicas. No se trata de copiar recetas, sino de comprender que la innovación no florece en el vacío. Mientras tanto, Europa se aferra a su rígido culto a la competencia pura; mientras sectores claves como defensa, clima, inteligencia artificial y biotecnología observan cómo el liderazgo global podría estar reconfigurándose lejos de sus fronteras.
Nada de esto ocurre en el terreno abstracto. La partida se juega en los laboratorios de inteligencia artificial de Shanghái, en las startups biotecnológicas de Boston, en las fábricas alemanas que reinventan la transición energética y en los campos agrícolas africanos donde una innovación puede marcar la frontera entre subsistencia y desarrollo. Es un tablero en movimiento. Cada país, sector y empresa debe decidir si avanza, si resiste… o si simplemente observa cómo otros trazan el futuro.
El Nobel de Economía de este año no es un homenaje para archivar en bibliotecas académicas. Es una alerta. Ninguna ventaja es eterna. El progreso no avanza en línea recta ni está garantizado, es una coreografía de avances y retrocesos, de valentía y miedo, de aperturas y bloqueos. El mayor error sería creer que la historia se escribe sola. No basta con haber abierto caminos: hay que mantenerlos vivos, transitables y fértiles.
En última instancia, esta historia no habla solo de naciones y economías. Habla de personas. Cada innovación, cada transformación, nace de decisiones individuales: aceptar o resistir el cambio. Cuando una nueva idea llega a una empresa, una comunidad o incluso a la vida personal de alguien más, el statu quo puede sabotearla. Pero también puede abrirse paso con fuerza suficiente para generar una corriente transformadora. Aplicar esta lógica en la vida diaria significa atreverse a innovar, reemplazar lo que ya no funciona y contribuir, desde lo micro, a una realidad histórica mucho más grande que uno mismo. Porque el desarrollo no es solo tarea de los Estados, lo construyen millones de decisiones individuales cada día. El progreso global comienza cuando alguien, en algún lugar, decide no aceptar la inercia.
Sobre la autora…

Yenny Katherine Parra Acosta es Posdoctora en Ciencia de Datos aplicada a la reparación corporativa de derechos humanos de la Universidad de St. Gallen (Suiza) y la Pontificia Universidad Javeriana. Doctora en Gestión de Organizaciones con mención honorífica Cum Laude de la Universidad EAN, Máster en Administración con especialidad en Mercadeo de la Escuela Europea de Dirección y Empresas, y Administradora de Empresas de la Universidad de Quebec en Chicoutimi y Universidad EAN. Miembro del International Exchange Alumni del U.S. Department of State y del Swiss National Science Foundation. Docente-investigadora en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Militar Nueva Granada.
