Fuente: https://unsplash.com/ Foto de Caleb Hernandez Belmonte

Por: Claudia Ramírez Avila.

La muerte es una constante en la vida, no podemos negar su existencia, somos conscientes de su irreversibilidad y la única certeza en la vida es su llegada. En la actualidad existen diversas formas de tramitar el duelo, distintas religiones y rituales que acompañan el proceso del continuo vida-muerte. Pero, ¿cómo surgió esa conciencia de muerte?, ¿cuál es el papel de las religiones ante esta contingencia?

Realicemos un breve recorrido histórico que nos permita acercarnos y conocer algunos aspectos relevantes de las expresiones socioculturales y religiosas que las sociedades han construido.

Hacer consciencia de la muerte fue un reto para los primeros seres humanos evolucionados, generar una mayor capacidad cerebral y relaciones sociales más eficaces, permitió que se resolvieran de manera práctica algunas inquietudes trascendentales. Por ejemplo, ¿Qué pasa con el vacío que deja una persona?, ¿qué hacer ante la descomposición del cuerpo?, ¿Cómo enfrentarse a la disminución de la sociedad? Estas dudas aún provocan miedo y angustia. Y es allí donde surgen las construcciones sociales, los imaginarios que puedan dar una explicación a lo que ocurre, o al menos, manejar esas contingencias. (Ospina, 2021).

Desarrollar una mayor inteligencia tuvo un alto precio, tal como saber que vamos a morir. De igual manera, se dio paso al pensamiento simbólico, es decir, a la posibilidad de crear ideas y abstracciones, lo que permitió la toma de consciencia ante la muerte. Se han encontrado depósitos de cuerpos, que poseen un carácter ritual que se remonta a 130.000 años. En Colombia, el entierro más antiguo registrado es de hace 10.000 años, aproximadamente, y se ubica en la Sabana de Bogotá. Estos ritos responden a las cosmovisiones de los grupos humanos y, al igual que las religiones, son contextuales. Los ritos tienen como finalidad generar tranquilidad al grupo social, resolver el miedo al olvido y principalmente sentir serenidad al hacer lo que se supone se debe hacer con los muertos. Pero, entonces, ¿cómo surgen estas expresiones socioculturales?

El hallazgo de entierros individuales y colectivos evidencia la inquietud ante la muerte. Así, varios grupos realizan enterramientos para separarse del cuerpo y en algunos lugares se acompañan de inscripciones, objetos o rituales para apartar el alma del mundo de los vivos. Un claro ejemplo que conocemos son los rituales funerarios celtas. Esta sociedad creía en la inmortalidad del alma y la atemporalidad en el otro mundo.

Los celtas dejaban los cuerpos de los grandes guerreros expuestos para que fueran devorados por los buitres y así volaran a reunirse con los dioses. Otros pobladores eran incinerados y sus cenizas eran enterradas con sus ropas, utensilios personales o comida como una manifestación de que sus objetos los acompañarían en el más allá. En este sentido, otro ritual muy conocido es el de las incineraciones vikingas que se realizaban en barcos con el fin de que las almas vagaran hasta su reencarnación.

Ahora bien, en Egipto también tenían sus propias ceremonias. Los primeros ritos eran simples, se sepultaba el cuerpo y a su izquierda algunos bienes. Pero al avanzar la sociedad, todos los habitantes de la región conocían que después de la muerte se realizaba un viaje para encontrarse con los dioses. Por tanto, el cuerpo debía ser preparado en ceremonias de momificación para evitar que se degradara, pues se realizaba un viaje con él por el río Nilo, acompañado por plañideras que lloraban y se lanzaban al suelo demostrando el dolor ante la pérdida sufrida.

Los sacerdotes realizaban el entierro en los sarcófagos para estar preparados para enfrentarse al juicio o pesaje del corazón. Allí determinaban si podía continuar el viaje del difunto, o si su corazón era devorado y su alma dejaba de existir. Es clara la organización de los egipcios y sus rituales, el papel de la religión y su importancia para que la sociedad explicara qué pasaba en medio y después de la muerte. Cabe aclarar que el contexto socioeconómico era importante, ya que la momificación era muy costosa y solo se realizaba a las personas de alto poder económico o social.

De igual manera, en la América precolombina encontramos diversas prácticas en relación con la muerte. Como afirma la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal, EDTe (2023), varias culturas como la maya y náhuatl tenían dioses creadores del cosmos. Según estas culturas, todos los seres humanos debían cumplir una misión en vida y, de acuerdo con el carácter mayormente virtuoso o vicioso en el curso de la vida, se recibía un premio o un castigo. Para estas, el espíritu de un fallecido habitaba por tres días la residencia terrenal, y este, al oír las oraciones que se hacían, se percataba de que había muerto e intentaba llevarse a sus familiares con él. Cabe tener en cuenta que la muerte permitía la transformación y trascendencia del espíritu. Este proceso duraba 40 días, donde al final los familiares despedían al difunto en el panteón.

En Colombia, actualmente diversas comunidades también realizan rituales funerarios; por ejemplo, para los Nukak Maku, tribu de la Amazonía colombiana, la muerte no es el fin de la existencia, es el tránsito a otras esferas del existir. Así, cuando un Nukak muere, de él se desprenden tres espíritus: el primero se dirige hacia donde sale el sol, el segundo se queda viviendo entre la comunidad y el tercero se transforma en animal. Cada uno de esos espíritus adquiere un nuevo rol para iniciar una nueva vida (Ospina, 2021).

Asimismo, también tenemos los rituales del pacífico colombiano con las cantaoras de alabaos, una forma de despedir y acompañar a los muertos al más allá. Los alabaos son cantos llenos de espiritualidad, memoria y bienaventuranza, que se llegan a convertir en oraciones para alabar a los santos y acompañar a los muertos. Las mujeres son las encargadas de cantar y dirigir el ritual que saluda a la muerte y le dice adiós a la vida. 

Como ya se dijo, los ritos funerarios son contextuales y se modifican. Un claro ejemplo de ello ocurrió en la pandemia producida por el Covid-19. Los ritos y homenajes de las personas fallecidas se vieron afectados por la saturación de los servicios de salud y de las funerarias. De entrada, se impuso un límite al número de asistentes al ritual. También se redujo el tiempo del velorio y se impuso la ausencia del contacto físico con el cuerpo. Muchas personas no pudieron despedirse de sus seres queridos, lo que sin duda generó culpa y un sentimiento de vacío profundo en los familiares. Esto último también se vio ante la imposibilidad de repatriar a las personas fallecidas cuyos cuerpos fueron cremados en otros países. 

En muchos casos se presentaron choques culturales, pues como medida sanitaria se decidió que los cuerpos se cremaran. Lo anterior, en algunas ocasiones, se dio en contra de los deseos de quienes fallecieron. Pero una característica de los seres humanos es reinventar las maneras de honrar a sus muertos. Es así como, por ejemplo, cientos de familias encontraron en el Páramo de Guerrero, en el municipio de Cogua, Cundinamarca, la morada ideal para las cenizas de sus seres queridos fallecidos en la pandemia, junto a los árboles sembrados que nutrirán el entorno de la reserva forestal.

Con este bosquejo podemos apreciar la variedad, riqueza e importancia que las   sociedades conceden a honrar la muerte y su entorno. Por eso es vital que al realizar un acompañamiento o eduquemos para la muerte, el morir y las pérdidas, entendamos y respetemos estos ritos y creencias.  No es necesario compartirlos, pero conocerlos y respetarlos nos permiten tener una presencia más ecuánime, amorosa y cercana con quien acompañemos.

Referencias

Ospina, J. (2021).¿A dónde van los muertos? Documento del curso. Bogotá. Transpersonal, E. E. (2023). El duelo y la muerte en las diversas tradiciones. Madrid.

Nota del editor: Este artículo se publicó primero en CONTINUO EDUCACIÓN y se puede consultar su primera versión en: https://continuoeducacion.co/la-muerte-el-duelo-y-los-ritos-funebres-expresiones-socioculturales-y-religiosas/  Se publica bajo expresa autorización de la autora y se invita a visitar su página web para conocer otras interesantes publicaciones.

Sobre la autora…

Claudia Ramírez Ávila es Doctoranda en Educación y Sociedad de la Universidad de La Salle, Magíster en Educación y en Docencia e investigadora en el tema de Educación para la Muerte, el duelo y la pérdida. Cuenta con cerca de tres décadas de trayectoria en el sector educativo de Bogotá, donde se ha destacado como líder institucional y docente. Actualmente es formadora de nuestra organización aliada Continuo Educación.

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