
Hace unos días leía sobre la Torre Materno Infantil del Hospital de Neiva, ese monumento moderno a nuestra capacidad local para hacer las cosas al revés, y pensaba que en Colombia hemos convertido el error en método y la improvisación en sistema. No hablo de moral ni de ética —temas ya tan manoseados que perdieron el poder de ruborizarnos—, sino de algo más elemental: la ausencia total de idoneidad técnica para gestionar lo público sin convertirlo en ruina.
Construir un hospital no es una hazaña inédita de la civilización. Se han hecho miles, en todo el mundo, bajo condiciones mucho más difíciles y con menos recursos. Lo mismo aplica para las políticas públicas. Sin embargo, aquí seguimos tratando cada obra, cada política, como una aventura experimental, con resultados tan costosos como previsibles. Lo sorprendente no es que algo salga mal, sino que a nadie parezca sorprenderle este hecho.
El puente Chirajara, por ejemplo, podría ser nuestro equivalente criollo del Titanic: una proeza técnica que nunca llegó a puerto, hundida por su propio exceso de confianza y por una cadena de decisiones en la que la política pesó más que la física. En proyectos así, la amistad suele pesar más que el cálculo estructural, y el aval partidista más que el conocimiento. El resultado es un país donde el mérito se negocia y la competencia técnica se ve como un obstáculo.
El repertorio es amplio: sobrecostos en vacunas, alteraciones en manuales de contratación para rebajar los requisitos profesionales, adiciones presupuestales injustificadas a contratos de infraestructura, programas de alimentación escolar que confunden nutrición con trámite. En un país donde la comida de los niños termina siendo solo una oportunidad de negocio más, ya ni siquiera se trata de corrupción: se trata de un consenso cultural sobre la inconveniencia de nuestra incompetencia políticamente autoimpuesta.
Quizá el mayor problema es que nada de esto nos escandaliza. Hemos aprendido a vivir con la mediocridad del mismo modo en que se convive con un clima insoportable: quejándose, pero sin buscar sombra. “Que roben, pero que hagan algo” es la frase más exacta para describir nuestra relación con el Estado: una mezcla de resignación, cinismo y esperanza precaria. Una relación que con el tiempo se ha tornado tóxica y no deberíamos aceptar.
Ahora nos acercamos a unas elecciones presidenciales con más de treinta partidos y más de medio centenar de precandidatos convencidos de que pueden dirigir el país. La abundancia de opciones, lejos de ser una muestra de vitalidad democrática, parece una parodia. Cuando todo el mundo cree estar capacitado para gobernar, es posible que nadie lo esté. La historia —la nuestra y la ajena— ya ha mostrado los riesgos de confundir la popularidad con la preparación.
Es natural que los gobiernos se rodeen de aliados; el problema surge cuando la lealtad sustituye la competencia. Así terminamos gobernados por equipos que, cada cuatro años, juegan a reconstruir el país desde cero, convencidos de que lo anterior fue un error, sin advertir que el error es precisamente ese: empezar siempre de nuevo.
Mientras tanto, los países que admiramos —los de las referencias aspiracionales— planean a cincuenta años, con paciencia de relojero y sentido de continuidad. Nosotros seguimos afinando el violín mientras el barco se hunde, convencidos de que, al menos, la orquesta suena bien.
