Fuente: María Luisa Queiroz en Unplash.com
Fuente: María Luisa Queiroz en Unplash.com

Por: María Carmenza Cuenca Arias.

El parto respetado es un derecho reconocido en la legislación colombiana desde hace varios años. La Resolución 3280 de 2018, que traza la ruta de atención materno-infantil, y la Ley 2244 de 2022, conocida como la Ley de Parto Digno, establecen lineamientos claros para garantizar nacimientos humanizados. Sin embargo, a pesar de este reconocimiento legal, la realidad sigue estando lejos del ideal. Las instituciones de salud, la capacitación de los profesionales y la preparación de las mujeres para vivir un nacimiento amoroso y respetado continúan siendo retos pendientes en Colombia.

Si el parto respetado es un derecho, ¿por qué sigue siendo un privilegio para pocas mujeres? La respuesta es compleja. El modelo de atención obstétrica en Colombia, al igual que el de muchos otros países, sigue siendo altamente medicalizado y tecnocrático. El control del proceso de parto está en manos del personal de salud y no de la mujer, a pesar de la abundante evidencia científica que respalda el acompañamiento de la fisiología del parto y la importancia de respetar los tiempos y necesidades de la madre y el bebé.

El paradigma dominante sigue considerando el nacimiento como un evento que debe ser intervenido para minimizar riesgos, en lugar de un proceso natural que debe ser acompañado con prudencia. Esta visión genera una resistencia al cambio dentro del personal médico, que ha sido entrenado bajo este modelo y, en muchos casos, no ve la necesidad de modificar sus prácticas. Introducir nuevas formas de atención, como el parto en movimiento, la toma de decisiones informadas por parte de la mujer o la reducción de intervenciones rutinarias como la episiotomía, la inducción innecesaria, las cesáreas evitables o la separación madre-bebé, desafía una estructura que por décadas ha priorizado la intervención sobre el acompañamiento.

Pero la existencia de leyes y resoluciones no garantiza su implementación. Para que el parto respetado sea una realidad, se requieren cambios estructurales profundos en hospitales y clínicas. Esto implica reformar protocolos, capacitar al personal, adecuar espacios y, sobre todo, transformar la cultura institucional. Muchas IPS priorizan la eficiencia operativa y la reducción de tiempos de estancia, lo que no es compatible con un modelo de parto humanizado.

La atención respetuosa exige paciencia, espacios privados y un enfoque centrado en la madre y el bebé, algo que choca con la lógica de optimización de recursos dentro del sistema de salud. Además, las políticas de financiamiento siguen premiando la intervención sobre el acompañamiento. En muchos casos, los procedimientos médicos y las intervenciones tienen una mayor remuneración que la asistencia a un parto fisiológico.

Uno de los mayores obstáculos es la formación médica y obstétrica. A pesar de la evidencia científica y los cambios en la legislación, la mayoría de las facultades de medicina y enfermería no han actualizado sus currículos para incluir conocimientos esenciales sobre parto en vertical, medidas no farmacológicas para el manejo del dolor, la importancia de la «hora de oro» tras el nacimiento, el acompañamiento por la persona de elección como pilar del apoyo emocional, la comunicación no violenta y compasiva, la relación horizontal entre médico y paciente y un verdadero consentimiento informado basado en la autonomía de la mujer. Los médicos y enfermeras siguen formándose bajo un enfoque tradicional y medicalizado, perpetuando las mismas prácticas intervencionistas.

El respeto al nacimiento también implica considerar el papel de los acompañantes. Numerosos estudios han demostrado que el apoyo continuo de una pareja, familiar o doula reduce la necesidad de intervenciones médicas y mejora la experiencia del parto. Sin embargo, en muchas instituciones de salud aún se restringe la presencia de acompañantes, una práctica que no solo vulnera los derechos de la persona que está pariendo, sino que también afecta la transición del bebé al mundo extrauterino.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), en sus recomendaciones sobre el cuidado del parto para una experiencia positiva 2019, enfatiza que el nacimiento no solo debe ser seguro desde el punto de vista clínico, sino también satisfactorio desde el punto de vista emocional y psicológico. Un nacimiento respetado fortalece el vínculo madre-bebé, favorece la lactancia materna y disminuye el riesgo de depresión posparto. En contraposición, experiencias de parto traumáticas pueden dejar secuelas emocionales que perduran a lo largo de la vida.

Para que el parto respetado deje de ser un privilegio y se convierta en una realidad para todas las mujeres, es necesario reformar la formación médica y obstétrica, incorporando conocimientos sobre parto fisiológico, comunicación con la mujer y respeto a sus derechos. También es crucial empoderar a las mujeres y sus familias mediante educación prenatal accesible, con información clara sobre sus derechos, opciones y herramientas para la toma de decisiones informadas. Exigir el cumplimiento de la legislación existente es otro paso fundamental. En ese sentido,  es necesario promover veedurías ciudadanas, auditorías a instituciones de salud y sanciones efectivas en casos de violencia obstétrica.

El camino está trazado, pero aún hay muchas barreras por superar. La transformación del nacimiento en Colombia y en el mundo no es solo un tema de legislación, sino un cambio profundo en la cultura, la educación y las estructuras de poder dentro de los sistemas de salud. Ya avanzamos del discurso al papel, ahora es el momento de pasar del papel a la acción para que cada mujer tenga la posibilidad de vivir un nacimiento en el que se sienta respetada, acompañada y segura.

Sobre la autora…

María Carmenza Cuenca Arias es médica pediatra, neonatóloga, Doula de Parto y asesora internacional de lactancia materna IBCLC. Médica cirujana, pediatra y neonatóloga con doctorado en dolor neonatal. Cofundadora de Familia SER, acompaña a mujeres y familias desde la gestación hasta la crianza temprana, integrando ciencia y consciencia.

Estudiante de psicología perinatal y defensora de los derechos sexuales y reproductivos, promueve el nacimiento respetado, la conexión temprana y el cuidado amoroso como cimientos de una sociedad más humana. Su misión: recordar que cuidar la vida es un acto sagrado y que cada nacimiento tiene el poder de transformar el mundo.

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