Imagen generada con IA: Banana Gemini.
Imagen generada con IA: Banana Gemini.

Por:        Andrés Felipe Muñoz Muñoz.

Hay algo profundamente perturbador en el hecho de que veintisiete millones de dólares estén circulando en una plataforma de apuestas especulando sobre quién gobernará Colombia a partir del 31 de mayo de 2026. No es el dinero lo que alarma —el capital siempre ha encontrado grietas en los procesos políticos—. Lo que inquieta es lo que este fenómeno revela sobre nuestra relación con la verdad, la política y la democracia misma.

Polymarket se presenta como un «mercado de predicciones». La lógica es seductora: si las personas ponen dinero real en juego, tienen incentivos para buscar la información más precisa posible. La «sabiduría de las masas», dicen sus defensores, produce pronósticos más fiables que los sondeos tradicionales. Pero hay también una trampa analítica enorme que sus entusiastas prefieren ignorar.

El problema no es la predicción. Es la confusión entre precio y verdad

En un mercado de apuestas, el precio de un contrato no refleja lo que es verdad, sino lo que los traders —personas que compran y venden activos financieros buscando ganar dinero con las diferencias de precio— creen que creerán los demás. Esto significa que Polymarket no es un termómetro de la realidad política colombiana; es un espejo de los sesgos, los rumores y las narrativas que circulan entre quienes tienen criptomonedas para apostar. Además, gran parte de los apostadores no son ciudadanos colombianos deliberando sobre su futuro, sino actores globales que buscan lucrarse de una coyuntura ajena; personas que, con un conocimiento nulo o superficial del país, solo se interesan por el resultado en función de su ganancia personal. Una encuesta de Invamer dispara el precio de Cepeda. Un ataque armado en una carretera del país sube las acciones de los candidatos de mano dura. El mercado no analiza: reacciona, amplifica y especula.

Aquí emerge el primer peligro: la especulación disfrazada de análisis político. Cuando los medios colombianos —y ya hay varios haciéndolo— citan a Polymarket como si fuera una fuente de información electoral, están sustituyendo el análisis por el precio. Están diciéndole a la ciudadanía que la probabilidad de que un candidato gane no la determinan sus propuestas, su trayectoria ni el debate público, sino la especulación financiera de traders internacionales que operan en dólares digitales desde cualquier lugar del mundo.

Esto no es democracia. Es su caricatura

La filosofía política liberal, desde Rousseau hasta Rawls, ha insistido en que la legitimidad democrática descansa en la deliberación entre ciudadanos iguales. Un proceso donde la percepción pública está mediada por mercados financieros no es deliberación: es manipulación encubierta. ¿Quién tiene acceso a Polymarket en Colombia? No lo tiene el campesino del Caquetá, tampoco la maestra de Tumaco, menos el obrero de Soacha. Quienes operan en esa plataforma son, en su mayoría, personas con acceso a criptomonedas, conocimiento técnico y capital disponible. Sus apuestas, sin embargo, se convierten en titulares que moldean la opinión de millones.

Existe además un riesgo de retroalimentación perversa: un candidato que sube en Polymarket recibe cobertura mediática adicional, lo que mejora su imagen pública y atrae más apuestas a su favor, lo que genera más cobertura. Es un ciclo que puede manufacturar viabilidad política de la misma forma en que los mercados financieros manufacturan burbujas. El problema es que las burbujas electorales no se corrigen con una quiebra bancaria: se corrigen —o no— con cuatro años de gobierno.

La pregunta que debemos hacernos como sociedad no es si Polymarket «acierta» en sus predicciones, sino qué tipo de ciudadanos estamos siendo cuando delegamos la interpretación de nuestra realidad política a un algoritmo de precios descentralizado. ¿Estamos deliberando o estamos apostando? ¿Estamos eligiendo o especulando?

Colombia vive uno de sus momentos electorales más tensos en décadas: fragmentación política extrema, violencia armada en ascenso, una polarización que sangra por las costuras. En ese contexto, reducir la complejidad de sus opciones políticas a un ticker —indicador en tiempo real que muestra el precio de un activo financiero, típicamente en forma de números que van cambiando segundo a segundo— de probabilidades no es innovación cívica. Es empobrecimiento intelectual.

La democracia no es un mercado de futuros. Y confundirlos —o permitir que otros lo hagan— tiene un costo que no se paga en dólares.

Sobre el autor…

Andrés Felipe Muñoz es politólogo y cientista social. Cree, al igual que Huxley, que hay que ser un poco más amable, incluso cuando se analiza lo que nos divide.

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