
Desde hace un par de años se escucha con bastante frecuencia que la universidad, tal como la conocemos, “está en crisis”. Este mensaje es permanentemente replicado en conversaciones con rectores, vicerrectores, profesores y profesoras en el ámbito académico. ¿Qué tanto de esto es verdad? Cierto es que la Universidad está en crisis, pero ¿no lo estuvo antes? Tal vez no haya una respuesta definitiva, aunque la revisión histórica muestra que el discurso ha sido, en esencia, el mismo. Incluso los argumentos se repiten: la Universidad como institución permanece “de espaldas” a las realidades del país.
Aprovechando que estamos en tiempos de transición entre lo que se esperaba como una gran transformación política en Colombia, y lo que parece una respuesta directa desde algunas apuestas no tan progresistas, el retrovisor histórico es necesario. Se intentó instalar la idea de que asistíamos al primer momento regenerador de nuestra historia. Pero basta con mirar los años treinta del siglo pasado para encontrar una experiencia igualmente ambiciosa: un proyecto de transformación institucional que buscaba desmontar estructuras conservadoras profundamente arraigadas en la vida política y social del país, campo al que la Universidad no fue ajena.
En ese contexto, Germán Arciniegas —intelectual y figura política de primer orden— proponía una reforma universitaria que, hasta la fecha, sorprende por su alcance. Su diagnóstico partía, precisamente, de la crisis. Y era enfático: los fracasos nacionales no podían explicarse únicamente por la voluntad o el carácter del pueblo, sino también por una institución que había fallado en una tarea fundamental: “La Universidad no ha servido para interpretar la vida colombiana”.
Esta afirmación bien podría resultar incómoda, sin embargo, no creo que ni en los años 30 del siglo pasado, ni ahora, sea verdadera. La Universidad, por el contrario, ha funcionado como un último bastión donde se hace necesario pensar, acto que parece cada vez más escaso. Pasa, a mi parecer, que el problema resulta de endilgarle tantas responsabilidades no solo a esta institución, sino también a la educación. Encontramos en ella tantas respuestas a los problemas que se nos olvida la simpleza del acto educativo como un escenario independiente justificado en sí mismo.
Así las cosas, es posible afirmar que existe un matiz que diferencia nuestro momento del de Arciniegas. Hoy, la discusión sobre la crisis universitaria parece haberse desplazado hacia lo instrumental: tecnología, virtualidad, innovación pedagógica, rankings, acreditaciones. Se habla de modernización, pero rara vez se cuestiona el fondo del asunto. Y el fondo sigue siendo el mismo: ¿para quién forma la universidad y con qué idea de país?
La expansión del acceso a la educación superior ha sido, sin duda, uno de los grandes logros de las últimas décadas. Ahora bien, esa masificación no ha significado necesariamente democratización. Más estudiantes no implica, automáticamente, más igualdad. Por el contrario, lo anterior ha generado nuevas formas de diferenciación: entre universidades, entre programas, entre trayectorias profesionales posibles.
En ese escenario, la Universidad continúa operando bajo una promesa que cada vez resulta más difícil de sostener: la de ser un mecanismo de movilidad social. Y quizás allí radica una de sus tensiones más profundas. Porque mientras el discurso insiste en la formación de ciudadanos críticos y profesionales comprometidos con la transformación social, la realidad muestra un sistema que reproduce —muchas veces sin reconocerlo— las desigualdades que estructuran la sociedad.
De ahí que el problema no sea, únicamente, que la institución no haya cambiado lo suficiente. Es posible, incluso, que haya cambiado demasiado, pero no en lo que resulta fundamental, programático y de fondo, es decir, se ha transformado en lo superficial. Ha incorporado tecnologías, ha diversificado metodologías, ha ampliado su cobertura. Sin embargo, ha dejado intactas preguntas fundamentales sobre su función, su legitimidad y su relación con el entorno social. Su verdadero desafío es otro, mucho más incómodo: ser capaz de interpretar la vida del país al que pertenece.
Sobre dichos desafíos seguiremos reflexionando en los próximos escritos…

Así es. La modernidad tecnológica y las nuevas formas de acceder al conocimiento vienen desplazando el pensamiento crítico a cambio de un facilísimo que permea la capacidad analítica.