Movilización 8 de marzo del 2022 en Neiva. Fotografía por Inmorena.

Por: María Alejandra Llanos Lozano.

Hay palabras que, con el tiempo, empiezan a cargarse de significados que no necesariamente les corresponden. A veces se transforman, a veces se deforman y, en otros casos, terminan usándose como una forma rápida de cerrar conversaciones incómodas. Algo así ha pasado con el feminismo.

En medio de discusiones cada vez más visibles sobre igualdad, derechos y roles, hay un término que aparece casi como reflejo automático cada vez que el tema incomoda: “feminazismo”. Se dice en redes, en conversaciones cotidianas, incluso en tono de burla, como si fuera una forma válida de describir ciertas posturas. Pero cuando uno se detiene un momento a pensar en lo que realmente significa, la cosa deja de ser tan simple. Porque no, no es lo mismo.

El feminismo, aunque muchas veces se intente presentar como algo uniforme, en realidad es un movimiento amplio, con distintas corrientes, matices y formas de entender la realidad. Pero hay algo básico que lo atraviesa: la búsqueda de igualdad de derechos entre hombres y mujeres. No es una idea reciente ni una moda, es una respuesta a una historia larga en la que las mujeres han tenido menos acceso a oportunidades, menos participación en espacios de decisión y, en muchos casos, menos control sobre su propia vida.

Gran parte de lo que hoy parece obvio no siempre lo fue. Poder votar, estudiar, trabajar en ciertas condiciones o tomar decisiones sobre el propio cuerpo no llegó de manera espontánea. Detrás hay procesos, discusiones, tensiones y, sí, también incomodidades. Recordarlo no es exagerar, es entender por qué el tema sigue vigente.

Ahora, cuando aparece la palabra “feminazismo”, lo que ocurre es otra cosa muy distinta. No estamos hablando de una corriente dentro del feminismo ni de una postura estructurada. Es un término que mezcla dos cosas que no tienen nada que ver entre sí y que, al hacerlo, genera una comparación profundamente desproporcionada. No es una categoría seria, es una etiqueta.

Y no es una etiqueta inocente. En la práctica, se usa casi siempre para deslegitimar. No necesariamente para señalar posturas extremas, sino para desacreditar cualquier opinión que incomode lo suficiente. A veces basta con cuestionar un comentario, señalar una desigualdad o poner sobre la mesa una experiencia para que aparezca esa palabra, como si con eso se cerrara la discusión.

El problema es que al usarla no solo se simplifica el debate, se lo vacía. Se evita entrar en el fondo del asunto y se reemplaza dicha categoría por una caricatura que es mucho más fácil de rechazar. Es más sencillo discutir contra una exageración que contra un concepto real.

Y en ese punto pasa algo interesante. Muchas mujeres que, en la práctica, están de acuerdo con la igualdad, dudan en nombrarse feministas. No porque rechacen la idea, sino porque no quieren ser asociadas con esa versión distorsionada que han escuchado tantas veces. De este modo, la palabra deja de ser una herramienta comprensiva y se convierte en una barrera.

Por eso vale la pena detenerse un momento en el lenguaje que usamos. No desde la rigidez ni desde la corrección excesiva, sino desde algo más simple: la precisión. Porque no es lo mismo hablar de un movimiento que busca igualdad, con todas sus discusiones internas, que usar una etiqueta que lo desfigura para evitar tomárselo en serio.

Esto no significa que el feminismo esté exento de críticas. Como cualquier movimiento amplio, tiene tensiones, debates y posturas que no todo el mundo comparte. Pero una cosa es discutir desde ahí, y otra muy distinta es descalificar desde una palabra que, en el fondo, no explica nada.

Tal vez la pregunta no es si alguien se identifica o no con el feminismo, sino desde qué lugar está dispuesto a conversar. Si desde la simplificación que cierra, o desde la incomodidad que obliga a pensar un poco más.

Porque al final, no es lo mismo, aunque a veces se repita como si lo fuera. Y entender esa diferencia no resuelve todos los debates, pero sí permite algo mucho más valioso: que la conversación, al menos, empiece en un lugar más honesto.

Un comentario sobre “No es lo mismo, aunque suene parecido”

  1. Me gusta el comentario por su análisis y fuera de frases agresivas… sencillamente una descripción de una realidad.
    Me parece también importante que de ninguna manera se entra en diálogo pintado de una vertiente política pero si, de marcar suavemente la historia real histórica.
    Nunca escuché la palabra «femininazismo». Un constructo estéril… qué horror y qué peligro por las inapropiadas asoziaciones que produce. Feminista y Nazismo! En estos momentos tan tensos por desorientación cultural, social, hasta política reinante. No sé si cada vez que aparezca esta palabra se debería frenar la persona y bloquear la pronunciación con vehemencia.

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