
Por: Diego Fernando Sevilla Cortés
Como Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), tenemos grandes desafíos. Uno de ellos es dar a conocer nuestra misión. A pesar de que somos una entidad creada hace varios años, todavía hay personas que desconocen nuestro mandato humanitario y extrajudicial o nos confunden con otras instituciones. Otro desafío es contribuir a que la sociedad comprenda que la desaparición no pertenece únicamente al pasado. Es una herida que continúa abierta en miles de familias buscadoras. Todo ello tiene un mismo propósito: encontrar a las personas dadas por desaparecidas y aliviar el sufrimiento de quienes aún las buscan.
Este camino nos ha dejado aprendizajes que transforman la manera de entender nuestro trabajo. Buscar no consiste únicamente en dar con el paradero de una persona. También significa devolver visibilidad a historias que durante años permanecieron ocultas y reconocer que detrás de cada desaparición existe una vida, una historia y una identidad.
Esa reflexión cobró un significado especial durante la conmemoración del Orgullo LGBTIQ+ en Neiva. Desde la UBPD decidimos participar en la marcha y recorrer las calles, donde cada conversación con la ciudadanía se convirtió en un espacio de escucha y pedagogía para visibilizar una realidad poco conocida: en el marco del conflicto armado colombiano también desaparecieron personas pertenecientes a los sectores LGBTIQ+. Para muchas personas era la primera vez que escuchaban sobre esta realidad y comprendían que la desaparición estuvo atravesada por violencias basadas en prejuicios.
Durante décadas, distintos actores armados no solo disputaron territorios o ejercieron control mediante las armas. También intentaron imponer modelos sobre cómo debían vivir las personas, cómo debían expresar su identidad, cómo debían relacionarse y qué formas de existencia eran aceptables. Quienes desafiaban esos órdenes fueron estigmatizados, perseguidos y, en muchos casos, desaparecidos, desaparecides. La desaparición se convirtió así en un mecanismo de control social para sembrar miedo, imponer silencio y eliminar vidas que algunos consideraban incompatibles con el orden que pretendían establecer.
Una de esas vidas fue la de Katerin Noriega, una mujer trans desaparecida en Neiva el 29 de junio de 2004, durante la temporada de San Pedro.
Su desaparición ocurrió en uno de los momentos más difíciles del conflicto armado en el departamento. Era una época en la que distintos actores armados ejercían un fuerte control sobre amplios sectores del territorio y pretendían regular aspectos de la vida cotidiana que nunca debieron estar sujetos a la violencia: la manera de vestir, de relacionarse, de habitar el espacio público o de construir una identidad.
Katerin salió a trabajar, como tantas otras noches, y nunca regresó. Tal vez esa sea una de las frases más dolorosas que puede contener una historia de desaparición. Porque una desaparición no interrumpe únicamente una vida; también deja conversaciones inconclusas, abrazos pendientes, celebraciones que nunca volverán a ser las mismas y personas que, años después, continúan preguntándose qué ocurrió.
Como tantas otras familias buscadoras en Colombia, quienes esperaban a Katerin quedaron habitando un tiempo distinto: uno en el que los calendarios avanzan, pero las preguntas permanecen intactas. Esa es la dimensión humana de la desaparición. No solo transforma la vida de quien desaparece; cambia para siempre la existencia de quienes continúan esperando respuestas.
La historia de Katerin no es un hecho aislado. Hoy la UBPD registra 136.010 personas dadas por desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado. En el Registro de Solicitudes de Búsqueda existen 51 casos correspondientes a personas de los sectores LGBTIQ+. Sin embargo, estas cifras probablemente no alcanzan a reflejar toda la dimensión de lo ocurrido, pues el miedo, la discriminación y el estigma hicieron que muchas historias nunca fueran contadas.
En el Huila aún buscamos a 1.733 personas desaparecidas. Entre esas historias también hay personas de los sectores LGBTIQ+, cuyas vidas estuvieron atravesadas por violencias motivadas por prejuicios. Cada una de esas historias nos recuerda que ninguna persona debería desaparecer de la memoria colectiva.
Historias como la de Katerin han transformado la manera en que entendemos la búsqueda. La experiencia nos ha enseñado que buscar a una persona también implica reconstruir su historia y reconocer la identidad con la que decidió vivir. Saber cómo quería ser nombrada, quiénes conformaban su familia elegida, cuáles eran sus afectos, sus lugares cotidianos y quiénes continúan esperándola puede convertirse en una pieza fundamental para avanzar en su búsqueda.
Por eso la búsqueda incorpora un enfoque diferencial y de género. Es, sobre todo, una forma de reconocer que todas las personas tienen derecho a ser buscadas respetando la vida que construyeron y la identidad con la que decidieron habitar el mundo. Buscar con este enfoque significa comprender que la verdad sobre una persona no se encuentra únicamente en los archivos; también vive en los recuerdos de quienes compartieron su vida.
Entre las voces que recorrieron las calles hubo consignas que hablaban de dignidad, igualdad y reconocimiento. Hubo una que sentimos profundamente nuestra: nunca más un hombre gay desaparecido; nunca más una mujer lesbiana desaparecida; nunca más una persona bisexual desaparecida; nunca más una persona trans desaparecida. Nunca más una desaparición. Ninguna persona puede convertirse en objetivo de violencia por su identidad, por su orientación sexual, por la manera en que ejerce su libertad o por desafiar los prejuicios que otros intentan imponer.
La desaparición intentó borrar personas, romper vínculos y dejar únicamente silencio. La búsqueda hace exactamente lo contrario: devuelve nombres donde hubo anonimato, reconstruye historias donde otros intentaron dejar vacío y reafirma la dignidad de vidas que nunca debieron ser reducidas a una cifra.
Por eso hoy rendimos homenaje a la identidad de las ausencias. Porque las ausencias tienen un nombre que sigue siendo pronunciado y personas que continúan esperando. Quizá esa sea una de las lecciones más profundas de nuestra labor: comprender que una persona nunca puede resumirse al hecho de haber desaparecido.
Hacemos un llamado a quienes buscan a sus seres queridos desaparecidos en el contexto y en razón del conflicto armado, ocurridos antes del 1 de diciembre de 2016, y a quienes tengan información que pueda contribuir a su paradero, para que se comuniquen a la línea nacional 316 278 3918 o a la línea del GITT Huila 316 017 4564. La información será tratada con confidencialidad y utilizada exclusivamente con fines humanitarios.
Buscar es negarse a aceptar que el silencio tenga la última palabra. Mientras exista alguien que continúe preguntando dónde está una persona desaparecida, su ausencia seguirá teniendo identidad, nombre y memoria.
Sobre el autor…

Diego Fernando Sevilla Cortés es abogado de la Universidad Santo Tomás, con especialización en Pedagogía con énfasis en Educación Popular de la Universidad Pedagógica de Colombia. Actualmente se desempeña como coordinador del Grupo Interno de Trabajo Territorial Huila de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), desde donde lidera las acciones humanitarias orientadas a la búsqueda de personas dadas por desaparecidas en el marco del conflicto armado.
A lo largo de su trayectoria profesional ha trabajado en diferentes entidades del Estado colombiano, entre ellas el Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC), el Departamento para la Prosperidad Social y la Unidad para las Víctimas, experiencias que le han permitido fortalecer su conocimiento sobre la gestión pública, los derechos humanos y la atención a poblaciones vulnerables.
En su labor institucional se identifica profundamente con el valor de la empatía, que considera la base del trabajo humanitario. Para Sevilla Cortés, la empatía permite escuchar con respeto a las personas buscadoras, comprender sus realidades y reconocer sus dolores, expectativas y luchas. Desde esta perspectiva promueve un liderazgo cercano, conciliador y humano, enfocado en la construcción de alianzas, la resolución de conflictos y el fortalecimiento de la presencia institucional en territorios complejos, poniendo siempre en el centro la dignidad de las personas.
