Cuadro oficial del presidente Gustavo Petro en la Casa de Nariño. Publicado en la cuenta oficial de X del mandatario.

El pasado 21 de junio Colombia se sumó al grupo de países que en el último bienio han girado a la derecha en Latinoamérica. El candidato outsider Abelardo De La Espriella se convirtió en presidente de la república y asumirá el poder por los siguientes cuatro años el 7 de agosto próximo. 

Más allá de analizar una cuestionada campaña de la izquierda, que lanzó al senador del Pacto Histórico, Iván Cepeda, o de estudiar el impacto de las redes sociales y los discursos simples en la nueva era, es mi deseo centrar los ojos en el gobierno que se va y comprender que llevó al fracaso de la primera apuesta de izquierda en la historia contemporánea de Colombia.

Un “Aureliano” perdido en su palacio

El coronel Aureliano Buendía es uno de los personajes icónicos del único premio Nobel de Literatura colombiano, Gabriel García Márquez. El revolucionario hijo de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán que se fue a combatir contra los gobiernos conservadores y sobre quien su madre reflexionaba: “Vislumbró que no había hecho tantas guerras por idealismo como todo el mundo creía, ni había renunciado por cansancio a la victoria inminente, como todo el mundo creía, sino que había ganado y perdido por el mismo motivo, por pura y pecaminosa soberbia”. En dos calificativos: incapaz de amar y soberbio.

Es paradójico trazar un perfil del personaje de fantasía que se convirtió en espejo del mandatario colombiano saliente. Gustavo Petro convirtió al coronel Buendía en una especie de ícono constante y referente propio, en parte porque se sabe que era el alias que el hoy mandatario usó en su paso por la guerrilla del M-19. Tampoco deja de llamar la atención que, así como el militar macondiano terminó sus días haciendo y rehaciendo pescaditos de oro en la soledad de su taller, al igual que absorto de la vida familiar, el presidente saliente haya terminado de forma similar: encerrado en su soledad posteando de madrugada conspiraciones hilarantes y denuncias de fraude que pocos respaldan. En palabras de una periodista reconocida: incapaz y soberbio. 

Gustavo Petro Urrego, un experimentado político que había pasado de la clandestinidad a la vida política siendo concejal, representante a la Cámara, senador y alcalde mayor de Bogotá, alcanzó la presidencia de Colombia en junio de 2022 enfrentándose con el fallecido exalcalde de Bucaramanga, Rodolfo Hernández. Era un hecho realmente histórico: Petro era el primer presidente con un proyecto abiertamente disruptivo desde 1934, cuando Alfonso López Pumarejo llegó al poder por primera vez. Lideraba la propuesta de izquierda más sólida en un país históricamente gobernado por élites de unas pocas familias, la mayoría de ellas afincadas en Bogotá.

Tan pronto se posesionó, instaló un gabinete que incluía tecnócratas experimentados de centro, activistas respetados en el ámbito de la izquierda y nuevos referentes en sus campos que auguraban un buen gobierno. Sin embargo, la concordia duró poco: apenas un par de meses después se rompió la coalición de gobierno ante fracturas ideológicas en el contenido de las reformas sociales que impulsaba el gobierno. Tras esto, lo que vino fue una sucesión interminable de ministros sin parangón en la historia política reciente del país (ver gráfica). Muchos de ellos fueron despedidos intempestivamente y en malos términos, lo que conllevaba a que las semanas siguientes las mesas de análisis de las radios matutinas narraran con especial embeleso las rupturas internas del poder.

Número de titulares de cartera por periodo presidencial. Nota: Los gobiernos de Uribe y Santos se dividen en dos por transparencia estadística. Fuente: Elaboración del autor.

¿Estaban los medios tradicionales en una campaña abierta contra el gobierno? Sí. Por lo menos mayoritariamente. Debemos aceptarlo. Sin embargo, no tuvieron que esforzarse demasiado. Periódicamente el gobierno brindaba argumentos y temas. Escándalos de corrupción y conflictos de intereses que involucraron al hijo y al hermano del mandatario. Lo anterior se sumó a una serie de decisiones institucionales en torno a la transmisión en cadena nacional de los Consejos de Ministros: eternos concilios que no tenían que envidiar a series de moda y que incluían funcionarios evitando el sueño, acusaciones, grandes soliloquios que hablaban de lo divino y lo humano, pero en pocas ocasiones trataban temas eminentemente técnicos.

Ahora bien, hay otros temas que vale la pena estudiar. Petro se rindió al mismo hechizo que posee a la historia republicana de Colombia: el fetiche legislativo. Mientras otros mandatarios de izquierda en Latinoamérica inauguraron sus ciclos de poder con inversiones en infraestructura, grandes despliegues de acción social directa del Estado o apostando al pago de la deuda externa, desde el primer minuto el gobierno Petro se obsesionó con tres grandes reformas legislativas: sanitaria, pensional y laboral. Para ello no dudó en transar con los partidos políticos, otorgándoles burocracia y un poder creciente que fue minando carteras estratégicas donde el gobierno deja pocos resultados.

El gobierno dedicó cuatro años a cabalgar en una serie de reformas de las cuales solo pudo sacar adelante la laboral, al momento de escribir esta columna la reforma a la salud se encuentra hundida en el Congreso y la reforma pensional se encuentra pendiente de la evaluación por parte de la Corte Constitucional. 

Al desfile interminable de ministros se sumó una ruptura profunda entre Petro y la vicepresidenta Francia Márquez. El gran proyecto de la líder afrocolombiana, el Ministerio de la Igualdad, fracasó estrepitosamente por una serie de fallos administrativos que provocaron su cierre; lo que conllevó a una crisis de funcionamiento y a ninguna política real perdurable en el tiempo. 

Mientras tanto, en un país profundamente violento y lleno de mitos que pueblan su idiosincrasia —por ejemplo, el ser portadores del español mejor hablado del mundo—, el mandatario decidió convertir su discurso en una especie de conjuro mágico que acompañase su soledad. Largos monólogos que no llegaban a ninguna parte, un perfil en X que se convirtió en muro de lamentaciones de un hombre que gobernaba poco, pero que hablaba y escribía mucho, fueron creando una realidad alternativa donde el mandatario era amado y respetado por una inmensa mayoría que confiaba en el porvenir de su proyecto de nación.

Mientras las mariposas amarillas, la matemática cuántica, la guerra a muerte y los sueños del libertador poblaban publicaciones de redes sociales y largas noches de consejos de ministros transmitidos por televisión, una profunda inconformidad se acumulaba en las promesas que nunca se materializaron: la política de negociación de paz con grupos armados resultó ser un fracaso, el tren elevado bioceánico nunca salió del post de X y los escándalos personales y choques institucionales del mandatario crearon el preludio para la llegada de una nueva derecha al poder.

El sucesor como chivo expiatorio

La oposición obtuvo casi la mitad de los votos válidos. Ahora bien, es claro que la izquierda se ha consolidado en Colombia y está lejos de volver a ser una fuerza marginal como en los tiempos del bipartidismo. Con todo,  culpar totalmente de la pérdida al candidato Iván Cepeda es obviar que una elección democrática también representa un referéndum del éxito del gobierno saliente. El petrismo no perdió por 250.000 votos. Una mirada más amplia implica entender el voto en blanco, constituido por muchos votantes de tercerías que no se sintieron convocados a una unión excepcional tras casi un cuatrienio de divisiones y discursos de fragmentación. Y, por supuesto, también implica analizar el amplio porcentaje de abstencionismo (que aunque ha descendido sigue siendo alto en un país que se ufana de ser la democracia más antigua de Latinoamérica). El soliloquio eterno fue incapaz de enamorar a una población con bajo involucramiento político y con preocupaciones en materia de seguridad y en el plano económico.

Probablemente, haya mucho que decir sobre los errores de la campaña de Cepeda. Sin embargo, más allá de analizar una campaña que ya concluyó valdría la pena mirar hacia el sur y encontrar paralelismos. Si en Argentina Javier Milei permanece fuerte, pese a la crisis económica, se debe precisamente a la incapacidad de la izquierda para la autocrítica: mientras buena parte de la oposición persista en creer en el hechizo kirchnerista, alegar persecuciones y apedrear a cualquier figura emergente conllevará a que, muy seguramente, deban acostumbrarse a ser oposición.

Si la izquierda colombiana pretende erigir a Gustavo Petro como el gran referente de sus ideas ignorando su misoginia, la ausencia de políticas públicas para las comunidades diversas y su incapacidad para condenar a los totalitarismos de izquierda, quizá lo mejor es que se acostumbre a tener un destino triste: permanecer encerrados en un taller forjando pescaditos de oro para luego volverlos a fundir y volver a empezar. 

Un comentario sobre “Los errores de Petro”

  1. Es un buen análisis, la izquierda colombiana tiene que reinventarse; ejercer más la autocrítica y ser capaz de proponer soluciones concretas a las necesidades del país, y no quedarse solo en el discurso. Gustavo Petro no debería tomar la batuta, hay otros dirigentes mucho más preparados para hacerlo.

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