Religiosa entregando insumos en Playa Grande, La Guaira. Fotografía cortesía del fotógrafo y periodista guairista Carlos Marcano.

Por: Marta Sedes Von Dehn.

Demoré cinco días y medio para comenzar a escribir esto y otro montón de tiempo en terminarlo. Me ha costado mucho poner “negro sobre blanco”. Extraño en mí, porque escribir siempre ha sido uno de mis mejores recursos terapéuticos cada vez que las emociones se me alborotan para arriba o para abajo.

Pero esta vez las palabras no quieren pasar a través de mis dedos.  Me persiguen y ensordecen, sí, como una rumiación, mientras intento hacer cualquier cosa: ducharme, rezar, limpiar la caja de Boy, deambular como un zombie por la casa identificando vigas y lugares “seguros”, echarle Pride al piso de parquet… Pero cuando me siento frente a la página de Word, blank. Nada. En estos momentos desearía que fuera real aquella máquina de escribir telepática que construyó Roberta Anderson, con la cual creó su mejor novela mientras excavaba en la tierra [1].

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Lo que me ha quedado más claro que nunca, en términos introspectivos, es que no debemos dar por sentada nuestra vida. En una fracción de segundo, el mundo se te pone patas arriba, sin aviso y sin protesto, y sanseacabó. Ya eso lo había experimentado hace tres años, cuando un mosquito perverso me apagó momentáneamente la luz. Pero esta vez el mensaje ha sido más contundente. En un momento estás de lo más tranquilo minding your own business, y al siguiente puedes estar rindiéndole cuentas a Papá Dios. En un chasquido.

Las primeras señales, en aquellos segundos iniciales, me activaron ese mordisco en el estómago que, lamentablemente, conozco bien. En el mismo orden de siempre, siguen las nalgas que perciben la vibración, y luego la sensación de mareo. Generalmente, y así ha sido en los últimos veintitantos años, la cosa llega hasta ahí, y acto seguido me dedico a procesar el susto. Los venezolanos, y particularmente los caraqueños, sabemos que vivimos sobre arenas movedizas. Quienes recordamos el terremoto de 1967 ––que ahora parece un cachorrito telúrico–– compartimos este pavor a los movimientos sísmicos que, para nuestro desasosiego, suceden con enervante frecuencia en esta ciudad. En los últimos 59 años, gracias a Dios, habían ocurrido sin mayores consecuencias, incluyendo uno nocturno hace tres semanas, el cual me recordó que, desde hacía cierto tiempo, ya se hablaba de que el período de retorno de la falla de San Sebastián estaba por expirar. En dos platos: estábamos en una incierta cuenta regresiva.

Pero esta vez, junto con el mareo comenzó el rugido ––nunca he estado segura si es la tierra que gruñe o las estructuras que se lamentan–– y esa danza loca de paredes, piso y techos ondulantes. ¿Quién imaginaría que el sólido refugio que se supone es nuestro hogar, puede de pronto transformarse en una masa serpenteante?

De inmediato entendí que uno de mis mayores terrores estaba ocurriendo. Abracé fuerte a Boy ––quien, de todas maneras, se me escurrió de entre los brazos–– y me arrodillé frente a la poltrona. Mi cerebro comenzó a funcionar en distintos frentes: una secuencia apresurada e ininterrumpida de Padrenuestros salía por mi boca; la percepción, totalmente descontrolada, mientras pedía con fuerza que las sacudidas pararan ya; con la mano izquierda, mandé un mensaje por Whatsapp: “Está temblando horrible”, convencida de que el edificio se iba a caer y allí me iba a morir. No tenía miedo a que eso pasara sino a no poder despedirme. Atendí la llamada inmediata, y mientras explicaba lo que estaba pasando sentí que el sismo comenzaba a ceder (ilusa yo)… E instantes después, para mi incredulidad, volvía a arremeter con mucha más fuerza, mientras mi boca, ¿o mi mente?, seguían balbuceando una sucesión de oraciones y una cadena de nononoporfavorporfavorporfavor.

A la luz de hoy, tengo prístinamente claro que Dios estuvo ahí conmigo. Que me escuchó y protegió. No me cabe la menor duda. Y sí, sentí temor, pero no a morir. Ciertamente, durante todo el temblor, acepté la idea con serenidad. No me da miedo verle la cara a Dios.

Más tarde, cuando revisé el teléfono, vi que había quedado un mensaje en draft: “Si me pasa algo, te quiero.”

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Nunca he sido una persona que se deje dominar por las emociones. Tras el sacudón y darme cuenta de que el edificio no se cayó y que no me morí (DIOSITO GRACIAS, DIOSITO GRACIAS, DIOSITO GRACIAS), las fallas nerviosas ––que no tectónicas–– de mi cuerpo se volvieron gelatina. Esa sensación permanece hasta hoy. Ubiqué a Boy, resguardado en uno de sus refugios, y comencé a cerrar las puertas de closets y gabinetes que se habían abierto; levanté el único portarretratos que se volcó sobre el piano, mientras todavía se balanceaban las lámparas de la sala, y recogí la única rotura a reportar, una de mis virgencitas de Guadalupe que se cayó al suelo y se despegó de su base de madera.

Mi mente comenzó a razonar: “Okey Martica, fue un terremoto; ya pasó, estás bien, van a venir réplicas (no pienses en lo de México, no pienses en lo de México, no pienses en lo de México…). Ahora hay cosas que atender. Mandar a inspeccionar el edificio y los ascensores. Conectar y reportarte con la gente querida: familia, guadalupanas, parroquia, vecinos.” Pero, la verdad, con cada inspiración se me doblaban las rodillas.

Absolutamente todas las personas con las que he hablado coinciden en que el monstruo fue eterno. Según mi querido y nuevo BFF, Gemini, la sumatoria de la sacudida principal en Caracas tuvo una duración aproximada de entre un minuto y medio y dos minutos de movimiento continuo perceptible, aunque algunos posts en redes sociales aseguran que llegó a los tres minutos. Un poco más tarde, supimos que no había sido uno sino dos los terremotos. Y la IA me ayudó a entender por qué esa percepción de que nunca terminaba. Como todas las cosas que ocurren en este país, esto no podía ser sencillito. El primer temblor, con magnitud 7.2, generó una frecuencia de choque inicial cuyas ondas sísmicas tardaron cerca de un minuto en disiparse. Con apenas 39 segundos de diferencia, inició un segundo sismo, con epicentro diferente, de modo que mientras aún se movía el suelo a causa de las ondas del primero, se disparó el segundo. Éste fue mucho más potente, 7.5, y reactivó e intensificó con violencia el movimiento del suelo. Por eso no se percibieron dos temblores separados con una pausa en el medio sino un único e in-ter-mi-na-ble terremoto, que se fue haciendo más fuerte y destructivo a medida que pasaban los segundos. Lo llaman “doblete sísmico”, término que hoy he comenzado a odiar.

Como quiera que sea, lo que recuerdo con mayor nitidez es un indetenible loop de PadrenuestroqueestásenelCielosantificadoseatunombrevengaanosotrostuReinohágasetuvoluntadenlaTierracomoenelCielodanoshoynuestropandecadadíayperdonanuestrasofensasasícomonosotrosperdonamosalosquenosofendennonosdejescaerenlatentaciónylíbranosdelmalamén… Esta oración se me detona de manera automática al más mínimo estímulo, y es parte esencial de mi kit de primeros auxilios. ¿Cuántas veces la repetí mientras arremetían los gemelos argamedónicos?

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Escribo en desorden. A borbotones, tal como se está comportando mi cerebro estos días. De a ratos me siento como si fuera un sueño, y de pronto caigo en cuenta de que estoy intacta, y lo que me rodea también. Y me ataca la culpa.

Miles de personas perdieron la vida, y muchísimos más todo menos el aire en sus pulmones. Pienso en Lucas[2], flaquito y chiquitico, de ocho años, que lleva diez días atrapado sabe Dios en qué recoveco de ese edificio en el cual se suponía que gozaría un puyero el día festivo. Pienso en Thais y su esposo, que bajaron a la playa y nunca volverán. Pienso en Katty, bendita sea, que se quedó sin casa, pero preservó su vida. Lo más doloroso, pienso en el número incierto de personas que todavía palpitan debajo de toneladas de traicioneros escombros. Y en la larguísima procesión de almas de inocentes niñitos que va rumbo al Cielo. Y entonces, se me apaga el chip de agradecer y se me activa el de preguntar. ¿Por qué ellos? ¿Por qué no yo, que ya viví?

Obsesionada con las noticias, con el dolor. Consumo redes sociales como un adicto, entre estallidos de llanto y colapsos de abulia. No me creo nada, salvo lo que reportan en vivo periodistas como Román o Isnardo; y me lo creo todo cada vez que veo gente escarbando con las manos entre los escombros, sin ayuda del régimen. El desprecio visceral por los criminales que gobiernan el país a como dé lugar y quienes han demostrado que les vale nada la vida de la gente me pica en los ojos como agua salada. ¿Hasta cuándo, Señor?

La vida continúa, como si le hubieran dado un bofetón. Mientras, yo ando con el rosario y el celular colgados al cuello, como si fueran chalecos salvavidas.

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Cuando recibí el video del caimán que apareció esta semana en La Lagunita, a cinco minutos de mi casa, lo primero que le dije a Miguel, “Pana, ¡pero es que vivimos en Jumanji!” Por esas cosas maravillosas, como el subconsciente colectivo, son muchos los que han usado versiones de la misma expresión. Este es el país en el cual cualquier horror puede ocurrir y ya nadie se inmuta. Este es Jumanji, y todavía no han salido los elefantes.

La verdad es que los venezolanos parecemos estar hechos con nervios como cabillas de acero, viviendo sobre un país hecho en piel de zapa[3]. De nada, nadita de nada, sirven las bellezas naturales y los aparentemente inacabables recursos mineros. Este “desierto, selva, nieve y volcán” parece víctima de un maleficio, que permite que ocurran cosas horrorosas. Y no me refiero sólo a los gemelos telúricos.

Vivir en Venezuela es vivir en un duelo permanente. Vivir en Venezuela duele. Anda rodando un meme por las redes de alguien, evidentemente muy joven, que hace cuenta de los eventos desde la llegada de Chávez al poder. Con el mismo espíritu de mi reflexión, rememora desde el deslave de 1999 y los sangrientos eventos de 2017, hasta la extracción de Maduro el pasado 3 de enero. Se queda corto. Los que sumamos un poco más ––y que padecemos de memoria indeleble–– recordamos los ataques de los guerrilleros comunistas; el terremoto de 1967; la inclemente inseguridad que se desató a partir de los setenta para convertirse en nuestro día a día hasta hoy; los secuestros en todas sus modalidades; las balaceras cotidianas; las protestas semanales de falsos estudiantes y sus enfrentamientos con la policía, que por años mantuvieron en vilo a Caracas; el sangriento “caracazo”, el cual me consta que no fue espontáneo sino fríamente organizado y coordinado, entre otras por algunas personas que conocí y cuyo paradero actual, afortunadamente, desconozco; los carros bomba; dos intentos de golpe de estado; lustros de represión, inflación, empobrecimiento, carencias, colas para conseguir un litro de leche. Deslaves y sismos, cuyos destrozos podrían haberse evitado. Y demasiadas despedidas. Demasiados amigos asesinados, presos, enfermos sin tratamiento. Y todos los afectos emigrados.

En este país, la tragedia es un modo de vida. Vivir en Venezuela duele.

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Nota de la dirección: La tragedia en Venezuela continúa. Si estás interesado en ayudar, busca al Banco Diocesano de Alimentos o a la seccional de la Cruz Roja más cercana a tu vivienda. La solidaridad nos salva. 


[1] STEPHEN KING, The Tommyknockers (1987)

[2] El cuerpito de Lucas, fue recuperado el 8 de julio de 2026.

[3] HONORÉ DE BALZAC, La Piel de Zapa, 1831.

Este artículo se publicó por primera vez en el blog personal de la autora. 

Sobre la autora…

Marta Sedes Von Dehn es Licenciada en Comunicación Social, Magíster en Relaciones Internacionales y diplomada en Geopolítica.

Católica inquebrantable, amante de los animales, la literatura y los medios audiovisuales, habita el mundo con curiosidad. Para ella, escribir de manera independiente le permite dar rienda suelta a su mala maña de opinar ––la mayoría de veces a contracorriente––, a través de crónicas, memorias, ficción y poesía. Su fascinación por la palabra se consolidó a lo largo de más de cuarenta años como periodista, periodo que incluye dos décadas como directora de prestigiosas revistas venezolanas, además de colaboradora en diversos medios y asesora de comunicaciones, mercadeo y publicidad para numerosas empresas internacionales.

Para Marta el pensamiento crítico no es opcional sino un ejercicio diario irrenunciable de libertad intelectual.

Sobre las imágenes

Las fotos de este artículo son cortesía del fotógrafo y periodista guairista Carlos Marcano. 

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