
Segunda Parte
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A pesar de que el panorama es dolorosamente desalentador, Colombia siempre encuentra sus formas de dar alegrías. Un ejemplo claro de esto fue la movilización inusitada de personas de toda índole alrededor de la campaña por la vida, la soberanía, la dignidad y el reconocimiento de lo plural que planteó la candidatura de Iván Cepeda. Si desde una esfera un individuo apeló a los más desagradables rasgos de la humanidad y la individualidad, en la otra orilla las colectividades mostraron una cara de Colombia que había permanecido oculta por el miedo a la marginalización y el exterminio. Los días que pasaron entre el 31 de mayo y el 21 de junio estuvieron cargados de una animosidad sin precedentes. En mi opinión, este movimiento orgánico, que se tejió alrededor de organizaciones sociales, artistas, juventudes, docentes, estudiantes, mujeres, indígenas, afros, influenciadores, periodistas y gente sin pertenencias específicas a sectores políticos consolidó la campaña más bonita en la historia de este país.
Si antes me detuve ampliamente en lo malo, ahora quisiera concentrarme en lo bueno, en lo que nos dejó este entusiasmo colectivo que, a pesar de la realidad que estamos encarando, no se siente del todo como una derrota. Volviendo a la discusión sobre la humanidad y la empatía, considero importante resaltar que, aunque es evidente que los discursos de odio siguen vigentes en nuestras formas de actuar políticamente, el primer gobierno de izquierda en la historia de esta nación construyó algo que nunca antes había podido visibilizarse porque siempre lo escondían detrás de la cortina de igualar el deseo de justicia social y prosperidad para el pueblo con insurgencia: la posibilidad de pensar en un bienestar público y una incidencia social en lo político.
Esto, por supuesto, no le pertenece ni a Gustavo Petro ni a Iván Cepeda —que es lo que lo hace más bello—, es más bien de todos y todas. Por eso, aun sin conocernos, comenzamos a conectarnos de manera independiente y a idear desde el apoyo mutuo cómo hacerle frente al fascismo. En todo este escenario considero que existió un factor común que no debe pormenorizarse y que me parece que debe ser el sostén frente a esta oleada aterradora de líderes que buscan destruir la democracia: comenzar a pensar la empatía como un eje revolucionario.
Entiendo que esa afirmación que acabo de lanzar puede sonar simplista, pero no lo es. Una empatía radical implicar reflexionar sobre muchas cuestiones que están enraizadas en las maneras como nos enseñan a aprehender el mundo. Así, requiere de destruir este sistema de anhelos que nos llevan a pensar en el bien individual a costa de todo; de cuestionar los sistemas epistémicos que nos hacen creer que un graduado de Harvard, por el simple hecho de contar con un título, tiene mayores facultades que una mujer que, desde su etnia, su raza y su cosmovisión, ha acompañado las luchas indígenas que, entre otras cosas, han detenido la degradación de nuestros ecosistemas; también involucra ver al otro desde la comprensión y no desde el miedo y la rabia, esto sin caer en la torpeza de argumentar que toda opinión es válida. La empatía radical, en últimas, consiste en ahondar en nuestra condición humana, apropiarnos de ella, entender sus complejidades e irradiarla hacia otros seres que, sin tener la cualidad humana, también merecen nuestro cariño y nuestro respeto.
He venido escribiendo este texto de una forma que, ahora que lo releo para terminarlo, parece fragmentada y tal vez un poco desordenada. Como lo he sostenido, estas palabras están enmarcadas en una situación muy específica por la cual estoy transitando y, de alguna manera, me están sirviendo como vehículo para navegarla y entenderme a mí misma dentro de esta angustia. Ahora, justamente mientras pensaba cómo continuar —porque escribir siempre tiene momentos de silencios angustiosos frente al papel—, me sorprendí a mí misma dándome cuenta de que me fluyó mucho hablar de todo lo malo, pero ahora que quiero concentrarme en el “lado amable de la situación” -, me es más complejo organizar un hilo argumentativo que exponga mis sentires al respecto. Tal vez eso también habla un poco de la desesperanza y la tristeza con la que inicialmente me decidí a escribir esto.
Así, regresando sobre el núcleo central de la reflexión, aunque no todo debe ser entendido como una pedagogía para algo, me parece innegable que, en medio de la preocupación, a veces aparecen destellos de luz sobre el futuro que nos espera como especie. Creo que la movilización que se vio durante las dos semanas que precedieron a la segunda vuelta electoral también nos habla de los replanteamientos que se está haciendo un sector de la sociedad. Me parece evidente que, si bien medio país votó por destripar a la otra mitad, casi 13 millones de personas estuvieron de acuerdo en que la patria es mucho más que unos símbolos y un territorio compartido. En este escenario, lo que he venido sosteniendo como la empatía radical, permitió que en centros urbanos se hicieran colectas para que las personas en resguardos y veredas alejadas, donde no llegan vías ni transporte masivo, pudieran emprender viajes que muchas veces superaron las 5 horas para ejercer su derecho al voto. Nunca en Colombia se había visto un movimiento tan masivo —y tan pacífico— a favor de la democracia de quien normalmente no opina cuando de elegir mandatario se trata.
Sin embargo, tampoco quiero caer en la inocencia: hoy 31 de julio, a ocho días de la posesión de Abelardo de La Espriella, hemos venido viendo poco a poco cuál va a ser el tono con el que esta persona busca llegar a gobernar. Sin estar ocupando todavía el cargo, ya sabemos que se propone “lidiar una batalla cultural”. Esto no es más que la instalación de una narrativa hegemónica que esconde bajo el tapete a todas las diversidades (étnicas, sexuales, raciales, etc.), imponiendo una discursiva retardataria donde solo existe una fe posible. Los principios que se plantean dentro de esta narrativa tienen en mente una sociedad uniforme donde las mujeres sueñan con ser mamás y hornear pasteles, mientras los hombres portan una virilidad que los sitúa como líderes amparados por la fuerza y no el diálogo. Así, nombramientos como el de Paola Holguín en el Ministerio de Cultura, una mujer que tiene más experiencia en temas militares y de guerra; o de Vivian Morales, conocida por sus proyectos de ley que buscan retroceder en la normativa vigente sobre el aborto y la adopción homoparental, en el Ministerio de Educación; preocupan por lo que esto puede llegar a significar para la vida de las personas que desentonan con el imaginario que esta gente tiene de nación.
La obligación que tenemos quienes nos sumamos a la campaña más bonita de la historia es no quedarnos en ese entusiasmo. No podemos permitir que esta realidad nos trunque la posibilidad de frenar disposiciones que tienen como finalidad cercenar otras formas de vida distintas a la del marco uniforme que nos quieren hacer pensar que en un mismo país no pueden coexistir formas diversas de entender el progreso, la sostenibilidad, el amor o la identidad. Nuestro norte debe ser la protección de todos los derechos, no de solo aquellos que nos interpelan personalmente.
En últimas, lo que se requiere es que la empatía nos acompañe todos los días y nos sirva de lentes para cuestionar aquello que, aún sin tocarnos, puede dañar al otro. Tratando entonces de regresar sobre la manera como se consolidó está campaña popular por la defensa de un nosotros colectivo, público y empático, pienso que la gran enseñanza que nos deja esto es pensar la empatía como una revolución que resiste a las formas individuales que concebir el mundo. En este escenario, aunque la desesperanza amenace con apoderarse de nosotros, debemos mantener nuestras voces alzadas, recordándonos y recordándole al gobierno electo que un país lo hace su pueblo, no su mandatario.
