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Por: Andrés Felipe Muñoz Muñoz.

Existe un mantra anestésico que resuena cada cuatro años en los micrófonos de las grandes cadenas deportivas: «No hay que mezclar el fútbol con la política». Frase redactada en los despachos de la FIFA y repetida por directivos, marcas y aficionados que buscan refugio en la ilusión de un juego incólume, puro y desapegado de las tensiones del mundo real. 

Sin embargo, pretender que veintidós “tipos” detrás de un balón operan en un vacío ideológico no solo es una ingenuidad histórica, sino un ejercicio de ceguera voluntaria. Como señala Eduardo Galeano en su obra Futbol a Sol y Sombra, “el fútbol se parece al país en que se juega, y por eso refleja las virtudes y los vicios de cada sociedad”. Lo que se señala anteriormente es tajante: El fútbol no es un paréntesis de la realidad; es un amplificador de nuestras propias pasiones, luchas y contradicciones humanas.

Para entender esta simbiosis no hace falta acudir a la teoría; basta con mirar los bastidores donde se deciden las sedes mundialistas. El Mundial de 1986 expuso cómo el poder económico y político moldea el deporte: tras la renuncia de Colombia en 1982 por las exigencias desmedidas de la FIFA, el torneo se reasignó a México. Esta elección sin precedentes —que convirtió a México en el primer país en albergar dos mundiales sin proceso abierto— fue impulsada por las alianzas corporativas de Televisa y el peso político de su directivo Guillermo Cañedo ante João Havelange.

Años después, esa misma federación mexicana probó el lado severo de la burocracia del fútbol. El escándalo de «Los Cachirules» en 1988 —donde se adulteraron las edades de jugadores juveniles— derivó en un veto implacable de la FIFA que dejó a México fuera de los juegos olímpicos de Seúl 1988 y el mundial de Italia 1990. El episodio evidenció que las cúpulas deportivas no aplican una justicia neutral, sino un poder disciplinario que alterna favores y castigos según sus propios convenios.

Aun así, fue precisamente en esos estadios mexicanos de 1986 donde estalló la épica de Diego Armando Maradona frente a Inglaterra. Ese triunfo argentino no ocurrió en el vacío: sucedió a cuatro años de la trágica Guerra de las Malvinas. Al regatear a media defensa británica, Maradona no necesitó redactar un manifiesto ideológico; su juego fue una vindicación popular. Como él mismo sintetizó en sus memorias publicadas en el año 2000 bajo el título Yo soy el Diego de la gente: “Era como ganarle a un país, no a un equipo de fútbol, era como si le hubiéramos ganado a los tipos que habían matado a los pibes nuestros”.

Pero la política en el fútbol no pertenece solo a la geopolítica de los Estados; reside también en la parte más íntima y vulnerable del deportista: su salud física y mental, a menudo sacrificada en nombre del gran negocio de los patrocinadores. Pocos episodios retratan de manera tan cruda esta tensión como lo ocurrido en la final del Mundial de Francia 1998. Horas antes de disputar el título contra el país anfitrión, la estrella brasileña Ronaldo Nazário sufrió una severa crisis médica y convulsiones en su habitación de hotel debido al colapso por la inmensa presión mediática y el cansancio acumulado.

A pesar de ser trasladado de urgencia a un hospital y no figurar inicialmente en la alineación oficial, Ronaldo terminó saltando al césped de Saint-Denis. Las especulaciones y testimonios posteriores sobre los acuerdos comerciales multimillonarios que involucraban a las marcas patrocinadoras de la selección brasileña evidenciaron cómo un joven atleta de apenas 21 años fue expuesto a un riesgo vital. Desorientado y disminuido, el «Fenómeno» fue la sombra de sí mismo en el campo. 

Su presencia forzada demostró que en el fútbol profesional los atletas son tratados frecuentemente como piezas de engranaje publicitario antes que como seres humanos. Como analiza Giulianotti, las corporaciones y los entes rectores del deporte suelen escudarse tras un discurso de entretenimiento familiar para enmascarar dinámicas de explotación comercial e intereses de poder profundamente desiguales.

La FIFA posa siempre de ser un ente impoluto, pero como viene ocurriendo en los mundiales recientes, siempre deja algo de que hablar y siembra un manto de dudas respecto a cómo opera. El reciente mundial que terminó tuvo un capítulo inédito e insólito. Tras la expulsión del goleador estadounidense Folarin Balogun frente a Bosnia-Herzegovina, el presidente Donald Trump llamó directamente al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, para exigir una revisión de la sanción. De manera extraordinaria, el organismo disciplinario decidió suspender la sanción del delantero a través de una probatoria, permitiéndole disputar los octavos de final. ¿Puede sostenerse que el fútbol es un ente autónomo e incorruptible cuando una llamada telefónica desde la Casa Blanca es capaz de torcer el reglamento disciplinario de su máxima cita orbital?

Por fortuna, el balón no siempre está en el campo de la FIFA. Cuando dicha entidad  intentó silenciar las protestas, surgieron respuestas colectivas de resistencia: desde la Selección de Irán negándose a cantar su himno en apoyo a las mujeres de su nación, hasta la postura firme de jugadores como Kylian Mbappé al instar a la juventud a votar contra los discursos de discriminación en las urnas de su país.

Negar la dimensión política del fútbol es intentar despojarlo de su memoria, de sus contradicciones y de su alma. Pretender que los futbolistas sean siervos mudos dedicados únicamente al espectáculo es un despropósito que desconoce su condición de ciudadanos. El fútbol paraliza el planeta no por el simple movimiento de una pelota de cuero, sino porque en cada partido late un reflejo imperfecto, vibrante y apasionado de nuestras propias sociedades. Mientras la sociedad viva bajo tensiones políticas y luchas de poder, cada gol seguirá siendo, en esencia, una declaración de principios.

Referencias

  • Galeano, E. (2010). El fútbol a sol y sombra. Siglo XXI Editores.
  • Giulianotti, R. (2015). Responsabilidad social corporativa y eventos deportivos globales: el caso de la FIFA y la Copa del Mundo. Sociology of Sport Journal, 32(3), 284-304.
  • Maradona, D. A. (2000). Yo soy el Diego de la gente. Editorial Planeta.

Sobre el autor…

Andrés Felipe Muñoz Muñoz.  Politólogo y cientista social. Cree, al igual que Huxley, que hay que ser un poco más amable, incluso cuando se analiza lo que nos divide

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