Humanizar el trato médico-paciente es un propósito para la contemporaneidad. Fuente de la imagen: Freepik.
Humanizar el trato médico es un propósito para la contemporaneidad. Fuente de la imagen: Freepik.

Desperté con mareo.
No reconozco este sitio.
Tengo frío, dolor, hambre.
En mi cabeza, un pitido.
Siento un tubo en mi garganta,
no sé cuál es el motivo.
Intento hablar, no tengo voz.
Con tanta confusión, me aflijo.

Hoy pude ver a mi hija.
Aunque estaba sonriendo,
su mirada era muy triste:
ojos hinchados y llenos
de lágrimas, melancolía,
rabia, angustia y culpa.
Me explicó su decisión,
difícil sin ninguna ayuda.

Después tuve la visita
de mi cirujano. Su cara
calma mostraba confianza,
cálida voz que curaba,
pero no podía ocultar
frustración y amargura.
Con sus manos dibujaba
la larga y difícil lucha
que tuvo en la cirugía.


Mi cáncer era avanzado,
afectaba la laringe.

Adonis tupac ramírez cuéllar

Una mañana de abril recibí un mensaje en mi teléfono, precisamente por WhatsApp. Me informaban de una valoración para una paciente hospitalizada. Después de terminar mi consulta ambulatoria, me dirigí a la clínica a conocer el caso y la paciente.

Se trataba de la señora Ana, una mujer de 60 años, muy elegante y agradable, que hablaba con una voz ronca y dificultad respiratoria. Había sido operada de una tiroidectomía total hace cinco años por un cáncer de tiroides. Sin un seguimiento adecuado, su sitio de atención había desaparecido: la antigua clínica Saludcoop había sido cerrada e intervenida por malos manejos administrativos, dejando a muchos pacientes a la deriva, como le sucedió a ella.

Desde hacía seis meses presentaba cambios en la voz, a lo que no le dio demasiada importancia, hasta que su respiración fue empeorando. No se notaba ninguna masa ni bulto en el cuello, por eso su consulta fue tardía.

La revisé detenidamente. Era notoria su disnea y disfonía. Al examen físico se palpaba una masa no definida al lado derecho del cuello, en contacto con la tráquea, de consistencia pétrea. Revisé su tomografía visualizando un tumor que invadía la tráquea con estenosis de aproximadamente el 80% de la luz traqueal y con una imagen muy cercana a las cuerdas vocales.

Me senté a su lado y le expliqué claramente los hallazgos del examen físico y de la tomografía:

—Tiene nuevamente el tumor, ha vuelto a crecer. Está muy grande y se ha metido dentro de la tráquea, y creo que también ha comprometido el nervio de la voz. Por eso está ronca y no puede respirar bien.

Un breve silencio detuvo el momento.

—¿Qué me tiene que hacer, doctor?

—Hay que operarla nuevamente.

—¿Y cómo es la cirugía? ¿Es grave esto?

—Toca quitarle un pedazo de tráquea y volverla a pegar con puntos. Las cuerdas vocales aparentemente están sin tumor.

Seguimos hablando por un espacio largo, donde pude aclarar muchas dudas y plantear la complejidad del procedimiento quirúrgico.

Tres días después, estaba en el quirófano. Recibí a Ana con un abrazo y le di mucho ánimo. Ella estaba muy tranquila. Inicié la cirugía y encontré lo que esperaba: un gran tumor que involucraba la tráquea a menos de 1 cm de las cuerdas vocales y con un gran segmento de tráquea comprometido. Realizar una reconstrucción de la tráquea era imposible, y en mitad de la cirugía tuve que salir del quirófano para hablar con su hija y contarle la situación. Debía extraerle también la laringe y dejarla sin voz. Necesitaba explicarle a ella y tener su autorización. Tenía un gran sentimiento de desconsuelo y tristeza. Tomar esa decisión fue difícil y pasé un largo tiempo intentando hacer algo diferente, más por terquedad y obstinación.

Hablé con ella, le expliqué el momento crítico que teníamos en el quirófano y que la única salida era retirarle también la laringe. Se puso pálida y lentamente sus ojos se llenaron de lágrimas que fueron lavando sus mejillas.

—¿Cómo voy a tomar esa decisión? ¿Qué le voy a decir a mi mamá?

Lloraba y no lograba articular palabras. A mí me inundaba la tristeza también, pero debía tomar una decisión en conjunto y poder ofrecer lo mejor para Ana. Después de más de 20 minutos de hablar con ella, desahogarnos y tomar la decisión, ingresé nuevamente al quirófano. Tuve que dejar el desconsuelo en la puerta porque aún faltaba mucho por hacer.

Terminamos el procedimiento sin complicaciones y Ana fue llevada a recuperación con una cánula en su traqueostoma y una sonda por la nariz para poder alimentarla por varios días.

Tres horas después hablé con ella y le expliqué lo que había sucedido y las razones por las que tuve que hacerlo. Era de esperarse que su respuesta viniera con llanto y tristeza.

Los primeros días fueron complejos; ella no aceptaba esa amputación, quedarse sin su voz, esa voz que es un signo de identidad, como las huellas digitales. Su herramienta para comunicarse y trabajar. Le conté nuevamente de las posibilidades de rehabilitación, pero era muy escéptica.

Después de nueve días salió de la hospitalización con el estado de ánimo cambiante. Me mantuve en contacto con ella y su hija; le escribía y mandaba notas de voz por WhatsApp. Inició terapia psicológica y pudo retornar a su trabajo como abogada defensora de derechos humanos, donde le permitían comunicarse a través de una aplicación del celular que se llama “Háblame”, que transforma en voz los mensajes de texto que se escriben. Dos meses después, se decidió por usar una laringe electrónica que le permitió trabajar mejor y ser totalmente independiente.

Las contradicciones de la vida: una abogada, mujer sin voz, defendiendo a aquellos que, a pesar de tener voz, casi siempre no son escuchados.

Sobre la imagen: Humanizar el trato médico es un propósito para la contemporaneidad. Fuente de la imagen: Freepik.

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