Escena de Marty Supreme (2025). Tomada de IMDb.

Por: Miguel Solano Jiménez – Autor del blog “El batracio belicoso”

Si Marty quisiera, podría heredar la zapatería de su tío y vivir una vida apacible junto a la mujer que lo ha amado desde siempre; cosas que harían dichoso a un hombre cualquiera.

Pero Marty no es un hombre cualquiera. No quiere las cosas que la vida tiene para darle; está, incluso, dispuesto a perderlas todas. Él anhela aquello que solo pertenece a la estirpe de los grandes hombres, pues son los únicos que se atreven a tomarlas sin permiso.

El problema es que la línea que divide a los grandes hombres de un cualquiera con delirios de grandeza es casi invisible. Lo que me parece fascinante de las historias de éxito es que son exactamente iguales a las historias de fracaso, pero con una distinción fundamental: al final la cosa sale bien.

Marty Supreme me puso a pensar sobre el éxito, el sacrificio y el sentido de todo esto. Lo que me parece fascinante de las historias de éxito es que son exactamente iguales a las historias de fracaso, pero con una distinción fundamental: al final la cosa sale bien.

Es el desenlace victorioso el que resignifica toda la cadena de errores previos y le otorga la razón al ganador. Sin ese cierre, el relato es, simplemente, una tragedia. El que gana deja en ridículo a sus detractores, sin importar que los argumentos de estos hayan sido válidos. Incluso si el vencedor ha sido un imbécil o un perverso, el éxito lo absuelve, lo ennoblece y, lo que es más perturbador, lo hace deseable.

Innumerables historias parten de esta premisa: el hombre de abajo que, mediante esfuerzo e ingenio, escala hasta la cima. Y es que el sacrificio que deriva en recompensa es nuestro anhelo más profundo; no por nada es la piedra angular de ideologías y religiones enteras. En su equivalente religioso el mártir lo entrega todo por su fe y, finalmente, es bendecido por la divinidad misma.

Pero ¿qué hay del sacrificio que no conduce a nada? ¿Qué pasa con las personas que lo dan todo, pero a quienes Dios nunca les toca la puerta? En otras palabras, ¿qué ocurre con la mayoría de las personas?  

Estos son los personajes que me interesan. Pues encuentro mucha más verdad en ellos que en los victoriosos.

El que gana deja de estar en conflicto con el mundo; se convierte, inevitablemente, en un reaccionario defensor del sistema que lo avala. Y no creo que sea simplemente envidia. No estoy seguro de que los hombres de éxito sean más felices si han delegado los términos de su propia satisfacción. Por eso Marty debía ser deportista: la profesión más cruelmente ligada al binarismo del éxito y el fracaso; la más dependiente de la mirada ajena.

¿Existe alguien más sujeto al desprecio o a la admiración dependiendo estrictamente del resultado? Todos hemos sido testigos del deportista que intenta una proeza y es condenado sin piedad cuando «no le sale».

Nos encanta creer que el resultado era parte de un plan maestro o de un entramado divino. Como si el tipo hubiera estado seguro del desenlace, así como creemos que le ocurre a los elegidos.

El problema es que aquel al que “no le sale” probablemente tuvo tanta o más fe que aquel que triunfó. Pero no importa. Al público no le interesan los «hubiera». La pelota entra o no entra. Y cuando entra, los supuestos se transforman en letra sagrada, en épica, porque «no podría haber sido de otro modo».

Es genial la elección del tenis de mesa, un deporte que roza lo ridículo puesto en la pantalla de cine, tradicionalmente reservada para las grandes epopeyas. Esta elección subraya el absurdo de la vanidad: fuera de tu nicho, a nadie le importa lo que haces (mucho menos un jugador de ping-pong en los años cincuenta).

Aquí aparece otro personaje, de escaso valor para la trama pero de enorme peso simbólico, protagonista de una secuencia estridente y enigmática: el compañero sobreviviente del Holocausto.

Me dan ganas de volver a ver la película solo para ver de nuevo esa secuencia: un hombre que se unta el cuerpo de miel para que sus compañeros cautivos puedan alimentarse de él. 

Una imagen grotesca y sublime. Como suele ser el caso en el mejor arte.

Él, a diferencia de Marty, está en paz con lo que la vida tiene para brindarle. Alguien que atravesó el infierno y volvió con vida no tiene interés en ocupar un lugar en la historia; de hecho, si pudiera, se borraría de ella. Lo mismo sucede con el némesis japonés de Marty: un hombre ordinario que termina siendo el héroe redentor de un pueblo humillado y sometido. Ambos son servidores de un propósito más grande que ellos mismos. Al colocarlos junto a Marty, revelan el espíritu auténtico de la obra. 

Tal vez cabría mencionar, además, al hombre que da la vida por su perro.

En contraposición a ellos, descubrimos cuán vacías y ridículas son las ambiciones narcisistas de nuestro protagonista. Es una relación sutil, pero redefine la lectura de la película. Sin ellos, sería otra clásica historia de ganadores y perdedores.

La verdadera tragedia de Marty no es su fracaso, sino no preguntarse jamás por el sentido de su deseo. Sobre este punto, es reveladora la escena en la que se fija en una mujer solo porque atrae la mirada de los demás hombres. Ella es una estrella de cine; la mujer con la que cualquiera querría estar. Esa es la mujer que Marty decide conquistar. Como un triunfo, en realidad, sobre sus semejantes.

Hacia el final nos damos cuenta que, aunque Marty obtenga todo aquello que se propone, nunca encontrará auténtica satisfacción hasta que no se pregunte por el sentido de lo que hace.

Hasta que no lo haga, seguirá siendo un esclavo del deseo de los otros.

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