Ilustración: Biblioteca del Castillo de Peñíscola. Residencia del Papa Luna. De Archivo personal del director.
Ilustración: Biblioteca del Castillo de Peñíscola. Residencia del Papa Luna. De Archivo personal del director.

Por: David L. Torres Melgarejo – Invitado.

El primer verso de todo soneto y de todo poema ha de marcar tanto el ritmo como el destino mismo de la disociación lírica de la poesía; tal vez la relevancia de esto sea vacua en cuanto a la importancia de cosas distintas a la vida, a la existencia.

Me permitiré invitar a varios cofrades (entre líneas) para conversar sobre un tema de alta rebeldía y resistencia suprema de la humanidad, o sea la existencia, la vida misma, a ver si de una manera escueta se logra, de alguna forma, devolverle sentido a la vanidad de los átomos por los que estamos acá. Recordando cuando se navega en el barco ebrio de Rimbaud las noches verdes son cada vez más escasas; el tiempo, como los dólares, cada vez se encarece más y se anhela por igual.

El cansancio no es gratis, la promesa del esfuerzo constante termina diluyéndose, ya no es una yerta jubilación, sino que se erige como un sufrimiento constante que se disfraza de estrés y de grandes sinsabores; la desazón que entrega el éxito líquido de los días de pesca en redes sociales solo se empata con las jornadas agotadoras frente a las plataformas de burocracia que permiten sentirse útil en estos días.

El remordimiento póstumo, no el de Baudelaire, sino el de la vida después de la labor, se muestra como un desatino de la realidad, no nos podemos sentir cómodos fuera de la incomodidad que nos genera la rutina que agobia los sentidos, es una disección en vida del ocio y de la contemplación. No pretendo con esto teorizar sobre la queja constante de algunos poetas sobre el desaprovechamiento de sus años de consciencia. Como una pintura abstracta pretendo existir, sí, como acto de rebeldía.

Le tomó al menos dos mil y pico de años de existencia a esta humanidad cristiana agobiada y doliente lograr conclusiones inicuas sobre la finalidad o el propósito de la vida. Mi tendencia anarquista me invita o más bien me impone a hablar sobre una suerte de bien común, no ese gallardete de los grandes moralistas y defensores de derechos refritos, sino de la carta del respeto, de la baraja de la sencillez que escapa de la hipertrofia.

¿Qué es el hoy?, la ofrenda para las tareas incumplidas; el margen de error del mañana, el terror del ayer, y obviamente la perfecta oportunidad para exaltarnos ante cualquier oportunidad en cualesquiera conversaciones sobre cualesquiera temas. Irrumpe impetuoso el discurso del yo, parece poesía de Balzac, con métrica y mucha pasión (por uno mismo), tantos yos en el universo y tan poco tiempo para escucharnos.

El problema no es la oda a la individualidad ni mucho menos, el meollo del asunto radica simplemente en que no tenemos tiempo para escucharnos a nosotros mismos, para disfrutar nuestros pensamientos. Esto nos lleva al deseo morboso de convertirnos en monstruos que colonizan el ambiente del otro con poesías alusivas al mundo interior. Ha muerto mucha gente, gritó en su poemario Porfirio, entre esas gentes, cada uno de nosotros, muertos en muerte, vivos en muerte, muertos en vida, zombis de la producción, del cansancio y de un carrito de compras que nunca queda vacío.

Las plegarias en ripio de la razón del ser humano claman por una silla, por una montaña, un Glendfiddish con una pluma y un papel manchado en donde se posen las palabras que no tengan propósito más que existir, sin respuestas o evasivas, sin perentorias o amenazas.

De nuevo, como anarco me propongo, les propongo: permítanos soñar, permítanos ser, permítanos sembrar rosas en el mar, tocar rock and roll toda la noche y, sobre todo, estar en desacuerdo pa´poder pegar un grito vagabundo.

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