Por:                        Ana Sofía Montealegre.

En este momento, me encuentro enfrentando esa cuerda floja en donde cada movimiento y respiración calculada va a determinar cómo se verán los siguientes años de mi juventud tras dejar atrás la universidad. Siento que, siendo este el panorama, hoy es un momento apropiado para aventurarme a hacer algo que nunca he hecho antes: escribir algo esencialmente sobre mí, con el único propósito de pasar unos momentos con mi propio reflejo en una especie de silencio que es entre respetuoso y tenso. Esto es algo que realmente nunca me he permitido por problemas de autoestima y síndrome del impostor, pues considero que mis experiencias y mis logros son insignificantes frente a los de otras personas que han logrado mucho más que yo con menos.

Estoy cerca de cumplir tres años desde que llegué al Reino Unido para estudiar mi pregrado. Al repasar esta trayectoria, pienso mucho en el 2023, cuando decidí aceptar con los brazos abiertos el llamarme “mediocre.” Una persona que no ofrece, ni quita nada. Pero ahora me doy cuenta de que este sentimiento venía de una parte de mí profundamente afligida por el denso ambiente doméstico que estaba viviendo, pues en ese momento convivía con familiares cercanos durante el verano, en una casa remota lejos de la comodidad de mi universidad. En ese momento, sentía una fuerte sensación de insatisfacción ligada a mis expectativas de ser una “buena estudiante”. Dos años después, creo que finalmente estoy lista para dejar este evento atrás, a pesar de que mi vida no ha mejorado en el sentido material.

Por alguna razón me siento mejor conmigo misma. Estoy aún más agradecida por mi privilegio de poder estudiar y vivir en esta ciudad, la cual muchos nunca podrían llamar un hogar gracias a su obscuridad, hostilidad y doble cara. Algo importante: de ninguna manera quiero romantizar las dificultades y el dolor por el que yo, y otros como yo, han pasado viviendo aquí. Tampoco quiero enaltecerme como alguien más fuerte en comparación a otros El sufrimiento migrante no me ha “mejorado”, sino más bien la oportunidad de sentarme junto a este, y entenderlo desde las perspectivas de otras personas que he conocido aquí.

No puedo negar que física y corporalmente sí he cambiado. La falta de sueño y descanso son debilitantes. El dolor crónico que empecé a padecer en el 2020 ha evolucionado y ahora puedo orgullosamente decir que cada movimiento cotidiano, ya sea caminar o usar el celular, me produce incomodidad y dolor en algún punto de mi día. Cada día. Y aunque la parte de estar orgullosa está marcada en sarcasmo, sí he aprendido dos cosas invaluables de esta experiencia: evitar estar guerra con mi cuerpo y, más bien, amarlo por los logros que cumple con tanto esfuerzo. Y es que, en virtud de este padecimiento, soy más consciente del dolor, tanto el propio como el de otros, y comprendo cómo este interviene en cada detalle de nuestras vidas; algo omnipresente en nuestra sociedad automatizada, diseñada para el movimiento perpetuo y una cárcel de sobre estimulación. Creo firmemente que todos tenemos una discapacidad en un nivel u otro. Mi estado de salud no se hubiera deteriorado tan rápidamente si no fuera por la labor constante que debo llevar a cabo, cada día, todo el día. Como todos nosotros.

Descubrir algo nuevo sobre mi discapacidad a diario, y simultáneamente haber sido víctima de agresión sexual de parte de dos hombres distintos en dos diferentes ocasiones, solidificó mi sentido de justicia y el significado de sanar. He pensado en cómo en esta sociedad que habitamos, automatizada como describí, el proceso de sanar es obstaculizado por estas cuerdas invisibles que nos atan al ciclo autodestructivo de laburar. En mi caso, la labor académica, entorpecida por mi salud, mi cerebro letárgico por la fatiga (brainfog). Entonces, puedo decir orgullosamente que definitivamente no me considero una “buena estudiante”, pero no me alineo con la mediocridad. Las cosas simplemente son lo que son. Mi éxito será a través de la justicia anti-capacitista y anti-misógina que podamos experimentar.

Especialmente porque, para sanar, hay que bajar la velocidad. La ciudad me hizo aprender por las malas.

Sobre la autora…

Ana Sofía Montealegre, estudiante de culturas visuales en Goldsmiths University of London. Artista, escritora, aficionada del queso y todo lo relacionado a gatos. La imagen que acompaña esta columna también es de su autoría.

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