
Para los que no conocen, Colombia es un país que está en la esquina norte de Suramérica. Lo habita gente negra, indígena y una que otra mezcla de tez más clara a la que le gusta autodenominarse como “blanca”. En el sur de este entramado histórico compuesto por profundas exclusiones sociales, está Caquetá, “la Puerta de oro de la Amazonía”, un apodo que se le ha puesto con el fin de contrarrestar todo eso que dice el político y el periodista de turno. Que las disidencias, que la hoja de coca, que el narcotráfico, que yo no sé, pero por allá no vaya que a lo mejor ni vuelve.
Llegué a Curillo por razones que no importa mencionar. Después de un viaje de seis horas, al lado de una señora que me decía que en Cartagena de Chairá toca andar carnetizado; anduve una hora y media más con un hombre bonachón oriundo de San José del Fragua. En medio del cansancio por estar volteando de aquí para allá dejando pasajeros, me contó que había salido de San José porque los paras lo tenían amenazado por haber sacado a yo no sé quién de yo no sé dónde. Unos seis años después de andar bregando, decidió volver a su ranchito porque era suyo y allá quería estar.
Mi destino final no era Curillo, era una inspección pequeña que en la práctica todo el mundo conoce como La Novia. Para llegar hasta allá toca tomar la línea, un servicio público de navegación que conecta la cabecera municipal con las veredas que quedan sobre el río Caquetá, un importante límite fluvial que colinda con el Cauca y Putumayo, consolidando a este pequeño y olvidado municipio como una zona geoestratégica para los grupos armados ilegales.
– ¿Está esperando que abran la línea? No, mami, está cerrada, en paro-. Caminé una cuadra más hacia el puerto de La Rampa, ahí se hacen botes particulares de pescadores y campesinos. Encontré quien pudiera llevarme a mi destino. Finalmente, los jefes de las disidencias, de los Comandos de Frontera -o de sabrá el diablo quién porque cada día pareciera que uno nuevo nace del brazo de su antecesor- decretan paros y controles, pero el hambre se mantiene. Igual hay que recoger, sembrar o machetear para llevar la comida a la mesa.
¿Usted de dónde viene? -un hombre bajito y delgado, con un machete colgado en el cinturón, un sombrero de alas, ojos pequeños y oscuros, mirada profunda, pero no penetrante, y sonrisa tímida- me preguntaba. Le expliqué, sin ahondar, lo que venía a hacer, no quería generar falsas expectativas. Además del ejército, el Estado sólo llega a estas zonas de vez en cuando y a través de contratistas/payasos que más que expertos, son portavoces de un discurso sin sentido que aparenta que algo se está haciendo.
Logré que la conversación girara hacia él y su vida. Me explicó que había llegado del Cauca, había decidido venir a Curillo “a buscar modos”, soñaba con aprovechar la bonanza cocalera para hacerse a una tierrita y criar a los hijos. Me hizo pensar en los discursos que se configuran desde el centro sobre la coca, los campesinos y estos territorios que en el imaginario popular se denominan “zonas rojas”.
Mi visita coincidió con un paro armado decretado por alguna de las muchas disidencias. La vida parecía mantenerse igual. Así como ser raspachín era un trabajo más, la gobernanza armada era moneda de todos los días. Esta convivencia histórica de los pobladores con las presencias armadas ya tenía consolidado un orden de coexistencia, obediencia y hasta simpatías que es difícil de entender cuando no se ha vivido.
Ser incapaz de ver las relaciones que se tejen dentro de estos entramados ha llevado al Estado a quedarse corto y estigmatizar a las personas que habitan los territorios. En escenarios de conflicto constante es normal que los jóvenes vean como alternativa laboral unirse al grupo que los oprime, que los campesinos cultiven y recojan coca, que la vida gire en torno a esta gobernanza que, ante cualquier alteración, se traduce en violencia.
En escenarios de conflicto constante es normal que los jóvenes vean como alternativa laboral unirse al grupo que los oprime, que los campesinos cultiven y recojan coca, que la vida gire en torno a esta gobernanza que, ante cualquier alteración, se traduce en violencia.
El problema con esta normalización es que la vida se mantiene en una calma tensa que un día, cuando alguien no obedece, cuando llega otro grupo, cuando el ejército decide aparecer sin entender bien cuáles son las dinámicas; se cae en procesos de fuegos cruzados donde la población civil queda en el medio. En estos escenarios también nacen liderazgos comunitarios y se tejen redes de diálogo que necesariamente deben acordar reglas con los grupos armados. Ante los ojos de unas instituciones estatales que nunca van y que a veces ni siquiera saben que estos lugares existen hasta que un estudio muestra que allá se siembra coca, o hasta que sucede una masacre; los habitantes se limitan a ser víctimas o simpatizantes. Ninguna de esas aproximaciones logra capturar la complejidad del fenómeno porque no devela los matices que lo atraviesa.
La estrategia de paz total del gobierno actual, aunque con un enfoque más pluralista que no limita las causas del conflicto armado a la existencia de unos grupos criminales, ha sido ineficaz a la hora de implementar políticas que impacten estos municipios y las economías ilegales que permiten la subsistencia de las personas. Esta falta de enfoque se hace especialmente evidente con el incumplimiento del Plan Nacional Integral de Sustitución (PNIS), que quedó mal financiado desde que se acordó en La Habana, luego fue olvidado por el gobierno de Duque y actualmente ha sido tocado de manera tangencial y sin darle una implementación real. Así, el conflicto armado, que es ante todo una cuestión de rezagos sociales y disputas territoriales, se va a seguir reproduciendo. Dentro de este panorama que augura oscuridad, las poblaciones de estos municipios marginalizados van a seguir pagando los platos rotos de una historia política y social que se ha caracterizado por no dar las garantías necesarias para una vida en paz.

La realidad de una parte del país que atraviesa un profundo olvido Estatal. Excelente trabajo 🙏🏻 Ángela!