
Proponer a un autor por encima de otro, lejos de sugerir rigor, es síntoma de ignorancia. Difícilmente los textos se escriben en medio de una competencia infantil donde los autores buscan «ganar» a los demás. El destinatario de un documento no es otro que un lector anónimo, incluyendo al mismo autor. Más allá de la vida del texto, el oficio de la escritura tiene dimensiones que superan el egocentrismo y rivalidades del escritor. Su producción es, muy a menudo, contra sí mismo. Los lectores más exigentes, que son por lo general los más humildes, ven en los escritos cualquier tipo de posibilidades que superan el detalle menor del antagonismo. Ven coherencias, complementariedades, en fin, un diálogo epistolar nunca llevado a cabo entre personajes que jamás se conocieron.
El slogan «menos Marx, más Hayek», como cualquier otro producto de la publicidad, hace ruido, a veces mucho, pero es ante todo insustancial. Hace un ruido, aunque grandilocuente, breve, pero el silencio que le acompaña es mucho más extendido y termina por curbrirle. En el decrescendo del primero aumenta asimétricamente el crescendo del segundo. Este ya es el caso, dado que esta columna se escribe, para suerte mía, con el silencio. El mismo Karl Marx era consciente de este propósito de la publicidad: su fugaz engaño deliberado, pero aceptado. Por eso fue un prolífico periodista, un narrador, buscando incansablemente la Verdad, aún si utópica. Insistió en equilibrar la veracidad de sus proposiciones con la divulgación. Un resultado patente de este equilibrio es su panfleto más conocido: El manifesto comunista (1848).
Esta pieza de marketing es insustancial —la que asume, de nuevo, que hace falta más Hayek y menos Marx— porque ella busca difundir nuestra obligación moral de adoptar a Friedrich Hayek para sustituir, si es que esto ya no sucedió, a Karl Marx (aunque creo de buena fe que se refieren a su obra y no al autor, pero a lo mejor siguieron muy atentamente los mandatos de la brevedad en la escritura publicitaria). Aunque la rivalidad académica del primero suela asociarse a otro autor que distaba de ser marxista, como lo era John Maynard Keynes, al margen de cualquier «disputa» la obra de Marx tiene una vida propia independiente de (¡atención a esto!) las posiciones políticas de quienes la visitan.
Por lo menos podemos indicar dos razones. La primera de ellas es la desagregación de su obra que terminó por demostrarse como fragmentaria. De forma canónica el marxismo es abordado como un corpus dividido en dos capas: una de ellas es la económica y la otra la «humanista». La primera es sobre todo atribuible a su producción más tardía, en cuyo corazón está El Capital (1867). La segunda, a textos juveniles y algunos hallados póstumamente, como lo son los Cuadernos de París (1844). Otra diferencia usual es la cronológica, basada justamente en un Marx joven y otro «maduro».
En cualquier caso, estas son diferencias sólo pedagógicas, dado que todos aspectos normalmente se entremezclan y la insistencia sobre un rasgo u otro es más bien imputable a las interpretaciones. Sin embargo, la exigencia de esta clasificación da fe de lo heterogénea y rica que es la obra de este pensador. Estas divisiones mayúsculas son manualistas: la literatura especializada ha migrado hacia otros puntos muy particulares, a veces innovadores, en un autor que se suele declarar como agotado. En mi opinión los pensadores contemporáneos, en lugar de adoptar una posición «marxista», toman conceptos o elementos del marxismo.
No se trata de hacer una lista a doble columna, pero valdría la pena citar algunos ejemplos como el del marxismo heterodoxo de Walter Benjamin, muy anclado más bien en las cuestiones del fetichismo y alienación. Adorno lo seguiría en ese trayecto, al igual que en las críticas a las ficciones ahistóricas del liberalismo. Otros autores que nos son más contemporáneos se fueron hacia la vertiente de la ideología y tomaron de ella una batería importante para sus edificios intelectuales. Basta recordar al mediático Zizek. Observar no tanto al individuo en su agencia sino como incrustado en una dinámica de estructuras económicas sería una idea angular de los textos de Foucault.
Tantos otros ejemplos podrían darse. Esta fragmentación de la obra de Marx ilustra un aspecto, dentro de los muchos otros, en los que este autor fue disruptivo. Aún si heredero de un sistematismo hegeliano, su producción tiene una profundidad también miscroscópica. Es decir, cada uno de sus elementos se pueden tomar como aislados y conformar en sí mismos una profundidad al punto de una constelación. Es justamente lo que los autores que citamos notaron, implícitamente, como una marca diferencial de esta filosofía postindustrial. La herencia ha sido tan opulenta como la misma obra y a la fecha podríamos pensar que ha habido tanto marxismo como marxistas.
La segunda razón corresponde a la metodología marxista. Así es, curiosamente se puede adoptar su método sin defender exactamente el mismo proyecto político del autor (que a mi juicio no es claro) o sin acompañar su mesianismo. El marxismo, independientemente de las consecuencias que profese, parte de ciertas bases que componen un método. Podríamos citar las tres que consideramos más evidentes: vivir en una sociedad de clases, condicionadas por el contexto de producción económica de su periodo, y donde son constantes las tensiones en sus intereses. Los disidentes del marxismo, en lugar de proponer la obligación moral de abordar otros autores, insisten más bien en cuestionar estas piedras angulares.
Historiadores, sociólogos y politólogos, sólo por citar algunos ejemplos, acostumbran a perfilar sus análisis desde estos ángulos y arrojar resultados que de otra forma serían ignorados. Son producto del método marxista los primeros textos contemporáneos sobre el nacimiento de las clases obreras, la construcción de las instituciones del Estado en torno a las formas de producción, el análisis de los movimientos sociales y sus demandas, al igual que los que abordan las élites y las ideologías en un cuerpo electoral, y un largo etcétera. Más allá de la gaseosa «receta» de Karl Marx, la originalidad con la que abordó los problemas de su tiempo continúa iluminando, así sea metodológicamente, el nuestro.
El slogan es un enunciado, hoy ya más comercial que político, que tantas, pero tantas veces se ha exigido, además de haberse a veces impuesto por la fuerza y la violencia. Es ingratamente gracioso que la «novedad» del mensaje ya existiese de otras formas durante la década «Neoliberal» de Reagan y Thatcher, durante la Guerra Fría o durante las persecuciones al «judeo-bolchevismo» del Nacionalsocialismo. A la espectralidad y virtualidad latente del marxismo Jacques Derrida dedicó una de sus más importantes conferencias en 1993. A propósito de la caída del Muro de Berlín, Derrida respondía, no a la sustitución de Marx por otro autor, sino llanamente a su muerte y, de hecho, a la de la misma historia.
En marzo del año pasado la revista francesa Alternatives Économiques publicó una edición especial a Marx titulada Karl Marx, un pensamiento siempre vivo (2024), donde concluía, según mi traducción, que «Marx ha sido así declarado muerto en muchas oportunidades, antes de siempre resucitar». Esta discusión, y la misma columna que escribo, si tiene algo de particular, es venir sobre un tema trillado, pero que sigue haciendo eco.
Pese a las críticas de Marx a las religiones, con su filosofía sucede lo que pasa con algunos credos del mundo cristiano: permanece más en boca de sus opositores, pero sus más fieros críticos son sus adeptos. No conozco mejores y más versados críticos del marxismo que los propios marxistas, conscientes de la inactualidad y de los problemas de algunas de sus posturas. Ahora bien, todos ellos comparten, en su pasión por esta obra, el hecho de no caricaturizar un pensamiento profundo, como ya lo expusimos. La caricatura del detractor es en cambio una estrategia típica de las posiciones autoritarias. Estas tienen la tradición de basarse en fantasmas que debemos exorcizar ante un riesgo remoto de ser poseídos.
Eliminar a un autor para imponer otro, que es una forma discreta de apología a la censura, apela a que de no hacerlo se hará este al poder. Sin embargo, en el caso colombiano, un partido o un programa abiertamente marxista y/o comunista no ha tenido casi ningún éxito. De igual forma, muy excepcionalmente un marxista contemporáneo, que esté incrustado en la actualidad política (lo que ya es una rareza), defenderá la necesidad de una revolución como remedio social. Los promotores de este slogan se enfrentan contra algo que no existe y contra personas que muy difícilmente podríamos cruzar. Pero imponen, ante un terror paranoide, una solución radical y que no han vencido con argumentos. La vigencia del marxismo, que la hay, es curiosamente más bien discreta por cuenta de sus defensores e indiscreta y bulliciosa por la de sus detractores. Dirán con razón los marxistas: any publicity is good publicity.
Sobre el autor…
Jean-Baptiste Clemence es un pseudónimo. El autor estudió derecho y filosofía en Colombia y Francia. Actualmente es doctorante en estas áreas en París. Ha sido abogado practicante, docente y conferencista.
Sobre la imagen… La imagen pertenece a la obra Space Writing muestra artística Self Portrait de 1935 del artista Man Ray (1935).
