
Por: Eliana María Quintero Trujillo – RHUDA.
Cuando una experiencia que debería ser sublime, placentera y mística se convierte en escuchar frases como “pero cuando lo estaba haciendo no estaba diciendo que le duele” o “¡cállese! ¿por qué llora? ¿por qué grita?” o en vivenciar procedimientos sumamente invasivos, hostiles e innecesarios, es cuando gestar y parir se transforma en penitencia.
La violencia obstétrica, se presenta en las prácticas en donde prevalece la apropiación del cuerpo y los procesos reproductivos de las personas en gestación, parto y postparto, ejercida por el personal de salud, que puede ser expresada en un trato deshumanizador, en un abuso de la medicalización o en una instrumentalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de la autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos, sexualidad y reproducción [Ver más].
Sin minimizar los diferentes tipos de violencias basadas en género, la violencia obstétrica es profundamente cruel, una de las razones para esta afirmación está en que agrupa en sí misma varios tipos de violencia y adopta muchas formas, todas basadas en el abuso de poder y la hegemonía biomédica.
Puede mostrarse como violencia física al realizarse maniobras obsoletas y traumáticas, como la kristeller (la presión brusca y violenta del útero hacia abajo, con el fin de “ayudar a parir”), procedimientos no consentidos y probablemente innecesarios como la episiotomía (que no es obligatoriamente requerida) o los tactos vaginales recurrentes, por diferentes personas y que se acompañan con expresiones violentas como “colabore, no se queje tanto que es por su bien”. Lo anterior reflejando además violencia verbal.
Así mismo, puede expresarse en violencia psicológica, cuando se minimizan sus quejas, cuando se anula la voz de la persona, ignorando sus deseos e inquietudes, en la vulneración de la privacidad, en el trato cortante, autoritario o infantilizante y hasta cuando se les culpa por las complicaciones en el proceso. De acuerdo con Mercedes Pérez Fernández y Juan Gérvas, en su libro El encarnizamiento médico con las mujeres este tipo de violencia se puede ejercer con el silencio, con ese que ocurre ante el dolor de parto, ante la pérdida perinatal, ante las dudas y miedos, donde muchas veces la persona sólo necesita la presencia y las palabras sensibles del personal de salud.
Uno de los aspectos que reafirman la crueldad de esta violencia, es que una persona puede vivir todas las anteriores manifestaciones de violencia obstétrica en una misma experiencia de gestación, parto y puerperio.
Viviana Vallana Sala, en el artículo “Es rico hacerlos, pero no tenerlos”: análisis de la violencia obstétrica durante la atención del parto en Colombia, analiza la violencia obstétrica simbólica, entendiendo que esta surge de la interiorización y la naturalización de la relación de subordinación y dependencia de las mujeres y personas con capacidad de gestar hacia el personal de salud. Por lo cual, puede darse una aceptación de las prácticas violentas e inclusive justificarlas en el entendimiento de que se dan por el bien de la persona en gestación y su hijo/a/e, pues en su estado la gestante se percibe vulnerable, a razón de que en todo momento teme por la salud y bienestar de su hijo/a/e y experimenta la exigencia de ser una embarazada modelo o ideal.
La embarazada modelo es entonces aquella que vive su gestación siguiendo rigurosamente cada indicación del profesional en medicina, sin objetar, teniendo un parto y postparto aséptico o limpio, sin “escándalos”, con la zona púbica preparada, en la posición cómoda para quien “atiende” el parto y sin perder la compostura. Debe ser una “paridora digna, digna de una medalla” (3), como es mencionado por Soledad Galán, en su libro Adiós cigüeña: el placer de parir, aquella embarazada que es rápida, eficaz y callada.
Al final la violencia, la minimización, la cancelación y la indiferencia terminan por “robarles el parto” a las gestantes, negándoles la posibilidad de vivir una experiencia mágica, placentera y potente, la opción de un parto pleno, consciente, soportado, con gestión y reconocimiento del dolor, en entornos seguros, protegidos, amenos. Quitándoles la experiencia del primer contacto piel a piel con su bebé, sin barreras y sin apuros, arrebatándoles el acompañamiento en el parto, en el proceso de lactancia materna y en el postparto.
Todo porque un grupo de expertos en ginecología consideró que las prácticas no biomédicas constituyen un riesgo y una amenaza, apoderándose de las gestaciones y los partos.
La violencia obstétrica se profundiza además por la falta de consenso y definición de sus formas de denuncia y reporte. Se transforma entonces en una forma estructural de violencia de género, mientras que en la realidad para el sistema de salud se prefieren formas que eviten “afectar” a los proveedores de salud.
En Colombia sólo hasta el 2022 con la ley 2244 de parto humanizado y respetado, se establecieron los derechos de las personas gestantes y se describieron las prácticas prohibidas sujetas a sanción, dando cierta protección normativa del ejercicio de la gestación y maternidad, pese a que no se describe de forma específica la violencia obstétrica ni una acción correctiva o punitiva ante esta. El desafío está en lograr aplicabilidad de la ley y las garantías del cumplimiento de la atención humanizada, en comprender la diversidad de los distintos procesos de gestación, en reconocer las gestaciones en personas con retos de la comunicación, con diferencias poblaciones, territoriales y de etnia, en personas con discapacidad y en cuerpos diferentes.
Y es que, así como se nos exige seguir gestando y pariendo, es imperativo erradicar las prácticas violentas en la atención de salud, anular la posesión de los cuerpos de las mujeres y de las personas con capacidad de gestar y sobre todo reconocer la autonomía sexual y reproductiva. Es fundamental que la sociedad comprenda que la persona protagonista del proceso, es quien gesta y vivencia el parto en su propio cuerpo.
Sobre la autora:

Eliana María Quintero Trujillo, mujer feminista, mamá de Miguel, enfermera doula y consultora perinatal, docente universitaria e integrante de RHUDA. Esta publicación se difunde en el marco de la alianza estratégica con la Red Huilense de Defensa y Acompañamiento en Derechos Sexuales y Reproductivos (RHUDA).
Referencias
- “Es rico hacerlos, pero no tenerlos”: análisis de la violencia obstétrica durante la atención del parto en Colombia. (2019). Revista Ciencias de la Salud.
- Gérvas J, Pérez-Fernández M. (2016) El encarnizamiento médico con las mujeres. Primera edición. Lince L libros del, editor. Barcelona.
- Galán S. Adiós cigüeña: el placer de parir (2012). Algaida Editores, editor. Difusora Larousse.

Interesante y valioso.