
Por: Catalina Artunduaga Sarmiento.
Es curioso lo poco que se habla realmente de lo que está ocurriendo alrededor de la figura de Paloma Valencia. La discusión sobre ella suele quedarse atrapada entre el uribismo, la polarización o el hecho superficial de que sea una mujer en la derecha. Pero casi nadie parece detenerse en algo más importante: las formas en que su imagen produce y moviliza afectos políticos.
Porque la campaña de Paloma Valencia no moviliza únicamente ideas. Moviliza sensaciones. Orden. Pulcritud. Serenidad. Higiene moral. La promesa estética de que alguien puede administrar el caos sin despeinarse.
La pulcritud también gobierna.
Esa podría ser una forma de leer el ascenso político de Paloma Valencia y la manera en que su proyecto presidencial empieza a organizarse alrededor de una estética específica de autoridad: una feminidad disciplinada, ilustrada y técnicamente administrada que produce confianza antes incluso de producir adhesión ideológica.
En Colombia seguimos leyendo a las mujeres en política bajo una lógica demasiado simple: o representan una ruptura emancipadora o son simplemente una extensión femenina de estructuras tradicionales de poder. Pero quizás el fenómeno de Paloma Valencia exige una lectura más compleja. No porque encarne un feminismo transformador —difícilmente lo hace— sino porque ha entendido algo fundamental de la política contemporánea: hoy el poder también se construye afectivamente a través de la imagen.
No se trata solamente de sus posiciones políticas. Se trata del modo en que aparece. La dicción medida, el vestuario sobrio, el tono técnico, la serenidad casi clínica, la ausencia de estridencia, la estética del control. En ella, la feminidad funciona como una tecnología de legitimación política.
Su imagen pública parece cuidadosamente construida para transmitir orden. Y el orden, en sociedades atravesadas por el miedo, la fatiga institucional y el agotamiento del conflicto, es uno de los afectos políticos más poderosos. La tecnocracia ya no vende únicamente eficiencia, vende tranquilidad. La sensación de que alguien sabe administrar el caos.
Ahí radica parte de la eficacia de Paloma Valencia. Su autoridad no descansa únicamente en el discurso conservador que representa, sino en la capacidad de encarnar una derecha emocionalmente pulcra. Una derecha que ya no necesita mostrarse agresiva para resultar dominante. Que reemplaza la estridencia por la compostura. Que convierte la pulcritud estética en metáfora moral.
Hay algo profundamente contemporáneo en eso. Durante años, las derechas latinoamericanas construyeron autoridad desde figuras masculinas asociadas a la fuerza, el mando y la confrontación. Pero el agotamiento de esas formas ha abierto espacio para otra sensibilidad política: liderazgos capaces de movilizar confianza desde la moderación estética y la inteligencia administrada. La figura de la mujer preparada, sobria, racional y “correcta” aparece entonces como un dispositivo particularmente eficaz para restaurar la credibilidad institucional.
Y allí emerge otra operación interesante: la apropiación selectiva de ciertos lenguajes feministas y liberales. Paloma Valencia ha sabido habitar el lugar de “mujer fuerte” en un espacio históricamente masculino, utilizando discursos sobre liderazgo femenino, mérito y representación de las mujeres. Pero esa apropiación ocurre despojada de cualquier crítica estructural al poder patriarcal, económico o social.
No es casual. Estamos ante una feminidad conservadora modernizada. Una estética de emancipación sin ruptura. Mujeres exitosas que funcionan como prueba simbólica de que el sistema sí permite ascender, siempre que se haga desde “las formas correctas”, los modales correctos y los cuerpos correctos.
Por eso la imagen importa tanto. Porque en la política contemporánea el cuerpo también argumenta. Y la visualidad de Paloma Valencia comunica limpieza, disciplina, control emocional y refinamiento. Su figura pública parece diseñada para producir una sensación de asepsia moral en un país que asocia la política con corrupción, vulgaridad y desorden.
La pulcritud se vuelve entonces una forma de autoridad.
No porque exista una relación real entre apariencia y virtud, sino porque la política funciona también desde asociaciones afectivas profundamente sedimentadas: limpieza como transparencia, compostura como inteligencia, moderación como competencia, elegancia como superioridad ética.
En ese sentido, el fenómeno de Paloma Valencia no puede leerse únicamente desde el uribismo o desde la disputa electoral inmediata. Lo que su figura revela es algo más amplio, la manera en que las nuevas élites políticas intentan reorganizar la legitimidad del poder mediante la administración estética de los afectos. Ya no basta con prometer seguridad o crecimiento económico. Ahora también hay que encarnar calma. Encarnar racionalidad. Encarnar asepsia moral. Esta quizás esa sea una de las formas más sofisticadas del poder contemporáneo: lograr que el orden no se imponga solamente por la fuerza, sino que resulte emocionalmente deseable.
Sobre la autora…

Vilma Catalina es psicóloga y especialista en estudios feministas y de género de la Universidad Nacional de Colombia. Escritora e investigadora interesada en las relaciones entre salud mental, poder y cultura. Su trabajo explora los límites del dolor, la autonomía y sus implicaciones sociales en contextos contemporáneos. Obtuvo el segundo lugar en la III Convocatoria de Mujeres columnistas de nuestro medio de comunicación. Se publica sin ningún cambio, tal cual se presentó.
