
Por: Brian Alvarado Pino.
Cada letra de la sigla guarda sus propios sufrimientos y dificultades. No se trata de competir por quién ha sufrido más ni mucho menos, pero antes que nada quiero resaltar que las personas trans, especialmente las mujeres trans, son las más golpeadas por la violencia machista y heteronormativa de nuestra sociedad. Muchas de sus realidades están atravesadas por la pobreza, las barreras para acceder a educación de calidad y servicios de salud que cuiden sus cuerpos. Su expectativa de vida en promedio ni siquiera llega a los 40 años en la mayoría de países.
Ahora quiero hablarles un poco de mí y desde dónde me enuncio y transito mi sexualidad e identidad. Hay una insistencia permanente y hasta dolorosa de la cultura en la que estamos inmersos e inmersas.
Existe una supuesta obligación a elegir entre una cosa o la otra para poder ser. De eso no se escapa ni siquiera el mundo LGBTI; hay en él muchas personas que piensan todavía en blanco y negro, incluso cuando la bandera que se ondea es la de la diversidad. Ni se diga lo que pasa con el resto de las personas, ahí la imposición roza los linderos del autoritarismo cultural y la violencia.
Ser bisexual no es fácil, sobre todo si crecemos en un mundo binario que te dice que los niños visten de azul y juegan con carros, mientras las niñas visten de rosa y tienen muñecas. Y además hay que ser heterosexual.
Por contradictorio que sea, tampoco es fácil serlo en la mal llamada “comunidad” LGBTI. Para muchos homosexuales, que te definas como bisexual es una especie de “vía fácil” para vivir, para no exponerte al mundo y poder fingir. Les hallo la razón en algo. Sin duda, poder entregarse a la corporalidad con un hombre y con una mujer, el gusto por ellos y ellas te hace “parecer menos hipócrita”. Y es que, si te ves rodeado por un mundo homofóbico, puedes decir que eres hombre y te gustan las mujeres sin que sea mentira. Sin embargo, el problema radica en la imposibilidad que tenemos para decir que también nos gustan los hombres. Ni hablemos de enamorarnos.
Recuerdo los años de confusión infantil y adolescente por mi sexualidad. La culpa que me acompañó durante muchos años hasta la universidad. Levantarte todos los días con la pregunta de por qué me gusta el vecino si soy un niño; pensando cosas tipo, “ah, pero la niña con la que juego también me parece linda y no veo problema en buscar un beso infantil, ¿qué me pasa?”. Esa culpa en forma de signo de interrogación no se va, muchas veces, ni siquiera cuando decidimos salir del clóset.
Constantemente estamos siendo cuestionados, por propios y extraños, sobre nuestros “niveles de bisexualidad”. Se repite la pregunta: ¿pero has estado más con chicos o con chicas?, y no son inocentes esas palabras. En ellas se esconde un ánimo de sentencia unilateral. Si dices que has estado con 20 hombres y 2 mujeres, entonces la matemática es sencilla: eres gay. Como si la sexualidad fuera cuantificable o se tratara de una competencia para ver quién es más bisexual.
No, amores, no hay termómetros que midan eso como si fuéramos máquinas a las que hay que medirles el aceite.
Los cuestionamientos son más fuertes hacia los hombres bisexuales que hacia las mujeres, porque hasta en eso el machismo se entromete. Para muchos machitos de pelo en pecho la mayor fantasía consiste en estar con dos mujeres y por eso el sexo lésbico a muchos les gusta y lo ven.
A las mujeres se les permite socialmente saludarse de beso, andar de gancho a cualquier edad, ser cariñosas entre ellas con sus gestos y palabras. Erotizarlas juntas o por separado es “normal”. Entonces, que una mujer se diga bisexual no es tan extraño, por decir lo menos. Y no es que sea un privilegio que ellas tengan y nosotros no. Eso está lejísimos de ser un privilegio. Pasa porque la mujer está mucho más cosificada sexualmente que el hombre, no por otra cosa. Para muchos, las mujeres existen para satisfacer sus fantasías y deseos, mientras los hombres estamos llamados a dominar y ser fuertes.
¡Otra culpa con la que creces para sumarle a la lista de por qué diablos te gustan también los hombres! Porque las niñas sí pueden cogerse de la mano si son amigas y yo con mis amigos ni siquiera puedo tener un gesto lindo de cariño.
Pero bueno, digamos que ya has superado ese mundo de castración heterosexual y decidiste aceptar que te gustan los hombres y el sexo con ellos. ¿Pero enamorarte? ¡Ufff! Eso ya es otra cosa. ¿Qué pasa si sólo te enamoras de hombres en tu vida? ¿No pues que eres bisexual? Ahí es cuando viene la vocecita: eres gay, deja de fingir.
Y no, ser gay no es malo (obviamente), pero hay quienes no nos sentimos así al igual que tampoco nos sentimos heterosexuales. Parece ser que la lista de personas con las que te has acostado o tus gestos demasiado femeninos cobran un valor inusitado como prueba incriminatoria de tu homosexualidad “no aceptada”.
Sí, parece y suena a un juicio en el que tuvieras que defenderte de no irte por uno de los dos bancos, como si estuvieras en un partido de fútbol o en una guerra. ¡Qué agotador estar dando explicaciones! Pero es necesario para derrumbar prejuicios: la sexualidad no es un campo de certezas, sino de exploraciones. No importa cómo te definas.
¿Cuál es la obsesión por la definición basada en falsos polos opuestos o en extremos? ¿Quién nos hizo tanto daño que estamos pensando la sexualidad como si fuese un teorema, una fórmula de laboratorio? ¿Qué pasa que no estamos dispuestos a vivir nuestra sexualidad con la fluidez y las sorpresas que el descubrir de cada día nos trae?
Invito a todas las personas LGBTIQ+, heterosexuales o como quieran definir su sexualidad e identidad, a que abandonemos los miedos y permitámonos vivir la sexualidad como mejor nos plazca y sin ningún cuestionamiento. Ya son suficientes las preguntas que le rondan a uno en la cabeza cada vez que nos enamoramos o simplemente nos gusta alguien.
Yo, por mi parte, me declaro bisexual; y además, con unas ganas enorme de descubrir la pansexualidad.
Sobre el autor…
Brian Alvarado Pino es politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Especialista en Opinión Pública y Marketing Político. Trabaja para y con la sociedad civil. Disidente de cualquier fanatismo. Bisexual transitando a la pansexualidad.
Nota del director: Este artículo se publicó en la Revista Digital Pandemia en junio de 2020. Decidimos repostearlo con la autorización de su directora con ocasión de la conmemoración del mes del Orgullo LGBTIQ+.
