Televisor portátil Philco (c. 1950). Fuente: Whortopedia.
Televisor portátil Philco (c. 1950). Fuente: Whortopedia.

La bebé sollozó y al instante se arrulló sobre el pecho sibilante de Mamá Señora. Afuera, los gallos cantaban y las cigarras zumbaban en las lomas calientes del Huila. Corría 1932, y desde ese año Lilia creció entre el repiqueteo de los trastes de cocina, el siseo de las oraciones al caer la tarde y el crujir de las ventanas de madera de la vida campesina, hasta cuando un alarido quebró la calma: “¡Vienen los liberales!”. La Violencia tocó la puerta. Entre el estruendo de cascos de caballo, disparos lejanos y llantos de animales, siendo apenas una adolescente huyó con su familia con lo puesto, dejando atrás cafetales, gallinas y el silencio manso del río de San Andrés, su tierra natal.

Llegó a Neiva y el bochinche le pareció otro país: vendedores pregonando, motores carraspeando, radios vociferando noticias. Pero en medio de la algazara, cuando tenía veintitrés años oyó la voz de un sacerdote en la televisión de la tienda, un RCA Víctor que ronroneaba en blanco y negro desde la esquina el mensaje de Dios. Sonaba como si viniera de muy lejos, pero se le instaló cerca, como un murmullo que la seguiría siempre.

En la ciudad conoció a Marcelo, un conductor de volqueta que traía consigo el rugir de los motores y el tintinear de las botellas, con quien compartió por cuarenta años una vida atronadora: en los campamentos, Lilia despertaba antes del alba con el chisporroteo de la leña, el hervir del café con panela y el burbujeo de los calderos de arroz con lentejas, mientras en casa el llanto y las risas de sus diez hijos se encadenaban como cuentas de un rosario.

Aprendió a llevar siempre con ella “el Philco”: un televisor portátil modelo 55 de carcasa crema y marco verde claro alrededor de la pantalla redondeada. En medio del silencio espeso de la cordillera o del bullicio de un caserío polvoriento, a las siete en punto giraba la perilla dorada e iniciaba el rumor de la estática del encendido, ajustaba la antena, y dejaba que la voz colmara el ambiente: los obreros dejaban de martillar, los niños dejaban de gritar. Durante un minuto suspendía el ruido del día a día: el rugido del río que se llevó a su hijo mayor a los veinte años; el suspiro final de su marido cuando la dejó sola; y aún el estrépito de la muerte de su hijo menor que resonó entonces como un portazo. A cada golpe apretaba su crucifijo, los ojos fijos en el Philco, y dejaba que la voz la lavara como el agua sobre la piedra.

La noche del 13 de abril de 2025, Domingo de Ramos, escuchó por última vez la voz, ahora rodeada por la algarabía de los nietos y bisnietos que acompañaban su vida de pensionada. Apagó el Philco, se hizo la señal de la cruz y se acostó. En la madrugada, sin un susurro, se fue tranquila como quien apaga una luz.

2 comentarios en “La señora del Philco”

  1. Que lindo relato de la vida de una gran persona que reunió en su hogar siempre a sus hijos y familias. Toda una gran matrona Huilense.
    Felicitaciones al escritor y a su compañera que contribuyó a la veracidad del relato.
    TITA

  2. Un bello homenaje. Leo también el TV como un anclaje a la vida en vista de las múltiples encrucijadas que se le plantean a la “mamá señora” sin que pueda controlar nunca un rumbo que siempre la toma por sorpresa. Es la vida de tantos que se ve urgida por un azar nuevo cada día y sólo la nobleza y la esperanza de sintonía , aunque llena de ruido e interferencias como metáfora que aparece al encender el TV, con una posible vida mejor, marca su transcurrir hasta el último aliento. Lo bello y grande no necesita textos largos sino palabras sabias. Felicitaciones. Tito

Deja una respuesta