Vista de Neiva. Del archivo personal de la autora.
Vista de Neiva. Del archivo personal de la autora.

“Dicen que la lechuza fue antes una doncella, hija de un panadero.

 ¡Ah! Sabemos lo que somos ahora; pero no lo que podemos ser.”

Ofelia en “Hamlet» de Shakespeare. 

El Huila es muy singular en muchos aspectos. Por ejemplo, su diversidad de zonas bioclimáticas regala la pintura de un nevado de más de 5000 m.s.n.m., que a veces parece esconderse, o de un bosque seco tropical que resiste como memoria de un ecosistema ya inexistente y cuyos vestigios acaparan la atención de científicas de otros lugares. También guarda historias aún no descubiertas en cientos de cuevas y engendra personas con capacidades extraordinarias para la creación. Por eso quiero referirme a un asunto que nos compete y cuya vigencia es irrefutable, a través de unos hechos que espero siembren algo en quien me lee.

Durante los años 2020 y 2022, motivada por mi genuino amor hacía la disciplina musical, trabajé con mucho empeño junto a un profesor en una propuesta académica de pregrado para impulsar la creación del primer programa profesional de pregrado en música que se pudiera ofertar desde el sector público, y a la vez, promover la puesta en funcionamiento de una Facultad de Artes para Neiva y el Huila, a la que estaría adscrito. 

El proyecto sería presentado a la Universidad Surcolombiana (USCO), sin duda la institución idónea para asumir esta importante apuesta, pues ya entre los años noventa y dos mil su Facultad de Educación había graduado licenciadas en Música a través de un pregrado adscrito al núcleo básico de conocimiento (NBC) en Educación. Pregrado que ya no existe y que se creó con mucho esfuerzo ciudadano e institucional.

Entre las diversas labores que adelanté durante la construcción del documento maestro, la búsqueda normativa me trajo, en principio, una grata sorpresa. El 27 de octubre de 2020 —como si se tratara de un juego de números que cambiaron de orden— encontré un documento hasta entonces desconocido para mí: el Acuerdo No. 027, expedido por el Consejo Superior Universitario (CSU) de la USCO, mediante el cual el 12 de julio del año 2002 se creó, al menos en el papel, la Facultad de Artes y se aprobó su estructura en la institución. Esto, según el documento, derivó de un proceso adelantado por un equipo docente especializado en artes y educación artística que presentó un plan de desarrollo proyectado a 10 años.

Entusiasmada —porque asumí esto como una posibilidad guardada en un panorama futuro— compartí el hallazgo con el profesor; pero, de inmediato recordé que esa unidad académica y administrativa no existía en la práctica, aunque sí en el organigrama publicado para esa época en el sitio web oficial[1]. Además, el sistema institucional hacía referencia al “programa de artes musicales”, como si existiera, lo cual nos sorprendió —sobre todo a él, pues descubrió que su vinculación laboral figuraba bajo ese nombre— y dejó interrogantes aún sin resolver. Hoy esas denominaciones confusas no existen en el portal.

En la propuesta se incluyó la encuesta aplicada al público y sus respectivos instrumentos metodológicos. En particular, el cuestionario, diseñado con el propósito de reforzar la pertinencia y relevancia de la creación del programa. Aunque el tiempo para su difusión durante el año 2020 fue limitado, los resultados revelaron interés comunitario y demanda potencial de esta oferta académica: cientos de personas querían una facultad de artes funcionando aquí.

Asimismo, un grupo significativo de personas —al menos las suficientes para conformar veinticinco cohortes en un mismo periodo académico, si se tomara esa referencia— manifestó su disposición para inscribirse en un pregrado profesional en música si se ofertara y hasta para cursar un pre-universitario.

Por un lado, el mayor interés se concentró en el énfasis en canto. No podía ser de otra manera, aquí somos muy “cantarines”. Basta con reconocer el cantao’ del acento opita; oír los pregones que lo atraviesan todo: “mazamorra y colada de achira”, “almojábanas y pandeyucas”, “¡aguacates!”, “tamales”; atender la melodía íntima que pronuncia un “te quiero”; recibir el maullido mañanero de la gata saludando, escuchar un gorrión sanjuanero en la rama del Payandé, o conocer las historias de huilenses que se han ido estudiar canto a otros lugares, así como la de quienes ya tienen una trayectoria profesional como músicas(os).  En cualquier caso, aquí mucho se dice y se percibe de manera cantada.

Por otro lado, los énfasis en composición e instrumento también tuvieron un importante respaldo, porque sí, capacidad creativa hay en el Huila, pero nos hace falta el entorno que estimule y permita el desarrollo supremo de las capacidades, habilidades y talentos en las artes.

Todo esto resultó muy emocionante. Saber que había gente soñando con otras posibilidades formativas acordes a las necesidades de un contexto tan particular como el nuestro, permitió confirmar que valía la pena proponer, al menos para reabrir un debate y cobrar una deuda de veinte años con unos intereses altísimos.

Finalizado el documento, junto con la propuesta de los planes de estudio que realizamos —tarea que nos exigió en su momento también revisar toda la oferta académica en Colombia y en algunos otros lugares, así como aspectos claves en educación superior—, se invocó escalonadamente el apoyo de la comunidad universitaria para discutirla, y si era el caso, destrozarla antes de llegar a instancias superiores.

Lo esencial, al menos para mí, consistía en que el documento se convirtiera en un puente para abrir una discusión pública fundamentada: una invitación a revisar la necesidad de la educación formal en artes o bellas artes en la ciudad y el Huila, a cuestionar y proponer. Claro que queríamos que todo fluyera como el río Magdalena, pero la propuesta con aciertos y desaciertos también convocaba a una revisión rigurosa de lo que pasó en la USCO con la Facultad de Artes del año 2002, con los compromisos institucionales y sus responsables, así como con el programa de música y demás programas en artes a ofertarse. Era necesario reflexionar críticamente sobre el rol de la universidad en esto.

Participaron las voces de profesores que, desde otras disciplinas, aportaron valiosas observaciones producto de la lectura detallada del documento. De hecho, estos exigieron mejoras de la propuesta y consideraron pertinente llevar la discusión al Consejo Académico. Además, reconocidas profesoras y artistas de la disciplina de otras universidades con alta reputación por sus facultades de arte elogiaron varios aspectos claves de la propuesta, lo que sumó al ánimo de mejora. Luego, se interesaron estudiantes de distintos programas de la USCO y de instituciones como el INEM, el CEINAR, el Liceo de Santa Librada, el colegio Claretiano y otras.

Pese a esto, la oposición rotunda y sin fundamentos a debatir la propuesta y llevarla a otras instancias provino, para sorpresa, de algunos pocos profesores surcolombianos y personas que se dedican a la formación artística y la gestión cultural en la ciudad. Algunos no quisieron leer el contenido documental y otros, según su propio discurso, solo necesitaron leer las primeras páginas. Varios de ellos también rechazaron la existencia de interés ciudadano en estudiar música, pese a las conclusiones obtenidas mediante la encuesta. Lo más paradójico fue que no consideraran necesaria una facultad de artes para Neiva o el Huila.

En ese punto, resultó llamativo que esa oposición inicial e injustificada de algunos tuviera vocación de transformarse en apoyo, siempre y cuando su nombre se incluyera en la autoría del documento, aun con las “objeciones previas”. Concluyan ustedes.

Al final, la propuesta no logró avanzar mucho. Merecía revisión, discusión y si lo ameritaba, su destrucción o ajuste, lo que también hubiese sido provechoso de cara a nuevas propuestas. Además, la USCO no nos contrató para hacerla y su rechazo fundamentado era un riesgo que por amor a la música estábamos dispuestas a asumir.

Lo relevante es que, aunque se informó al Consejo Académico, al Consejo Superior de la Universidad y a otras instancias de la existencia de la propuesta, salvo contadas excepciones, no hubo interés en discutir de manera amplia, participativa y pública sobre la necesidad de una Facultad de Artes, o, al menos de programas en artes, ni del rol que la USCO debía y podía tener en esto. Tampoco hubo respuestas de fondo por parte de la institución a las consultas que se relacionaban con aquella Facultad de Artes del 2002.

Luego vino el agotamiento, pero de nuevo, el amor hacía la música permitió iniciar la gestación de otros procesos directos con muchas personas de la ciudad, que les aseguro, a mediano o largo plazo reventarán en una exigencia colectiva e imparable sobre lo básico en educación para el territorio, especialmente en materia artística.

Contado esto, debo decir que el panorama presente de mi territorio en materia de educación universitaria en artes, y sobre todo en música, me hace sentir tristeza; pero también expectativa, pues en donde no hay nada, hay mucho por hacer; y en donde algo existe, como aquí, todo está logrado y solo requiere aunar esfuerzos y visión para crecer.

Pausa. Considero que en lo que existe, como los pocos espacios formativos, se sostienen ciertas prácticas que van en contravía de esa posibilidad de desarrollo y es necesario hacerle frente para acabarlas. Mencionaré unas pocas de forma sumaria. 

Para empezar, rechazo la monopolización de la educación musical que recae en personas expertas en la disciplina, pero que ejercen abuso de poder académico en Neiva, lo que sucede desde hace un buen tiempo con la complacencia del silencio. Esto es lamentable, en especial porque esto puede destruir el sueño de potenciales artistas.

Para seguir, rechazo los entornos en los que se instrumentaliza el arte o la música para acosar de forma sutil o descarada a las mujeres que, por ejemplo, quieren aprender a cantar o a ejecutar un instrumento, desvirtuando así el rol de quien enseña y de las instituciones.

Para terminar, declaro que me incomoda la veneración a un gigante: el ruido, una cultura asentada en Neiva que impide que nos escuchemos para entendernos, que confunde, entorpece y que nos dificulta valorar el silencio y la música. Desde la que nace en el pálpito íntimo hasta la que se escucha por elección, sin distinción del género o estilo, pues al final, sean los poemas sinfónicos de Franz Liszt o un controvertido reggaetón, se trata de expresiones susceptibles de apreciaciones estéticas y técnicas que definen mucho en lo individual y colectivo. Esto último,  enriquece discusiones que deberían darse en esta ciudad que no sabemos cómo habitar, que ni siquiera podemos escuchar —pese a estar rodeada de ríos—, y en donde se ha forjado una cultura de la imposición y del exceso que relega asuntos como este, que nos incumbe a todas, a perderse bajo la suela del ruido.

Estoy convencida de que las artes, —y para mí, en especial la música— son tan necesarias y claves para contribuir a la comprensión de quiénes somos y cómo habitamos, que destinar recursos de todo tipo para su desarrollo en el Huila sería una verdadera expresión de amor hacía sus habitantes. Por eso seguiré proponiendo de todas las formas posibles, y les invito a proponer y a cuestionar, a reírnos pensando y a celebrar que podemos crear. Yo también, como Jaime Garzón, creo que “estamos en malas manos” y “que esto tiene salvación”.

Y sí, existe un conservatorio de música creado hace 75 años, pero no cuenta con recursos técnicos suficientes, ni infraestructura idónea para desarrollar de forma óptima los procesos de educación informal en música a su cargo. Aun así, con mucho esfuerzo hacen lo que pueden en medio de las limitaciones.

Y sí, tenemos una universidad pública con oferta superior de pregrado, pero que carece de programas artísticos o de creación enfocados al desarrollo del talento de sus estudiantes; Y sí, tenemos la Escuela de Ciencias Sociales, Artes y Humanidades (ECSAH) de la UNAD realizando un gran trabajo formativo, sin embargo, los programas en artes visuales y música, acreditados de alta calidad, son virtuales, y es indiscutible que el aprendizaje de las artes en muchas etapas requiere el acompañamiento directo y presencial. 

A propósito de mis reclamos —que espero sirvan para cuestionar, crecer, avanzar, y no para que en adelante alguien me lleve por encima de su corazón—, aplaudo que la USCO hoy oferte programas antes impensados, como Ciencia Política, porque es cierto que comprender y transformar los problemas sociales y políticos de la región aporta a la construcción social y su desarrollo en todos los ámbitos; o como Antropología, porque sin duda, “conocer e interpretar el entorno social, en su complejidad pasada y presente” es necesario para comprender quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde podemos dirigirnos como comunidad huilense.

La enseñanza y el aprendizaje superior de las artes y la música debe tener lugar en el Huila, y esto no contraviene los valiosos procesos de educación informal y los saberes que se gestan y resisten en el territorio. Hay apuestas y procesos formativos y artísticos valiosos.

Por último, les confieso que sueño con que en el Huila se oferten programas universitarios en artes y creación, historia, culturas, arqueología, astronomía, nanotecnología, etnobotánica, geología, energías renovables, sostenibilidad ambiental y demás. Mientras eso ocurre, seguiré buscando y esperando inspiraciones del entorno, como dijo Marta Argerich, porque en mí la música habita como el amor y ambos son la clave esencial para sostener los hilos de un mundo caótico que se mueve en muchas direcciones.    

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde y, por lo tanto, aunque el futuro no exista, quiero imaginarlo como un gran campo de posibilidades reales para las artes en el Huila.

Este artículo se realizó en colaboración con el Huila Festival Internacional de Música. Por ello, les invitamos a participar en el proceso de investigación que adelanta en esta materia, diligenciando la encuesta “Hacia una Facultad de Artes/Creación y Programas Superiores en Música”, disponible en el siguiente enlace: https://forms.gle/UPuRG9m7r38crDdTA


[1] Pese a que ha tenido actualizaciones, si se realiza la búsqueda a través de cualquier motor de consulta en línea se puede encontrar un rastro de información del organigrama anterior en el que hasta el año 2023 se reportaba Facultad de Artes en la Universidad Surcolombiana.  

Un comentario sobre “Una deuda que crece: una Facultad de Artes que no aparece”

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