Foto de Thangpu Paite. Disponible en pexels.com
Foto de Thangpu Paite. Disponible en pexels.com

Por: Ammy Hoyos Ospina.


La cultura popular muy frecuentemente actúa como un espejo que refleja los traumas y heridas del individuo y/o de un grupo. Esta se convierte en un espacio de expresión de la fragmentación y enajenación del individuo y del colectivo. Pero, ¿Cómo contribuye al desmoronamiento y a la vez construcción de la realidad en un sistema obsoleto basado en el miedo y la desconexión? 

Desde el 2023, cuando apareció la particular frase de Shakira que ha dado la vuelta al mundo, de la mano del lanzamiento de su álbum, “las mujeres no lloran, las mujeres facturan”, han sido diversas las reacciones. Una frase que nace del duelo, tras la ruptura de su relación con el futbolista Gerard Piqué, se ha convertido en la bandera de millones de mujeres para proclamar el empoderamiento femenino, la independencia económica y la liberación del yugo de la tusa. Pero la tierra no es plana. 

No debemos negar que esta frase es un grito, pero va más allá del individuo, nace del trauma colectivo y habita en lo que el psiquiatra suizo Carl Jung denominó el inconsciente colectivo: aquel conjunto de experiencias, símbolos e improntas que los seres humanos comparten y son heredadas de nuestros ancestros. Sí, es un grito de un dolor ancestral compartido por generaciones de mujeres sometidas al peso de un sistema que ha oprimido, silenciado y reducido. Aquí hay que ir más allá de la dualidad del tema, de la víctima y el victimario. Mantenernos en el Triángulo de Karpman anula la responsabilidad y el verdadero impacto de este fenómeno en nuestra sociedad. 

Esta frase no busca resignificar el dolor de la cantante ni de las mujeres que la escuchan: es una señal de un deseo inhabitado, una estrategia de supervivencia, en la que el sufrimiento de la pérdida se transforma en éxito económico, como si esto pudiera exorcizarlo o actuar como paliativo. Pero ¿realmente es así? ¿O simplemente estamos reciclando un modelo que mide el valor humano por su capacidad de producir y acumular?

Expertos en trauma, como Gabor Maté y Resmaa Menakem, señalan que el trauma individual no es algo independiente. El trauma individual, ancestral y colectivo hace parte de un único sistema interdependiente. Su impacto se deja ver en estructuras sociales que permean las relaciones y la forma de percibirnos y hasta de sentirnos. 

Ahora bien, en el último tiempo se ha vuelto incómodo sentir, dejar que la experiencia haga su camino en el cuerpo. Atravesar el duelo implica sumergirse en la emoción y liberarla desde su raíz, desde la memoria que se despierta con cada vivencia. 

Sin embargo, más allá de la función de las lágrimas para liberar el cuerpo de estrés y ayudar a equilibrar las emociones, gracias a las hormonas que contienen y actúan como calmante natural, el llanto permite entrar en conexión con la emoción y sirve de catalizador para pasar de la experiencia a la resolución. Llorar es como respirar. El llanto que se activa como resultado del dolor físico o moral que experimentamos activa 20 áreas cerebrales, permitiendo realizar una valoración específica de lo que nos hace llorar. Al terminar, este libera endorfinas, uno de los neurotransmisores que más calma aporta, al tiempo que genera una sensación de bienestar y esperanza. 

¿En qué momento empezamos a deshabitarnos del dolor y del lenguaje más básico: el llanto? Llorar es una expresión emocional típica pero no exclusivamente humana, una respuesta de muchos organismos en su complejidad fisiológica, cognitiva y socioemocional que ha recibido poca atención de las ciencias comportamentales. El poeta romano Ovidio escribía a principios de la era común: “es un alivio llorar, las penas se desahogan y son arrastradas por las lágrimas”. En tanto, Shakespeare escribió: “llorar es hacer menos profundo el duelo”. Disfruto la expresión artística que me invita a moverme a través del sentimiento, que recorre el camino, habla de los obstáculos, que cuestiona. 

La negación de la vulnerabilidad y el llanto como expresión de la emoción también es la negación de la condición humana. Esta frase de Shakira es una internalización de una narrativa patriarcal, que refuerza los pilares de un sistema que ha encontrado un nuevo lenguaje enmascarado de liberación y empoderamiento. Que las mujeres reproduzcan esta frase como un mantra es un síntoma de este trauma colectivo, donde hombres y mujeres basan su relación consigo mismos y con el mundo en la desconexión y la represión emocional. 

Lo que Shakira ha hecho con su música no es solo facturar: es lanzar una señal al mundo de que el dolor que sienten mujeres (pero también hombres) no es individual, sino colectivo, que detrás de cada himno de empoderamiento hay una memoria que aún necesita ser reconocida y trascendida. Sanar los traumas colectivos tiene como reto, crear espacios donde se acoja la vulnerabilidad, la emoción y su expresión. Este es el verdadero cambio de las estructuras y paradigmas dominantes: dejar que el dolor nos transforme. 

Sobre la autora…

Ammy Hoyos Ospina es educadora cuántica, consultora organizacional y activista de prácticas auto-indagativas y de transformación humana. Su mirada caleidoscópica y holística nutre su misión de despertar la maestría interior, lo que además, le ha permitido desarrollar la Integración Cuántica como método de acompañamiento basado en su investigación sobre los 5 pilares de la transformación humana.

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