Presidente Trump anuncia invasión en Teherán. Fuente: Europa Press.
¿La potencia norteamericana ha dejado claras sus intenciones? Samuel Hernández analiza el discurso y las medidas tomadas por el segundo gobierno Trump; al igual que las consecuencias internacionales que estas han desencadenado.

Por: Samuel Hernández.

Las acciones del hegemón en los últimos meses dejan mucho que pensar. El gran concierto internacional desconoce cómo prepararse ante el papel de Estados Unidos en esta nueva fase y el fantasma del realismo internacional de la posguerra regresa al escenario para movilizar a los Estados que se ven obligados a cambiar su agenda respecto los nuevos roles de Estados Unidos en el mundo. 

Durante este segundo gobierno de Donald Trump hemos visto ataques militares, ataques económicos vía aranceles desproporcionados, intervenciones en terceros estados y un líder que se denomina a sí mismo como el hombre que acaba guerras. ¿Hay realmente un cambio disruptivo en la potencia hegemónica o simplemente son las mismas dinámicas imperialistas con un nuevo tono?

En primer lugar, vale la pena escarbar en el pensamiento realista de las relaciones internacionales. Según los teóricos de esta escuela, lo más importante son los propios Estados como unidad predominante del sistema internacional. En palabras de Kenneth Waltz: “ (…) la estructura del sistema internacional es anárquica; no existe una autoridad por encima de los Estados.” El interés nacional como núcleo decisional estratégico tiende a fortalecer al Estado como figura preponderante. Incluso su participación en escenarios internacionales depende de dicho interés. La decisión de intervenir en otro escenario interno (pensemos en Venezuela e Irán) depende precisamente de ese interés. El Derecho Internacional no constituye precisamente un límite en cuanto el respeto al mismo solo se da cuando no afecta el interés nacional. 

Estados Unidos ha hecho del realismo su leitmotiv durante buena parte de las ocho décadas tras el fin de la Guerra. Lo paradójico resulta ser que la mayoría de este tiempo lo hizo aparentemente dentro del marco jurídico negociado tras el final de la misma. Sin embargo, el segundo gobierno de Donald Trump ha roto el patrón tradicional: el mandatario norteamericano ha arremetido contra las instituciones internacionales, tras afirmar que no habían servido para nada y que él y su país en menos de un año habían terminado la guerra de medio Oriente y la de Rusia con Ucrania, ante la ineficacia del sistema.

Evidentemente el supuesto fin de estos conflictos es ampliamente cuestionable, pero además el rol estadounidense se ha dado violentando la soberanía de otros Estados, fuera de los acuerdos que deberían darse en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y con roles individuales a partir del interés norteamericano. Lo anterior nos lleva a recordar los análisis tras el 11 de septiembre, hace casi un cuarto de siglo: “Estados Unidos busca usar su política exterior para mantener la superioridad militar y evitar que otra potencia domine regiones clave del mundo.” Mearsheimer (2001). 

Las medidas que ha tomado la potencia norteamericana no son únicamente militares, puesto que durante los últimos meses ha decidido implementar políticas arancelarias como armas de presión a otros Estados. Latinoamérica no ha escapado a las nuevas dinámicas de represión económica. Estamos frente a un reciclaje de la política Monroe que acuñó la confederación en 1823 y que rezaba “América para los americanos”. La nueva adaptación, que el imperio ha decidido denominar Doctrina Donroe en un extraño juego de palabras que evoca el nombre del nuevo mandatario, no oculta el interés intervencionista por vía económica. Es la recapitulación de la vieja máxima “La política exterior estadounidense funciona bajo la lógica de maximizar su poder y limitar el de los rivales potenciales”, en términos del ya citado John Mearsheimer. 

No es solamente que Trump quiera manejar el poder vía arancelaria, sino que también con esta medida sacude las agendas de otros Estados y los obliga a posicionarse en la lógica de aliados o adversarios. Esto se ha evidenciado ya en el caso Panamá, tras las presiones en torno al canal el año pasado, o respecto a la Unión Europea a través de las críticas a su bajo nivel de compromiso en lógica OTAN. El caso Panamá apunta a una de las lógicas del imperio para América Latina: distanciarla de China y recuperar las lógicas de influencia territorial desarrolladas durante la Guerra Fría. La misma lógica aplicaría discursivamente para aquellos países que reconozcan a Palestina como Estado legítimo.

Las prácticas imperialistas que ha impulsado la potencia en América Latina han estado amparadas en el discurso de lucha contra el narcotráfico. Esto fue desarrollado por George Kennan en términos de teoría de la contención. La identificación de un enemigo simbólico (en otro tiempo lo fue el terrorismo) justifica una tensión y de paso el rol de salvador del imperio. Lo anterior termina justificando bombardeos, intervenciones y presiones internacionales fuera del marco del derecho internacional. 

Aunque las formas son más violentas y menos predecibles que en otrora (por ejemplo, fuera del marco de alianzas preestablecidas), Estados Unidos sigue comportándose en patrones de tipo realista: siendo un árbitro de un mundo en competencia y estado de supervivencia, aunque para ello enarbole discursos justificantes. 

El imperio no ha perdido las prácticas, aunque haya incrementado los malos modos. El interés nacional se convierte en determinador comportamental en un ambiente hostil. El discurso del mandatario y de su línea más dura solamente ha elevado la pugnacidad, pero la real pregunta es si las nuevas maneras del imperio han llegado para quedarse más allá del horizonte del mandato trumpista.

Sobre el autor…

Samuel Hernández Muñoz es estudiante de Ciencias Políticas y Gobierno en la Fundación Universitaria Los Libertadores. Ha escrito para EsDePolitologos, Vía Pública y actualmente colabora en La Nota Política.

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