
Por: Ana Patricia Collazos, poeta y editora.
Durante años, la creación literaria, la construcción de proyectos, la gestión de recursos, la creación de muchos de los procesos del ecosistema del libro, han surgido y sobrevivido sobre los hombros de mujeres escritoras y gestoras culturales. Tristemente, la toma de decisiones y la visibilidad en los escenarios de la literatura y de la circulación editorial no.
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Durante muchos años asistí con entusiasmo a los eventos y las distintas inauguraciones de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Para mí, que siempre soñé con que mis versos llegaran a la página y que mis libros llegaran a un stand de librería, era como estar en un mundo maravilloso donde mi papel de escritora se empapaba con la tinta de la dicha. Pero este año 2026, cuando mi oficio de escritora se ha consolidado con mi trabajo de editora independiente, decidí no asistir a tal acto protocolario, luego de que por varios años fuese testigo de la misma escena. Solo hombres en el escenario. Solo hombres en los discursos.
Y en efecto, pasó lo mismo. Un gran escenario para el mundo del libro donde la mesa principal está compuesta por hombres. Y aunque la presencia de la ministra de cultura respondía a lo que su cargo corresponde, nosotras, las que hacemos los libros, no estábamos representadas allí. La diversidad del campo editorial y literario colombiano no estaba representada por en ninguna mujer. Así lo decidieron y no fue casualidad. Esa decisión corresponde a una estructura de poder en la que las hacedoras de cultura no nos sentimos representadas.
Esta escena se ha repetido durante años en distintos escenarios culturales del país, incluso en nuestra región, donde he sido sacada de la foto por quienes toman las decisiones o quienes obedecen silentes a la costumbre de visibilizar solo a quien tiene un cargo político o un apellido. En medio del calor estival de nuestra tierra, se advierte en el ambiente cuánto les cuesta reconocer lo que hemos logrado. Por ejemplo, en el pasado fin de semana el Diario La Nación le dedicó dos páginas a un autor y no se hace referencia a la editorial, presidida por una mujer editora, que aportó para dar a luz sus escritos y garantizar los espacios de circulación de su obra. Lo mismo pasa con el Diario del Huila, que solo hace referencia a escritores hombres.
Por eso hoy, que cerca de quinientas mujeres del sector editorial nos hemos manifestado públicamente, como escritora, poeta, editora y gestora cultural, como directora del Festival de poesía de Neiva, como cofundadora de La Gaitana Periodismo Independiente, y como mujer de palabra, me uno al nuevo movimiento nacional de mujeres que reclaman algo que no debería ser excepcional: igualdad y visibilidad en el sector editorial. Lo que está en juego no es únicamente la participación en un evento, sino la legitimidad simbólica de quienes tienen derecho a narrar, a ser leídas, a ocupar los espacios donde se decide qué voces representan a una región, a un país.
El Huila, como el mundo, está lleno de escritoras. Algunas dedicadas al oficio con una disciplina de orfebre, lo que les permite crear obras poéticas o narrativas; otras que escriben profesionalmente o que simplemente lo hacen como una posibilidad de dar a luz sus ideas y emociones. Muchas hay que no dan a conocer su creación. Muchas autoeditadas, otras aprendiendo el oficio con entusiasmo. Ya sean investigadoras, historiadoras o redactoras, son mujeres que escriben. Y junto a ellas, están las otras mujeres del ecosistema del libro: editoras, ilustradoras, traductoras, libreras, correctoras de estilo, agentes literarias, críticas, periodistas culturales, diseñadoras, gestoras culturales, mediadoras de lectura, talleristas, docentes, investigadoras, promotoras, directoras de ferias y festivales literarios.
No es que no haya mujeres en este mundo literario y editorial, lo que persiste es una lógica de exclusión que opera en los espacios de mayor visibilidad: ferias, paneles centrales, catálogos internacionales, jurados, direcciones editoriales. Es ahí donde se configuran las jerarquías que luego se traducen en publicaciones, circulación, traducciones y reconocimiento.
Como lo cuenta el manifiesto Vamos a armar la espantosa, firmado por 480 escritoras colombianas, no es la primera vez que esta situación genera una respuesta colectiva. En 2017, un grupo de escritoras impulsó la campaña #ColombiaTieneEscritoras ante la decisión de presentar una delegación literaria en Francia sin una sola mujer. Aquella acción no solo denunció una omisión, sino que abrió una conversación necesaria sobre la representación en el campo cultural. A partir de ese momento, surgieron iniciativas importantes: premios dedicados a escritoras, colecciones que rescatan voces históricamente invisibilizadas, políticas públicas orientadas a cerrar brechas. De esta primera acción nació incluso la Colección de mujeres escritoras colombianas.
Sin embargo, el problema no se resuelve únicamente con la creación de espacios paralelos. El verdadero desafío sigue estando en transformar los escenarios centrales, aquellos que otorgan legitimidad y definen qué se considera “representativo”. Porque mientras se crean bibliotecas, premios y programas específicos, las decisiones que configuran el canon contemporáneo siguen reproduciendo las mismas exclusiones y en los escenarios académicos donde los hombres toman las decisiones, no tenemos cabida las mujeres, salvo que sean las que agachan la cabeza y cumplen con sus mandatos obedientemente. Apenas ahora la Universidad Surcolombiana está revisando el panorama de las mujeres que escribimos, pero falta aún que nuestra obra pueda llegar al tablero de los estudiantes de lengua castellana y se empiece a construir una literatura regional en la que tengamos presencia.
La cuestión, entonces, no es si hay avances —los hay—, sino por qué estos avances no logran traducirse en una presencia equitativa en los espacios más visibles. ¿Por qué, si existen más escritoras publicando, más editoras trabajando, más investigadoras produciendo conocimiento, las mesas principales siguen ocupadas por los mismos perfiles? La respuesta incomoda, pero es clara: porque el campo editorial aún opera bajo lógicas de poder que privilegian ciertas voces sobre otras.
Este nuevo manifiesto nos invita a poner sobre la mesa la discusión sobre qué tanto machismo persiste en el mundo literario; no como una simple consigna, sino como un llamado a que tendamos puentes de diálogo para que las políticas públicas den luces sobre cómo fortalecer el ecosistema de manera equitativa.
Desde el Huila, esta realidad se vive distancia partir de una doble exclusión mediada por el hecho de ser mujer y estar fuera de los centros tradicionales de poder editorial. Durante años, quienes hemos decidido escribir y editar desde el territorio hemos tenido que abrir camino en condiciones que no siempre reconocen nuestro trabajo. Además, hemos tenido que luchar con las tradicionales envidias, egos y costumbres malsanas de coterráneos que perpetúan el cuestionado discurso que demerita lo creado por una mujer solo por el hecho de ser mujer, señalando con burla a aquella que intenta salirse de lo común, y, peor aún, invisibilizándola al gozar de reconocimiento externo por su trabajo.
En ese camino, una certeza se vuelve evidente: las mujeres no solo estamos escribiendo, estamos construyendo tejido cultural. Estamos editando libros, organizando encuentros, creando plataformas, formando nuevas voces. Y, aun así, cuando llega el momento de representar a la región en los grandes escenarios, seguimos siendo omitidas.
Me uno a este movimiento porque el sector cultural en general tiene que empezar a reconocer la diversidad del país y el aporte que hacemos las mujeres para la expansión de la cultura en la región. Del mismo modo, no es lo mismo ejercer el oficio de la escritura para un hombre que para una mujer, por las condiciones culturales, familiares e incluso económicas. Muchas de nosotras invertimos de nuestros recursos solo para estar en el circuito de conferencias y eventos que representa una feria del libro y, así, fortalecer el oficio. Para muchas de nosotras este es un oficio que tomamos muy en serio y del cual vivimos. Confieso que este es mi caso, pues vivo de la literatura y de la edición.
En consecuencia, la imagen de la foto de apertura de FILBO 2026 sí importa; como importan los protocolos regionales, las páginas sociales y las agendas periodísticas donde la literatura apenas es mencionada. No necesitamos vitrina para el ego, pues para eso están las redes sociales. No queremos que nos suban a la tarima solo para ser presentadoras o lectoras. No queremos ser juradas de concursos literarios institucionales sin pago justo. Lo que exigimos es que nuestro nombre y profesión sea respetado en estos escenarios, porque cada vez que una mesa excluye a las mujeres, se empobrece la conversación cultural y se reduce la complejidad de las narrativas. Al final, volvemos al papel decorativo que tanto molesta. En suma, cada vez que esto pasa, se deja de manifestar a las nuevas generaciones y al mundo que debemos ser una sociedad diversa, amplia y justa.
Frente a esto, debemos seguir buscando escenarios más equitativos donde la diversidad sea una regla, pues la literatura ya es diversa por sí, ya está siendo escrita por muchas mujeres. Lo que falta es que esa diversidad se vea reflejada en los espacios de visibilidad.
La escena de la FILBo 2026 no debería repetirse. No porque sea incómoda, sino porque es insostenible. Porque ya no responde a la realidad de un campo literario en el que las mujeres llevamos años escribiendo, editando y transformando. Desde el Huila, seguiremos escribiendo y editando, tejiendo relaciones y construyendo sentido desde la palabra. Hoy, más que nunca, nuestra tinta seguirá escribiendo la historia: una historia que nos represente; una distinta a la de la foto de la FILBO.
Yo, poeta de oficio, seguiré escribiendo, no para complacer, sino para incomodar.
Porque mi palabra es mi poder.
#ColombiaTieneEscritoras
#ElHuilatieneEscritoras
#ColombiaTieneEditoras
#VamosaArmarLaEspantosa
Sobre la autora…

Una completa integralidad de saberes y conocimiento: desde poeta a periodista. Desde empresaria a escritora. Desde ejecutiva a gestora cultural. No sobra decir que esta mujer huilense es una increíble cantante y conferencista. Creadora y directora de la Editorial Tierra de Palabras. Es el corazón del Festival Internacional de Poesía de Neiva y el alma de la Feria del libro Filvorágine. Cofundadora de La Gaitana Periodismo Independiente y voz oficial de La Gaitana Podcast.
