
En los últimos meses he pensado en la fijación actual con la infancia. Me preguntaba por qué las portadas de los discos musicales son caricaturas que retratan un mundo de fantasía para niños; por qué las películas de superhéroes dominaron la industria del cine por varias décadas; cuál es el secreto del éxito detrás de las tiendas de artículos para el hogar y el uso cotidiano que implementaron en sus productos un diseño infantil, que los hace parecer juguetes más que objetos útiles; por qué incluso la última moda de la industria de la tecnología, la inteligencia artificial, pasó de ser la promesa de una revolución para las ciencias y la computación a ser una especie de divertimento para adultos, un juguete con el que se entretienen los grandes como si fueran niños.
Pero hay una contracara de esta fascinación con lo infantil como cualidad: el desprecio a la infancia efectivamente realizada, materializada, es decir, el desprecio a los niños. No es que la fijación con lo infantil lleve a los adultos a protegerlos con más celo o a procurar su bienestar. Más bien ocurre lo contrario: los niños son objeto de formas —algunas sutiles, otras, no tanto— de marginación y rechazo. El mundo de los adultos contiene la regla, a veces explícita y a veces tácita, de no permitir la presencia de menores de edad. Con ello, los niños son efectivamente relegados a espacios educativos, domésticos o lúdicos.
Los últimos casi que se tienen que dar por descontados: cada vez hay menos espacios lúdicos, debido a que no son una fuente significativa de lucro. Lugares como los parques, las bibliotecas o los teatros, aptos para niños, deben ceder terreno a actividades y lugares que sean fuente de ganancia. Los espacios educativos son, sin duda, importantes, pero también son los espacios donde los niños más deben someterse a la autoridad de los adultos. No están hechos para que los niños los experimenten libremente, sino bajo la tutela adulta. Los espacios domésticos, entretanto, que vendrían a ser el lugar intermedio entre la libertad del espacio lúdico y la construcción del educativo, están transformándose por cuenta de la tecnología digital. Allí donde un adulto debía poner toda su atención y energía en el niño, han empezado a aparecer dispositivos digitales, que cumplen la tarea de mantener ocupado al infante y de apaciguar su inquietud. El precio por pagar es el desarrollo físico y psíquico del niño, cuya formación pasa a ser la atención pasiva ante una pantalla que lo bombardea con una rapsodia de estímulos sensoriales.
Esta ambivalencia se manifiesta en una constelación de actitudes hacia la infancia y hacia los niños que tienen lugar en distintos escenarios de la vida social. En la psicología, tanto científica (que desde hace más de un siglo, en el psicoanálisis, ha querido rastrear el origen de la vida mental de los adultos en vivencias de infancia) como vulgar (que suele tomar elementos de la psicología científica y reinterpretarlos como mecanismos de autoayuda), los conceptos que hacen referencia a la infancia han adquirido fuerza en el último tiempo: especialmente en el mundo anglosajón es común hablar de los daddy issues, de los mama’s boys o del inner child. Todos estos son mecanismos a través de los cuales los adultos buscan asociar sus conductas presentes a su infancia, como si esta nunca se superara realmente, como si no fuera posible escapar de los traumas.
En el consumo es quizá donde más tangiblemente se manifiesta el apego a la infancia, en la medida en que las mercancías hechas para niños se les presentan a los adultos como el medio con el cual pueden aferrarse a su pasado. Rodeándose de objetos infantiles, los adultos sienten que recuperan su infancia perdida. Ni siquiera el deseo sexual escapa a la fijación con la niñez; las tristes noticias de los últimos años dan cuenta del aumento de casos de depredación sexual a niños. No sobra mencionar también la infantilización de la política, evidente en las campañas, en las rabietas y los caprichos estúpidos de sus protagonistas o en los formalismos escolares de las instituciones. Todo apunta a que la actitud ambivalente hacia la infancia suscita en los adultos el deseo de retenerla y persistir en ella mientras se la reprime allí donde efectivamente existe.
No tiene caso tomar partido por uno de los dos polos de esta ambivalencia para tratar de resolverla. Ya conocemos las consecuencias de una inclinación semejante. El deseo de materializar una adultez absoluta y severa, que mutile cualquier dejo de niñez en el individuo, no desemboca en el ideal ilustrado de alcanzar la verdadera autonomía, sino en el cinismo desencantado: quienes creen elevarse muy por encima de toda forma de infantilidad no consiguen mucho más que llenarse de amargura. Entretanto, el intento por extender indefinidamente la infancia no desemboca en ninguna especie de sanación de los traumas que libera al espíritu ni en una humanidad menos endurecida, sino en el deseo vano y doloroso de aferrarse a lo que ya no puede regresar y, por consiguiente, en expresiones histriónicas, ridículas y falsas de la niñez.
Hay que insistir, por más obvio que parezca, en la posibilidad de asumir la adultez sin necesidad de aniquilar la infancia ni tampoco de falsearla. Lo que enseña Hegel en el dominio del pensamiento aplica con tanta o más validez en la experiencia misma de vivir: negar algo no implica eliminarlo por completo ni desconocer su momento de verdad. Hacerse adulto es negar la niñez, mas no desconocerla ni olvidarla. El adulto puede preservar algo de su infancia para no endurecerse; debe recordar que una vez fue un niño y ser capaz de traer al presente la inocencia, la capacidad de asombro y la ingenuidad con la que veía el mundo. Pero no puede permanecer en estas actitudes, indistintamente de lo que le ocurre a su alrededor, negando su propio presente. Quizá parezca una trivialidad, pero si lo fuera, la ambivalencia frente a la infancia no se materializaría de formas ridículas o perversas. Quizá insistiendo en el recuerdo de la infancia, más que en su prolongación, esté la clave para contemplarla con la distancia justa en vez de aspirar a poseerla.
