Fotografía de Abhishek Navlakha. Tomada de Pixels.

Por: Llucià Pou Sabaté.

Cada 1 de mayo recordamos a los trabajadores que, en el siglo XIX, se jugaron la vida por algo tan básico como limitar la jornada laboral. Aquella lucha no era simbólica: era una cuestión de dignidad. Hoy, más de un siglo después, conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿realmente hemos avanzado, o simplemente hemos sofisticado la precariedad?

En América Latina, la respuesta no admite demasiada retórica. La informalidad no es una anomalía, es la norma. En algunos países, alcanza a más del 80% de la población. No estamos hablando de excepciones, sino de un sistema que funciona estructuralmente al margen de la protección laboral. La promesa de progreso asociada a décadas de liberalización económica no ha eliminado la fragilidad: la ha redistribuido y, en muchos casos, la ha normalizado.

Aquí conviene ser precisos: no todo lo que ocurre puede explicarse por decisiones individuales. Cuando millones de personas sobreviven fuera del sistema formal, no estamos ante un problema de actitud, sino ante un marco que limita radicalmente las opciones reales. Insistir en que “todo depende de uno mismo” no solo es falso: es funcional a un modelo que descarga su responsabilidad sobre quienes menos margen tienen.

Ahora bien, detenerse ahí también sería una forma de simplificación cómoda.

Porque si algo define nuestra época no es solo la precariedad material, sino una forma más sutil de desgaste: la pérdida de sentido del trabajo. Incluso dentro del empleo formal, el aumento de los riesgos psicosociales —el agotamiento crónico, la desmotivación, el burnout— revela una fractura más profunda. No es solo que el trabajo sea duro; es que, para muchos, ha dejado de importar.
En este punto suele aparecer una historia conocida: la de los tres picapedreros. A uno le preguntan qué hace, y responde con amargura que rompe piedras para sobrevivir. El segundo dice que está ganándose la vida con un oficio digno. El tercero afirma que está construyendo una catedral.

La historia funciona porque apunta a algo real: la interpretación importa. Dos personas en condiciones similares pueden vivir su trabajo de manera radicalmente distinta.
Pero conviene no engañarse.

Esa historia se ha utilizado demasiadas veces para insinuar que el problema del trabajo es, en el fondo, una cuestión de actitud. Y eso es una simplificación peligrosa. El tercer picapedrero puede ver una catedral solo si sus condiciones no lo están destruyendo física o psicológicamente. Cuando el trabajo es pura explotación, hablar de “sentido” sin cambiar la realidad material no es sabiduría: es cinismo.

Y sin embargo, el extremo contrario tampoco se sostiene. Reducir la experiencia del trabajo a las condiciones externas elimina cualquier margen de libertad interior y convierte a la persona en un producto pasivo del entorno.
El sistema condiciona, pero no agota la experiencia humana.

Esto se vuelve especialmente visible en el caso de las mujeres. Sobre la precariedad laboral se superpone, casi siempre en silencio, una carga estructural de cuidados que sigue siendo invisible y, en su mayor parte, no remunerada. Ese trabajo —criar, sostener, acompañar— no aparece en las estadísticas del empleo formal, pero es el que mantiene en pie buena parte de la vida social. Hablar de “elecciones individuales” sin reconocer esa base material no es solo incompleto: es una distorsión de la realidad.

Por eso, cuando se habla de “encontrar sentido en el trabajo”, conviene evitar dos trampas opuestas. La primera es la ingenuidad voluntarista: pensar que basta con cambiar la actitud para transformar cualquier trabajo en vocación. La segunda es el determinismo total: asumir que, sin condiciones ideales, el sentido es imposible.
Ninguna de las dos se sostiene.

El sentido no surge en el vacío. Tampoco viene garantizado por las condiciones. Aparece —si aparece— en un espacio frágil donde lo exterior y lo interior se entrelazan. Y ese espacio hoy está siendo erosionado por ambos lados: por estructuras que priorizan el beneficio sobre la dignidad, y por una cultura que ha sustituido los ideales por la adaptación constante.

Aquí es donde el discurso dominante suele fallar. Hay empresas que hablan de propósito, de bienestar, de equipos comprometidos. Pero rara vez se aborda el conflicto central: ¿qué ocurre cuando el bienestar de las personas choca con la lógica del beneficio? ¿Quién cede entonces? Sin responder a esa pregunta, todo lo demás es cosmética.

Decir que el trabajo no es una mercancía es una afirmación potente, pero incompleta si no se traduce en estructuras concretas: regulación efectiva, reconocimiento del trabajo de cuidados, límites claros a la explotación, protección frente al desgaste psicológico. Sin eso, el discurso ético se queda en declaración de intenciones.

Tampoco podemos refugiarnos en la crítica estructural como excusa para la inercia personal. Porque hay otra forma de alienación más silenciosa: la renuncia a cualquier forma de interioridad, la adaptación acrítica a lo que hay, la reducción de la vida a pura supervivencia o consumo.

Ese es el punto donde el problema deja de ser solo económico y se vuelve existencial.
No todo depende de nosotros. Pero tampoco nada. Y esa zona incómoda es precisamente donde se juega algo decisivo: la posibilidad de no quedar completamente definidos ni por las condiciones ni por la resignación.
El reto no es elegir entre cambiar el sistema o cambiar la actitud, como si fueran opciones excluyentes. Es sostener ambas exigencias a la vez, sin usar una para evitar la otra.

Porque no habrá trabajo digno sin transformaciones profundas en nuestras estructuras económicas. Pero tampoco habrá sentido en el trabajo si reducimos al ser humano a una pieza pasiva dentro de ellas.

Y mientras sigamos confundiendo adaptación con dignidad, o motivación con justicia, seguiremos construyendo un mundo donde trabajar no es vivir, sino simplemente resistir.

Sobre el autor…

Buscador de la verdad. Enamorado de la vida. Con pasión por ayudar a los demás. Con ganas de construir un mundo mejor por el amor. Colaborador en revistas científicas, periódicos y portales de internet, además de desarrollar una actividad de difusión en las Redes sociales.

Profesor en la Universidad Internacional de La Rioja. Doctor en teología y humanidades (Università della Santa Croce – Roma). Doctorando en Filosofía (Universidad de Granada). Máster en profesorado de educación secundaria (Ciencias sociales: Filosofía; Universidad de Granada 2021).
Licenciado en Geografía e Historia (Universidad de Sevilla 1978-1982; Universidad de Córdoba 1982-1984), España. Profesor de filosofía y teología (moral-dogmática), desarrollo personal.

Un comentario sobre “El trabajo en el siglo XXI: precariedad, sentido y la mentira que nos contamos”

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