
Por: Juan Gabriel Cortés.
“La vida del hombre es inviolable, y quitarla sin razón es un crimen”
Reinaldo Matiz.
En Colombia, la violencia no actúa sola: va secundada, casi siempre, por la impunidad. A veces lo hace desde los tribunales; otro tanto, desde la prensa. Los hechos se relativizan, se tergiversan, se narran de manera conveniente. Lo que fue un homicidio acaba convertido en “fatalidad”, “tragedia”, cuando no en “malentendido”. Así ocurrió con el asesinato de Reinaldo Matiz Trujillo, el primero por razones de oficio en Colombia, aunque durante décadas fuera presentado como el inevitable desenlace de un “legítimo duelo”: dos hombres armados que se encuentran “frente a frente” para dirimir una afrenta. Una fórmula fácil y hasta burda, más si se contrasta con la convicción de Matiz sobre el carácter “inviolable” de la vida humana.
A casi un siglo, esta fue la versión oficial de los hechos aceptada por el Tribunal Superior de Bogotá y replicada por los medios: Arcadio Perdomo y Reinaldo Matiz se enfrentaron en un duelo “con la razón suprema de los calibres de sus pistolas”, producto de un agravio a la “honra” de la familia Perdomo Serrano en la prensa local. Reinaldo, a quien se le achacó la “mala suerte” de no poder quitar el seguro de su arma, cayó gravemente herido frente a la Droguería Americana, en Neiva, el 1 de noviembre de 1924, alrededor de las 4: 30 pm. Presenciaron el atentado quienes departían con Reinaldo. Entre ellos debe contarse a Julio González, el testigo estrella, y a Isidro Calderón, el propietario de la droguería. Según la necropsia, realizada por Rafael Luque y Luis Antonio Díaz, Matiz murió el día siguiente, el domingo 2 de noviembre, a la “una de la mañana”. Una escena casi literaria, si no fuera porque un ser humano fue asesinado por decir la verdad y el homicida salió en libertad en menos de un mes.
A comienzos de siglo XX, Neiva no era un escenario marginal de la política y la economía colombiana. Era, como tantas provincias, un territorio donde persistía la vida agorera para no decir feudal: alianzas entre gamonales, curas, políticos y prensa. La palabra de Matiz no era desconocida. Publicar el artículo implicaba jugarse la vida. Y Matiz lo sabía: siempre había sido una figura incómoda para la casta enfeudada del Huila. Hizo escuela periodística en Bogotá al trabajar para Transocean (1917-1919). Desde esta tribuna defendió la neutralidad nacional y la “amistad colombo-germana” ante la desinformación “aliadófila” y las presiones de la “República del Norte”, afinando una política de escritura que, con “la caída de las águilas” o el final de la “Gran Guerra” (1918), terminaría de radicalizarse en la provincia.
A Reinaldo lo mataron por revelar lo que llevaba dos años oculto: “la masacre de Los Limpios”. El 12 de marzo de 1922, cuando tenía lugar una minga indígena en el Caguán, Huila, organizada por Manuel Quintín Lame, la respuesta de la gendarmería de Neiva a la supuesta asonada fue desproporcionada: según el relato oficial, hubo tres indígenas muertos, entre ellos un niño. Las responsabilidades fueron diluidas y se presentaron inconsistencias. Los indígenas exigían la liberación de Quintín Lame y señalaban a Ricardo Perdomo Serrano como proveedor de armas, caballos y alcohol a los autores materiales del crimen.
En estas circunstancias la muerte de Matiz adquiere otra interpretación: su texto periodístico viene a romper con un régimen de silencio sostenido durante años, lo cual permite entender el atentado como un hecho planeado por la familia Perdomo Serrano, padre-hijo, inscrito en una lógica de encubrimiento que contó con la complicidad de las autoridades judiciales y la prensa local y capitalina. No es un detalle menor: el matador escapó a la estación de policía, donde hoy se levanta la gobernación, para protegerse de la multitud que buscaba lincharlo. Por su parte, la prensa local, tanto conservadora como liberal, prefirió proporcionar total credibilidad a Arcadio, desestimando múltiples testimonios y pruebas forenses, aportadas desde 1926, que son la antípoda de su relato.
Matiz no era un periodista de escritorio ni un liberal ordinario. Su trayectoria vital permite entender por qué resultaba tan incómodo a los poderes locales. Combatió en la Guerra de los Mil Días (1899 -1902), sobrevivió a un fusilamiento en Tibacuy, Cundinamarca; sufrió humillaciones en “La Tigrera” y la expropiación de sus tierras en Villavieja; luego, reorganizó su vida en Neiva como empresario y líder social; y en la capital, al final de la “Gran Guerra”, se convirtió en periodista de combate, defensor de la neutralidad y “germanófilo”. De regreso al valle de las tristezas, fundó medios seriados, teatros y cines, fue pionero de la industria hidroeléctrica y la generación de energía; apoyó el nacimiento de la Sociedad de Obreros Libres (1922), uno de los primeros sindicatos del país; enseñó en un instituto nocturno a bogas, obreros y campesinos, en una iniciativa de alfabetización que escandalizaba a los hacendados de la región. Durante estos años, consiguió articular la capital del Huila al naciente circuito de “navegación aérea” en “modernos pájaros gigantes”, bajo la plataforma SCADTA (1919), considerada una de las aerolíneas más antiguas del mundo, pionera en rutas aéreas comerciales a lo largo del río Magdalena.
El punto de quiebre no estuvo en su militancia liberal ni en su “germanofilia”, sino en su labor social y periodística. Publicado en Renacimiento el 1 de noviembre de 1924, “Coto Reventado” señalaba a los implicados en la masacre de “Los Limpios”. Al romper el pacto de silencio regional, Matiz no solo exponía a los perpetuadores: dejaba al descubierto al responsable intelectual de la masacre y los intereses en juego. En ese gesto periodístico, más que cualquier inclinación ideológica, Reinaldo firmó su sentencia de muerte. Durante dos años, los hechos habían sido silenciados. No porque no se supiera, sino porque nadie se atrevía a tratar el tema públicamente. La prensa local y luego la capitalina reprodujo la versión que presentó Arcadio en indagatoria. Como puede constatarse en el Proceso Perdomo-Matiz (1928), las autoridades judiciales nunca mostraron verdadero interés en esclarecer los hechos. Un antecedente de la violencia contra el periodismo en Colombia y, a su vez, una muestra de la deuda histórica con los pueblos indígenas.
Cuando Matiz decidió romper el pacto de silencio y señalar a los responsables, no solo reabrió un caso engavetado. Hizo algo más delicado: puso en la palestra pública a la familia más poderosa de la región sur colombiana. Y eso, en una sociedad donde el poder es machista y señorial, suele ser imperdonable. Los historiadores coinciden en que Ricardo Perdomo, padre del homicida, se creía un virrey intocable y ajeno a cualquier justicia humana. De hecho, según el memorial del proceso, Ricardo fue a retar a Reinaldo a la casa de su madre en dos ocasiones, sin hallarlo. Lo cierto es que la tensión entre el hacendado y el periodista nunca se resolvió; es más, se alimentó con el paso del tiempo: meses antes de los trágicos hechos, en el Concejo de Neiva, Ricardo le reclamó por el proceder de su hermano, Isidoro Matiz, en unos negocios, y Reinaldo le increpó las ofensas proferidas a su madre. El altercado pasó de los insultos a los golpes.
El texto que desató la confrontación, hoy desaparecido de los archivos, fue presentado en su momento como una injuria contra las mujeres de los Perdomo Serrano, y, claro está, como una afrenta directa a sus “nobles” consortes. La palabra “cabrones”, presentada en otro escenario, sirvió para construir una narrativa favorable al duelo. Como puede entenderse, el autor de “Coto reventado” no aludía a “las señoras X o Z”, apelaba a la acepción culta del término, esto es, a los patrocinadores de la “prensa vendida”. El abogado de la familia Matiz explicó el asunto lingüístico a partir de dos cartas, que aporta como nueva evidencia, de miembros de la Academia de la Lengua, “doctores José Joaquín Casas y Luis María Mora”. Uno de ellos afirma que Matiz no se refiere con la expresión “al que consiente el adulterio de su mujer”, sino a los que buscan con su dinero “intermediarios o alcahuetes que faciliten el tráfico de la prensa vendida”.

Sin embargo, los fragmentos que sobreviven del texto, reproducido parcialmente, sugieren otra cosa. No se trataba de un ataque doméstico, sino de una acusación política contra quienes financiaban la “prensa vendida” y, más grave aún, contra quienes estaban implicados en la masacre de “Los Limpios”, de cual habían culpado injustamente a Quintín Lame. Ellos eran “los verdaderos responsables”. La respuesta de la familia aludida no fue otro artículo de prensa u otra amenaza. Fueron cuatro disparos en la región lateral del cuello y alineados, casi verticalmente, de acuerdo al peritaje médico y militar.
Los testimonios recogidos en su momento y adrede ignorados por los tribunales de Neiva y Bogotá, describen una escena muy distinta a la del combate entre iguales. No hubo previo acuerdo, intercambio de disparos y condiciones de simetría en ningún momento. Hubo sí una invitación a hablar en privado, un breve cruce de palabras mientras ambos descendían las escaleras, Arcadio detrás de Reinaldo, y detonaciones a quemarropa. El análisis forense, aportado como evidencia, arrojó que el primero de los disparos fue a contacto, esto es, a “un centímetro” del cuello de la víctima. Todo sugiere un homicidio premeditado: la sangre fría del agresor, la proximidad del disparo y la indefensión absoluta de la víctima fortalece esta lectura. Llamarlo “duelo” no es un error de interpretación. Es una decisión discursiva, toda una operata mediática y jurídica para ocultar a quienes dieron la orden. Este relato se erigió desde los tribunales, se consolidó en la prensa y se fijó en la memoria colectiva.
Lo que siguió fue igualmente indignante. El responsable recuperó la libertad en cuestión de “29 días”. Las pruebas testimoniales se diluyeron con el tiempo. El texto que había motivado la confrontación desapareció. Y, con el paso de los años, la versión del duelo también cayó en el olvido: el país entró en una nueva Violencia con la muerte Jorge Eliécer Gaitán (1948). El asesinato de Reinaldo Matiz cayó en el olvido, sepultado por la urgencia de los nuevos odios, hasta que tres décadas después, gracias a María Matiz de Cardoso, su obra fue rescatada por Augusto Ángel Santacoloma y, más tarde, custodiada por Jorge Alirio Ríos, quienes, como Eduardo Neale-Silva con la obra literaria de José Eustasio Rivera, resultan imprescindibles en el estudio de Reinaldo Matiz.
La muerte de Matiz nos lleva a replantear una pregunta embarazosa: ¿cuándo empieza entonces la violencia contra el periodismo en Colombia? La respuesta habitual se ubica en el asesinato de Eudoro Galarza (1938), quien cayó víctima de los disparos del teniente Jesús María Cortés Poveda, cuya defensa corría por cuenta de Jorge Eliecer Gaitán, quien invocó el “honor militar” y obtuvo su absolución el 9 de abril de 1948, el mismo día en que caería como si la violencia que había logrado justificar regresara, como en otra vorágine, a reclamar su verdad. Todo parece apuntar a que lo ocurrido entre Arcadio y Reinaldo altera esta cronología.
Mucho antes del asesinato de Galarza, 14 años exactamente, ya se había puesto en marcha el mismo dispositivo: un periodista silenciado por su palabra, un poder local decidido a no ser expuesto y una institucionalidad que prefirió encubrir “los responsables” antes que esclarecer los hechos. En 1924 quedó trazada una ruta, fijados unos patrones: el señalamiento, la retaliación, la distorsión y la consagración de la impunidad. Ese libreto se repetiría, con variaciones mínimas, a lo largo del siglo XX y hasta bien entrados los años 2000, cuando Colombia ocupó uno de los primeros lugares a nivel mundial por crímenes contra el periodismo, junto a países como Afganistán, la antigua Yugoslavia, Rusia después de la caída de la URSS, Argelia e Irak.
Hoy, cuando la relación entre poder, prensa y verdad es más perversa que nunca a nivel global, volver a Matiz no es un simple ejercicio de nostalgia romántica. Es una forma crítica de aceptar que ciertos patrones de la violencia ejercida contra comunicadores y reporteros en América Latina tiene su punto de origen y explicación en Reinaldo Matiz, el primer periodista asesinado en Colombia por razones de oficio. Del fusilado de Tibacuy nos queda que la censura no siempre se impone con decretos; a veces se ejecuta con balas y se legitima en los diarios. Porque aquí no solo se asesina a quien se atreve a hablar con la verdad; también se decide lo que será de su recuerdo. Y en esa doble operación de muerte, la bala y el relato se funda, todavía, buena parte de nuestra historia y literatura.

Coda:
Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé, como la noticia de la muerte de Gustavo Briñez. En mis años universitarios fue él quien me presentó a Matiz: “Después de José Eustasio Rivera, el huilense más universal”, solía decir, no como anécdota marginal, sino para concederle el protagonismo de una modernización postergada por las castas locales. Este interés por Matiz, en buena medida, nació de una conversación con Gustavo, entre cervezas y humo.
Después de una larga vigilia, algunas certezas desplazan la fábula: Matiz nunca viajó a Alemania; escribió en Bogotá desde 1917 hasta 1919; y es mentira que cayera en un duelo, como Arcadio declaró “en su indagatoria”, sino que fue asesinado, “indefenso y desarmado” por señalar a la familia de su matador en la prensa local.
En homenaje, pronto verá la luz una antología crítica de sus textos en Transocean (1917-1919), una selección de cincuenta artículos de opinión que permita sentar, con mayor rigor, las bases de un Reinaldo Matiz periodista y reconstruir, de forma cronológica y discursiva, su política de escritura antinorteamericana, neutralista y pro-germana.
Lo demás, la coartada del honor, la ficción del duelo, la cómoda repetición del relato inventado y rumiado, la desaparición sistemática de su archivo después de la eliminación física del autor hace parte de un fenómeno denominado aquí la fabricación del olvido.
En el Día Mundial de la Libertad de Prensa: ¡Larga vida a Reinaldo Matiz Trujillo!
¡Y a la palabra que incomoda y nombra!
Sobre el autor…

Juan Gabriel Cortés (Neiva-Huila, Colombia, 1990) es poeta, editor y docente investigador. Su labor académica y creativa ha puesto el foco en la obra apócrifa de José Eustasio Rivera. Es coautor de las antologías Últimas palabras. Voces contemporáneas del Huila (2021), Veinte voces emergentes. Poesía colombiana del siglo XXI (2023) y Murmurios homéricos. Poesía del Chibcha para el mundo (2023). Es antologador de Soy un grávido río. Antología Poética del Gran Tolima (2025), tributo al río Magdalena. Naufragio de soles (2024) es su ópera prima. Actualmente, la Editorial USCO prepara la publicación de José Eustasio Rivera Salas. Autor dramático (2026), edición crítica de la versión de Juan Gil (1974) presentada por Luis Carlos Herrera.
