
Por: Juan Gabriel Cortés.
En el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, en una vorágine que impide la escucha real, presenté José Eustasio Rivera Salas. Autor Dramático, investigación publicada por la Editorial de la Universidad Surcolombiana que aborda la faceta menos explorada del autor de La Vorágine (1924), así como aspectos polémicos sobre su nacimiento (1888) en la provincia de Neiva y su intempestivo deceso en Nueva York (1928). En el lanzamiento, realizado en la cabina de Radio Surcolombiana (1 de mayo), invitaba a la audiencia a redescubrir esa dimensión eclipsada por el novelista y el poeta, desatendida por la crítica al tratarse de un “novel escritor” y un “drama en verso” no publicado por su autor.
Durante el pregrado, me produjo mucho asombro saber que Rivera había escrito teatro. No un teatro incidental ni juvenil como se había dicho, sino una obra dramática cincelada durante años, escrita, corregida, adaptada, extraviada, rehecha, escondida y al final abandonada en un baúl con la esperanza de ser publicada en el futuro. Sin embargo, hay algo revelador en ese gesto: un artista que desconfiaba de su propia creación y de la “crítica ratonesca” de su tiempo. La historia de la literatura colombiana también está instituida por obras que estuvieron en riesgo de desaparecer. Juan Gil es un caso singular: sobrevivió en dos versiones al mismo Rivera: la primera, “inédita”, “sin fecha”, descubierta y editada por Luis Carlos Herrera Molina en los 60s, impresa en 5 ocasiones, y, la segunda, recuperada y presentada por Norma Donato Rodríguez en 2024, texto “autógrafo” en “cuatro actos”, fechado en “1912”, muy distinto al conocido en estructura y argumento.
Esta publicación vuelve sobre esa potencia de Juan Gil. No tanto para ponderar una versión del drama sobre la otra, como sí para abordar una faceta desconocida y saldar una deuda. La investigación reconstruye la historia editorial y reproduce la versión setentera a partir de la comparación de cinco ediciones impresas (1974,1986, 1988, 2009, 2012), propone “otra semblanza” del escritor y una lectura del dramaturgo huilense como precursor del teatro moderno hispanoamericano, además, incorpora dos ensayos de su autoría publicados en prensa sobre las pasiones del teatro criollo y “Enrique Ibsen”. Pero, ¿cómo terminó reducida su escritura dramática a “ensayo juvenil”, “drama en maduración” y, peor aún, “bodrio” inconcluso? ¿Y si Juan Gil fuera la obra que Rivera trabajó con mayor rigor y obsesión en vida? ¿Y si el autor recordado por La Vorágine y Tierra de promisión hubiera querido ser, ante todo, dramaturgo?
Toda tradición literaria necesita simplificar a sus escritores encumbrados. Dicho gesto es útil en las aulas y los manuales. Es más pedagógico convertirlos en estatuas que asimilar sus contradicciones. Así, Rivera terminó convertido en el novelista de las caucherías y el poeta de la “natura”, ecuación perfecta para cartillas escolares, homenajes regionales y discursos celebratorios en la academia. Pero esa misma operación marginó una zona significativa de su escritura multifacética: el cronista de viaje, el ensayista literario, el cuentista citadino y, como se viene señalando, el autor dramático.
Lo más fascinante de Juan Gil es su voraginoso devenir. El “manuscrito”, facilitado por Julia Rivera Salas al jesuita en los 60s, desapareció; las ediciones sucesivas mutilaron parlamentos, confundieron voces y actualizaron la puntuación con vagos y ondeantes criterios. El resultado es paradójico: Rivera escribió una obra sobre la ceguera de la vida moderna y el propio drama terminó en las sombras, incomprendido, escindido y olvidado. A ciegas llegó al presente siglo en una edición conmemorativa (2012) que lo extirpaba de la “obra literaria completa” del autor, empresa de rescate malograda, si se lee, a cargo de Jader Rivera y Esmir Garcés. El valor de esta edición yace en el prólogo que pone el foco en Pilar.

Juan Gil permanece en una especie de limbo literario, esperando lectores capaces de apreciar cómo rompe y alimenta la tradición colombiana y responde a cuestiones de nuestro siglo. La discusión no puede cerrarse con la publicación del manuscrito fechado en 1912, desconociendo que el autor siguió trabajando en él, después de haber perdido el original en 1918, y anunció su publicación en repetidas ocasiones desde las primeras páginas de Tierra de Promisión en 1921 hasta la prensa bogotana de 1927, cuando se vio obligado en El Tiempo a responder a la invitación de un lector anónimo a propósito de “su Juan Gil” y el concurso “Teatro Nacional” de Camila Quiroga, a lo que se negaría argumentando que “no es tiempo aún de exhibirse como autor dramático”, aunque años más tarde, su primo, David Rivera (1954), va a afirmar que pensaba publicarlo en México o Estados Unidos, después del viaje diplomático a Cuba. Más que un drama juvenil inacabado, Juan Gil da cuenta de la “vocación evidente y apasionada” de Rivera, ¡la búsqueda de toda una vida! La importancia de esta edición reside precisamente en ampliar el dispositivo autoral, repetido y rumiado en la centuria de su obra capital, que niega el proyecto dramático de toda una vida y quizás la versión que hubiera preferido publicar en Nueva York.
Hay además algo muy contemporáneo en el Rivera autor dramático. Sus ensayos sobre teatro, escritos entre 1913 y 1916, insisten en la necesidad de dar forma a una dramaturgia propia, apasionada y verosímil, lejos del gusto refinado de la cultura europea. El autor desconfiaba de la represión de acciones violentas en el teatro criollo y de la salida “afrancesada” a los conflictos en escena; más bien, quería seres atravesados por dilemas sociales y éticos reales, racionales e irracionales, demasiado humanos. En estos dos textos, presenta una visión crítica de las libertades de la mujer en las obras de Henrik Ibsen. Leídos hoy, generan una impresión extraña, parecen escritos por alguien mucho más cercano al presente de lo que cualquier “riverólogo” estaría dispuesto a conceder y admitir.
Tal vez el problema sea nuestra manera de leerlo. Durante décadas hemos preferido quedarnos con el poeta de las auroras en los llanos orientales y el narrador testigo de la “cárcel verde” y la esclavización indígena, porque era más fácil convertirlo en el escritor de “la gran novela de Colombia” que enfrentarnos al resto de sus búsquedas estéticas y políticas, búsquedas donde caben la “funesta” vida citadina y el ocaso de los ideales decimonónicos en la sociedad burguesa del “más crudo materialismo”. La muerte del ideal aparece justo cuando el monumento al novelista de la selva empieza a llenarse de musgo.
Pienso ahora que el paso a tientas de José Eustasio Rivera Salas. Autor Dramático por la FILBo 2026, apenas anunciado por la editorial, tuvo algo de la misma suerte de la obra. Nada definitivo, un diálogo abierto, desinteresado: apenas un libro intentando abrirse paso entre el ruido y la furia de otras mil primicias editoriales. Quizá sea mejor así. Algunos textos regresan para ocupar el centro de la discusión y desaparecer, y otros para recordarnos que hay autores que no se agotan en una única obra:
“Es urgente, entonces, explorar a fondo toda su producción literaria, redescubrir su grávida voz dramática, trazar puentes hacia las crisis actuales y las sensibilidades de nuestro tiempo. Como las selvas que inmortalizó, Rivera aún resguarda secretos que esperan ser revelados, conjuros que podrían repicar con renovada fuerza en el mundo contemporáneo”.

Sobre el autor…

Juan Gabriel Cortés (Neiva-Huila, Colombia, 1990) es poeta, editor y docente investigador. Su labor académica y creativa ha puesto el foco en la obra apócrifa de José Eustasio Rivera. Es coautor de las antologías Últimas palabras. Voces contemporáneas del Huila (2021), Veinte voces emergentes. Poesía colombiana del siglo XXI (2023) y Murmurios homéricos. Poesía del Chibcha para el mundo (2023). Es antologador de Soy un grávido río. Antología Poética del Gran Tolima (2025), tributo al río Magdalena. Naufragio de soles (2024) es su ópera prima. Actualmente, la Editorial USCO prepara la publicación de José Eustasio Rivera Salas. Autor dramático (2026), edición crítica de la versión de Juan Gil (1974) presentada por Luis Carlos Herrera.
