Retrato del escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) en su despacho de la Biblioteca Nacional, en la calle México 564, Buenos Aires, Argentina, en 1971. Crédito: Eduardo Comesaña -Getty Images.
Retrato del escritor y poeta argentino Jorge Luis Borges (1899-1986) en su despacho de la Biblioteca Nacional, en la calle México 564, Buenos Aires, Argentina, en 1971. Crédito: Eduardo Comesaña -Getty Images.

Por:         Daniel Restrepo Montoya.

Parodiando la célebre frase del matemático David Hilbert «del paraíso que [Georg] Cantor creó para nosotros nadie podrá expulsarnos» podríamos decir también: «del paraíso que Borges ideó para nosotros nadie podrá expulsarnos».

Hilbert se refiere, entre otras cosas, a la teoría de cardinales, es decir, a las diferentes nociones de infinito de las que se sirven los matemáticos para operar con objetos que se escapan al razonamiento de las cantidades finitas o contables. En el caso de Borges, me refiero al cuento-idea: un descubrimiento profundo -sobre la belleza, la traición, la identidad, los laberintos- que es encarnado por un relato con matices vernáculos y escenarios concretos -ya sea en arabia, en las islas de Babilonia o en Río Grande do Sul- que funcionan al mismo tiempo de pretexto y de velo para desplegar la idea.

Esta forma no fue inventada por Borges, pero él la elevó al nivel de arte y de firma personal, al punto de que hoy llamamos borgeanos a este tipo de relatos. El arquetipo del cuento-idea es, quizás, 𝑇𝑒𝑚𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑡𝑟𝑎𝑖𝑑𝑜𝑟 𝑦 𝑑𝑒𝑙 ℎ𝑒́𝑟𝑜𝑒 donde Borges expone primero un metarrelato y luego lo ejemplifica con una historia necesariamente apócrifa, situada en la lucha de independencia irlandesa.

El paraíso de Borges, que él mismo soñó como una biblioteca, también está plagado de demonios como el de Cantor: paradojas o proposiciones indecidibles, como la hipótesis del continuo. En este caso, sin embargo, las consecuencias exceden las matemáticas y el intelecto y toman formas más tangibles para la humanidad. El relativismo posmoderno y cierto solipsismo nihilista pueden verse, en parte, como herederos de la fantasía abstracta de Borges y de ahí el individualismo atroz de los poetas-para-sí-mismos, de los estoicos de oficina impertérritos en su mundo interior hasta que suba su salario en el (ilusorio) mundo exterior y los pequeño-emprendedores que ven el mundo como una mera proyección de su imaginación y del retorno de su cartera. Frente a eso, repito con admiración a Ricardo Piglia (que a su vez repite a Steiner): «en Borges todo puede ser un sueño, pero no todo es un sueño». 

En el paraíso que Borges ideó para nosotros podemos ver las caras que la realidad pudo tener y aún no ha tenido y, como en el de Cantor, operar con un álgebra de objetos o con lógicas que exceden nuestra experiencia material, para luego volver al mundo, el de verdad, y verlo con los ojos de la posibilidad.  En ese ejercicio elemental de preguntarse por qué es la realidad y de qué otra manera podría ser, nacieron los seres imaginarios, las paradojas, los apócrifos, dobles, reflejos, enigmas, sentidos, asombros e infinitudes que configuran los universos borgeanos. Son tan vastos y fértiles que a veces uno siente que ya hace parte de uno de sus relatos y que resulta difícil encontrar una realidad que él no haya imaginado antes.

A manera de ejemplo, consideremos una de las figuras centrales de su obra. Aunque en este punto debemos ser cautelosos, pues el paraíso de Borges no tiene centro: es un laberinto. Entremos, entonces, como Borges suele hacerlo: por la puerta del sentido. ¿Qué es un laberinto?

Un laberinto tiene muchas puertas, desde un signo de interrogación hasta la boca de la Rosa. Ingresemos desde el relato 𝘓𝘰𝘴 𝘥𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘺𝘦𝘴 𝘺 𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘰𝘴 𝘭𝘢𝘣𝘦𝘳𝘪𝘯𝘵𝘰𝘴. El relato aborda dos laberintos: uno del rey de las islas de Babilonia que es intrincado y lleno de caminos, de portentosos y perplejos muros que vedan el paso, con un entramado de rutas complejamente dispuestas, de patios y caminos y sin centro; el otro es el desierto del rey de Arabia, simple y esencial, de infinitas e indistinguibles repeticiones de los mismos patrones sinusoidales (ondulatorios), donde no hay un orden ni puntos de referencia, solo un conjunto de arenas sueltas que configuran una unidad indiscernible.

La propiedad fundamental de un laberinto no es, entonces, su armazón ni sus muros, es la capacidad para confundir y hacer perder a los desventurados que lo transitan. Borges en este relato magistral hace la tarea de un matemático: abstrae. Así como sumamos números simbólicos y no sus manifestaciones anecdóticas en objetos cotidianos (casas, mesas, arenas), Borges abstrae los muros, las escaleras, el bronce, la soberbia arquitectónica e, incluso, la complejidad de los laberintos y solo deja su propiedad definitoria.

Quiero referirme ahora a un mito bien conocido y al origen etimológico de la palabra 𝑙𝑎𝑏𝑒𝑟𝑖𝑛𝑡𝑜. A nosotros en castellano se nos escapa una distinción importante para entender la connotación de este término. En inglés, además de 𝑙𝑎𝑏𝑦𝑟𝑖𝑛𝑡ℎ, se usa la palabra 𝘮𝘢𝘻𝘦 para denominar a las redes de caminos intrincados diseñados para perder a las personas. 𝐿𝑎𝑏𝑦𝑟𝑖𝑛𝑡ℎ (laburinthos en griego) se refiere al laberinto de Creta construido por Dédalo bajo órdenes del rey Minos para encerrar al minotauro Asterión. El laberinto de Creta tenía una diferencia sutil, pero fundamental, respecto a los otros laberintos. Un 𝑙𝑎𝑏𝑦𝑟𝑖𝑛𝑡ℎ, a diferencia de un 𝘮𝘢𝘻𝘦, no tiene callejones sin salida ni complicadas rutas entramadas que llevan a ninguna parte. Dédalo diseñó el laberinto de Creta de tal suerte que los patios y caminos se repetían fielmente los unos a los otros, sin clausuras de ningún tipo; produciendo la ilusión de siempre poder avanzar en alguna dirección.

Entonces así, como el desierto para el rey de las islas de Babilonia, como el océano para los náufragos, como los pensamientos caóticos y amalgamados en la noche para un insomne, como dos espejos que se anteponen y se reflejan 𝑎𝑑 𝑖𝑛𝑓𝑖𝑛𝑖𝑡𝑢𝑚 para Borges o como las enrevesadas tribulaciones existenciales de los personajes kafkianos, el laberinto de Creta es una instancia de ese maravilloso y terrible artilugio donde no son los muros, sino la confusión la que pierde a los incautos.

El engaño de Dios

Al buen maestro que me instruyó en El Golem,

y al Otro, que murió hace 40 años con su mismo nombre.

Oculta entre la palabra y la cosa 
el poeta buscó la sentencia definitiva,
como si las letras fueran forma primitiva
que encierra al hombre, a Dios, al Nilo y a la rosa.

Y con la idea de que el nombre del río agota
el flujo nómada fragmentado en cada gota,
escribió la palabra «plata» en un intento
de unificar metal, luna y firmamento.

Llegó un día en el que encontró (o así pensaba)
la palabra que guarda destino y fatalidad.
Pero Dios, que tras su nombre se ocultaba,
nunca había cifrado en la finitud su verdad.

El poeta escribió los símbolos en el papel,
mil veces, sin efecto, repitiéndose el secreto
que guardaron los constructores de Babel:
«Él no está en los cielos, habita en un dialecto».


Dudó del secreto que se repetía,
de su caligrafía, la cifra cabal, la fe judía.
Buscó su error donde buscaba a Dios sin suerte.
Concluyó que ambos se revelarían seguida su muerte.

Desencantado, el poeta no buscaba más la gran Verdad.
Cuando se dijo lo que Spinoza se decía: «la Divinidad
y el Tiempo están en cada cosa, mas son ninguna»,
la plata del firmamento ya no fue la de la luna,

las voces unánimes que conjuraban a Dios, hombre,
Nilo y rosa como una sola cosa fueron ilusiones
o blasfemias. El poeta desdeñó la búsqueda del Nombre
y regresó a la escritura de versos y ficciones.

Algún rastro del Hacedor quedó en su pluma,
pues creó un universo de formas elementales
que rivalizaba con la obra Divina en su suma
o la excedía, al agregar los objetos conjeturales:

era una biblioteca indefinida o muy larga;
abarrotada de libros especulados;
poblada por hombres soñados,
el Golem y un rabino de Praga.


Los años le trajeron la ceguera, el olvido
y otras privaciones. El poeta, viejo e instruido,
recibió su destino como dones, aún si lo dañaba,
esperando ver el Nombre tras la muerte que acechaba.

Llegada la fecha fatal del último año,
descansó en su lecho con el alma dispuesta.
Nunca sabremos si encontró la luz y la respuesta
o la noche sin Dios, sin Nombre y solo otro engaño.

Daniel Restrepo Montoya.

Sobre el autor…

Daniel Restrepo Montoya (Bello, Colombia 1995) Estudió matemáticas y economía en la Universidad Nacional Sede Medellín, al igual que una maestría en cada disciplina en la Universidad Nacional Sede Medellín y en la Universidad Eafit, respectivamente. Doctor en economía de la Universidad Eafit y doctor en matemáticas de la Universidad de Texas en Austin (USA). Actualmente es profesor en la Universidad de Johns Hopkins en Baltimore (USA), especializado en la investigación de ecuaciones diferenciales parciales aplicadas a la geometría.

La poesía, la filosofía y la literatura acompañan sus intereses por las ciencias puras. Esto se ha reflejado en su participación en diferentes organizaciones literarias y culturales de la ciudad de Medellín como, por ejemplo, el Centro de Estudios Estanislao Zuleta y la Corporación Cultural Estanislao Zuleta. Adicionalmente fue organizador de un grupo dedicado al estudio de la obra de Jorge Luis Borges y de la conmemoración Cien años después de Kafka. 

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