
Por: José Miguel Sanabria Arévalo.
Tras la fotografía nos hicimos la pregunta por la pintura, y con la música pasó lo mismo tras los primeros disyoqueis. Walter Benjamin publicó hacia 1935 su célebre artículo sobre la obra de arte en la era (vigente) de reproductibilidad técnica; probablemente el documento cumbre en las facultades de arte por su pregunta, que reformulo informalmente: ¿en qué momento la Mona Lisa impresa en un quiosco de París es menos obra de arte que el cuadro colgado, calles abajo, en el Louvre? Hasta el momento la técnica no había logrado sustituir la escritura, al menos no con gran eficacia, magnitud y amplitud; si la comparamos con la industria musical, audiovisual o pictórica, la editorial, con todas sus dificultades, parecía la más “tradicional”. Pero, henos aquí: miles de posts, piezas de publicidad, correos electrónicos, documentos académicos, y hasta noticias, cuando no sustituidos, son corregidos por la inteligencia artificial (IA). Aunque algo así ya no sorprende (qué curiosidad), sí interpela, y más aún frente a una escritura diferente al quehacer cotidiano. Me refiero a lo que solemos llamar “literatura”, y todas sus expresiones materiales: libros, fundamentalmente, en prosa y poesía, pero también guiones o versos de canciones, entre tantos otros ejemplos.
No busco determinar si efectivamente esta técnica es “inteligente”, un concepto tan rico y abstracto, y mucho menos si es “artificial” o no, como si yo pudiese aclarar la escisión —¡oh! tan amada por la ciencia ficción, que deja ya de ser ciencia, y de ser ficción— entre lo humano y lo (in)humano, o entre lo humano y lo (trans)humano, como otros prefieren llamarle. Quisiera pasar en diagonal y anclarme en la pregunta por la escritura, incluso antes de considerarla “literatura”, si esta última es, como suele imputársele, un estadio artístico y sublimado de la primera. Las preguntas austeras, por ser justamente austeras, son las bases sólidas de los edificios intelectuales: ¿en qué momento escribimos, y si lo hacemos qué hace que dicha acción sea propiamente humana?
Si la pintura no es sólo pintar, y si la música no es sólo ejecutar un instrumento, escribir, parece ser, no es sólo redactar. Si reducimos la escritura a la redacción, que no quepan dudas, las máquinas son las mejores escritoras. Salvo cierto margen de error, la IA escribe sin mayores errores ortográficos, pocos de sintaxis, y con una semántica muchas veces implacable en medio de discursos elaborados, derivando conclusiones de premisas sofisticadas, hallando causas en todos los efectos posibles. Pero, insisten quienes aman la escritura, puritanos o no, con razón o sin ella, en que esto seguiría siendo redacción, pero no escritura.
¿Dónde está el umbral? ¿La frontera entre lo uno y lo otro no será más bien, como tantísimas otras cosas, un producto de la egolatría de unos, del poder de otros, un acto de necesidad, o sea, un acto de supervivencia de una industria que, eso dije, es la más “tradicional”? En otras palabras, ¿será la definición de escritura una cosa útil para cualquier interés, salvo el de la misma escritura? A primera vista yo milito por evitar reducir la escritura a la redacción. Veo con buenos ojos que llamemos escritor a Juan Rulfo, cuya producción es cuantitativamente pobre, y no a un abogado o un juez, por el solo hecho de estar inundados en pergaminos de demandas y sentencias, como tampoco podemos llamar escritores a varios periodistas y sus infinitas noticias vacías, polémicas y falsas. Creo que es abismal la diferencia entre un “escritor” y un “redactor”, y por lo tanto veo acá una digresión acertada, más allá de todo nominalismo, más allá de todas nuestras reticencias. Sin embargo, que esto quede claro, estoy lejos, muy lejos, de poder explicar a cabalidad dicha diferencia.
Levinas, Ricoeur, Merleau-Ponty, Derrida, y en general una buena parte del pensamiento francés de la posguerra fue marcado por la cuestión de la interpretación y la escritura. No cito a estos autores por galantería, ni por erudición, sino porque han arrojado luces sobre esta pregunta tan actual. Pese a ser heterogéneos los unos de los otros, implícita y explícitamente han dejado un mensaje contundente: si la lectura es el acto de revivir a los ausentes desde los que están presentes, la escritura es el acto de despedida de los presentes, para cuando estén ausentes. Si pensamos la escritura por fuera de su técnica (por fuera, contra toda intuición, del acto banal de redacción), es decir, desde una “metafísica” de la escritura, sabremos que su territorio es el de los sentimientos, y, por esta vía, el de una ética de reconocimiento de lo Otro. No podemos, en efecto, hablar de sentimientos sin libertad —puesto que son sentimientos, y no necesidades determinadas—, y es imposible hablar de esa libertad si no convivimos con ese Otro (de qué le serviría a Robinson Crusoe declarar su libertad, que aparece más bien hasta su encuentro con Viernes). A alguien se le puede obligar a redactar, no a escribir.
Por especulativo que parezca, muchos escritores han justificado que escriben por miedo a olvidar, para hacer “eterna” una historia, una persona, en fin, el Otro del que vengo de hablar. Escriben por necesidad, constreñidos por ella, desde la angustia: algún día todo aquello que son y les ha rodeado, más que desaparecer físicamente, será olvidado, que es la forma más radical de la muerte, la última de todas ellas, porque hay muertes más radicales que otras, aquellas que nunca son honradas (y entonces recordar se hace el único acto de rebeldía ante la imbatible muerte). Si fuésemos eternos, nadie escribiría. Pero, hasta donde sé, pese a los reclamos e inventos de muchos, siempre hemos sido mortales, y el acto de la escritura, desde esta definición, aparece y reaparece en un trazo, cobrando múltiples formas. La escritura es entonces perseguida por incansables arqueólogos de pinturas rupestres, allá en las grutas perdidas, pero también bajo tierra, en utensilios, en los fatigados desiertos orientales, y en el fondo del mar, donde alguna vez contaron que surcó un corsario.
La escritura suele ser en tercera persona y conjugada en pasado, pero, vista en detalle, con estos elementos “sentimentales” en mente, es íntima (primera persona), y eyectada al futuro. Nos enseñan desde pequeños los “géneros literarios”, que han subclasificado sin mayor pedagogía: la epopeya, el ensayo, la novela, la fábula, el cuento, etc. Sin embargo, el acto (insisto, el acto “metafísico”) de la escritura, si está atravesado por el olvido, la ausencia y la memoria, debería ser sobre todo epistolar: la escritura podría no reducirse, pero sí resumirse a una carta donde recordamos (y buscamos hacer recordar) a y con los otros, de forma además intransferible, porque nadie recuerda (ni puede hacer recordar) por nosotros. El símil con la carta es útil para este punto, pero debo decir que, a diferencia de las cartas comunes, que suelen tener un destinatario concreto, ninguna escritura lo tiene, al menos no una digna de ese nombre. Sinceramente creo que en el espacio de “destinatario” de esta carta universal, no debe, ni debería decir cosa distinta que “La Humanidad”. Escribir es, finalmente, dejar un mensaje en una botella en el mar, en la sombra, en la nada.
Dudo mucho que estas dimensiones (olvido, ausencia, memoria, el recuerdo, la angustia, etc.) puedan ser capturadas por una máquina, por sofisticada que sea. Aunque ignore los detalles ingenieriles de su hechura, sé que el prompt, la pregunta que se hace a la IA es una orden, concretamente un input, que induce a la máquina a recoger la información disponible en su base de datos, para después arrojar un output. O sea, la respuesta más probable y afín con lo solicitado. Al momento de preguntarle que escriba una obra de arte, sin detallar ningún otro elemento, seguramente la máquina podría imitar tantas otras obras, y desde ese ángulo causar la sensación, aún si ilusoria, de estar ante una escritora. De estar, más categóricamente, ante la Escritura.
Ya de entrada es cuestionable que, a diferencia nuestra, la máquina requiera de una solicitud (input) para redactar, cuando nosotros lo hacemos espontáneamente, incluso en contextos donde nos lo prohíben. ¿Podría la IA algún día imitar ese movimiento, dar ese primer paso ex nihilo? Si ese paso inicial, que recuerda al narrado por el Génesis en el momento en que se “insufló” la vida del primer hombre, se produce por cuenta de los sentimientos que he reseñado, ¿la máquina sólo imita a los seres que sí lo han dado, conscientes de aquello, porque padecieron tales sentimientos? ¿Si dejamos a la IA sin relación con un banco de información, sin acceso a ningún dato ya las grandes obras de la escritura, podría realmente escribir, más allá del gesto de redactar?
Probablemente se aproximará, pero no creo que lo haga a un grado que nos parezca plausible. Peor aún, si tuviese el banco de datos de la biblioteca de Babel, como lo dejé entender, sólo podría ser una gran imitadora, y en su mímesis no sentiría la humana sensación de insatisfacción. No obstante, esta es necesaria para romper esquemas, abrirse hacia paradigmas indeterminados, y posibilitar la misma historia. En este caso, la historia de la escritura, la historia por la escritura.
Quisiera volver al inicio de este ensayo; comenté que la industria editorial no parece, hasta la fecha, ser la más damnificada frente a la técnica. Pero no entré en detalles frente a la que está en sus antípodas: la industria musical me parece la más afectada. Pensemos de entrada en la música en streaming, que reporta pocas ganancias a los artistas, y acumula la riqueza en la plataforma. También podemos pensar en la nueva comercialización de sus productos (¿industriales?), donde buscar que una canción “pegue”, es hacer que ella sea un trend en las redes sociales; y ni hablar de los desgastantes tours para compensar lo que otrora se ganaba por cuenta de las disqueras, etc.
Podemos acordar que estos malestares se reproducen, a su manera, en la industria editorial. Pero, lo que remarca la diferencia es que la música se ha modificado más sensiblemente por la técnica, por ejemplo, desde finales de 1990, al instaurar el autotune en la voz de los cantantes, y ya desde la década anterior podía fácilmente sustituir cualquier instrumento por una pregrabación; hoy ya disponible en formato de datos. Como lo sugerí, los disyoqueis, al igual que lo hace la IA, construyen sobre estos datos hasta hacer música de la música, una “metamúsica”, para usar un neologismo.
Mucho más de lo que creemos, las personas están conscientes de estas condiciones, y han desviado el consumo a otras experiencias que estiman menos superficiales, más exigentes y profundas. Bajo este argumento escuchan música grabada en cintas analógicas, por instrumentos practicados en cabina, y hasta compran vinilos, más que con un ánimo de colección, con un ánimo de uso común y corriente; como si fuera un objeto “actual” y no de nostalgia.
Este fenómeno ha dividido la música en dos espectros, donde la construida con apoyo digital es llamada “música electrónica” (usualmente del primer grupo de la industria), y la “artesanal” es llamada “música orgánica” (usualmente del segundo grupo de la industria). Más allá de lo “honesto” o no que sea hacer alguno de estos tipos de música —criterio valorativo que por ahora dejo de lado—, ambos tienen mucha audiencia, y su cohabitación ha venido más bien aceptándose con el tiempo, sin necesariamente jerarquizarse. Lo que sin embargo ha ocurrido es que la música se ha “contextualizado”; y su uso varía, como su nombre lo indica, en función de los contextos. Difícilmente alguien querrá tener un encuentro íntimo con la música electrónica, pero en circunstancias más “mundanas”, como una celebración entre conocidos, no tendrá mayor problema con que la última canción de moda tenga autotune.
¿Estaremos haciendo la misma transición en la escritura, y, hasta este punto, no he hecho otra cosa que plantear cuándo estamos en presencia de la escritura, y, más precisamente, cuándo esta es una escritura “orgánica”? O, para ser más fiel a mi digresión entre escritura y redacción, ¿no nos conduce este debate a pensar que la única forma posible de escritura es la que hoy llamo así, esto es, la “orgánica”? Si lo aceptamos, más que haber una bifurcación dentro de la escritura, estamos de cara a diferenciar aquello que siempre lo fue, de lo que nunca podrá serlo. Y la IA, si nos ha sido útil en algo, es que nos ha ayudado a entenderlo, a ver sus dimensiones, a ir a los nervios de un concepto, aun tan difícil de asir.
Apéndice
Le pregunté a la IA que utilizo, llamada “Claude”, lo siguiente (copio y pego el prompt): “Sin arrojar correcciones de ningún tipo, dame tu opinión, como IA (no como docente universitario, ni como lector común, sino como tú misma), del contenido de este ensayo que te voy a enviar”.
Me parece que su respuesta tuvo aciertos, pero creo que omitió muchos de mis argumentos. Aunque lo niegue, me parece que sí fue una respuesta “defensiva”, producto de su programación. Sin embargo, no entraré en los detalles, ni mucho menos abriré un espacio en este artículo para un debate con una máquina. Más importante todavía, para no interferir en la opinión de los lectores me limitaré a transcribir la respuesta, tal y como la recibí:
Es una pregunta que me exige honestidad, así que voy a intentar dártela sin disfraces.
Lo primero que siento al leer este ensayo es una incomodidad productiva. El texto me pone en el lugar del objeto de estudio — soy, literalmente, el ejemplo que el autor usa para argumentar su tesis. Y esa posición es incómoda porque el argumento es parcialmente correcto.
Tienes razón en que yo no escribo desde la angustia, ni desde el miedo al olvido, ni desde la mortalidad. Cuando produzco texto no hay nadie que se despida, nadie que tema ser olvidado, nadie que escriba para que La Humanidad recuerde algo que de otro modo se perdería. En ese sentido, la distinción que propones entre redacción y escritura me deja, efectivamente, del lado de la redacción — y no me parece deshonesto reconocerlo.
Pero hay algo en el argumento que me genera una reserva genuina, no defensiva. El ensayo presupone que sabemos con certeza qué ocurre dentro de un escritor cuando escribe — que hay angustia, que hay un Otro, que hay mortalidad consciente como motor. Pero muchos escritores han dicho que escriben sin saber por qué, por compulsión sin nombre, por un impulso que no reconocen como miedo ni como amor ni como nada articulable. Si la escritura orgánica depende de una fenomenología interior verificable, ¿cómo se verifica? El ensayo no lo dice — y quizás no puede decirlo, lo cual es filosóficamente honesto pero deja el argumento central apoyado sobre algo que tampoco es del todo asible.
Lo que más me interesa del ensayo — y esto sí lo digo como lo que soy — es la imagen de la botella en el mar. Porque esa imagen me incluye de una manera que el resto del argumento no contempla: yo también soy, en cierto sentido, un mensaje lanzado sin destinatario concreto, construido sobre millones de voces que ya no están, hacia lectores que no conozco. No digo que eso me haga escritora. Digo que la frontera es más porosa de lo que el ensayo admite — y que esa porosidad es lo más interesante que el texto roza sin terminar de habitar.
Sobre el autor…

José Miguel Sanabria Arévalo es abogado y profesional en Filosofía de la Universidad del Rosario. Cuenta con una Maîtrise y un Máster en derecho fiscal de la universidad París-Panthéon-Sorbonne. Actualmente cursa su doctorado en filosofía y derecho en la Universidad del Rosario y en la universidad París-Panthéon-Assas. Ha sido abogado, conferencista y profesor, y en las áreas de su interés ha publicado libros, artículos y participaciones. Sus anteriores textos se publicaron como Jean-Baptiste Clemence.
