
Por: Lucila Urtado.
Existen en el exilio tantas perspectivas como personas, maneras de ver la vida atravesadas por cada experiencia e identidades que se crean para sobrellevar realidades adversas y en algunos casos francamente hostiles, donde prima el sentido de supervivencia. Así,vamos invisibilizando dolores en aras de mantenernos en pie.
Salir de casa y del territorio donde se nace con el derecho de habitar, para que te arrebaten tu realidad y te orillen a una lucha de vida o muerte (del cuerpo y el espíritu) por haber manifestado tu derecho al libre pensamiento y la oposición a las injusticias, se vuelve una carga pesada, que nos vemos obligados a sostener y que nos moldea hacia un ser que se aprende y se desconoce al mismo tiempo.
Al migrar dejé atrás el espacio que consideré hogar la mayor parte de mi vida, dejé seres, lugares y objetos que me dieron forma y significado, allá quedo el sonido del voj que hace saber que una está en casa. Y en este ejercicio de desarraigo, también comencé a cargar con una mochila llenita de faltas, pesares y ausencias. Nació la conciencia sobre qué partes de mí quedaron en la tierrita. Ahora camino por la vida reorganizándome como quien arma un rompecabezas al que le faltan piezas.
En las oportunidades de vivir y de convivir con personas que también enfrentan la condición de exilio, he podido tomar conciencia sobre lo que llamaré derechos emocionales, románticos, subjetivos, intangibles, quizá, que la dictadura me ha quitado a mí y a muchos, a través de la represión y el exilio.
Intangibles porque, en palabras de un buen y sabio amigo, nunca van a terminar en un tribunal en busca de justicia, pero siguen siendo situaciones que vivimos, sufrimos y sobrevivimos a causa de este desplazamiento forzado.
Esto ha sido, es y va a seguir siendo un proceso de reconstrucción de mi realidad y de la realidad de muchos. En mi caso particular, vuelvo a nombrar en voz alta las represiones vividas y me asumo como migranta y mujer exiliada en una condición, aun irregular al momento de escribir estas palabras, no por decisión, sino por un sistema burocrático que no se acopla a la necesidad humana de pertenecer. Ser una mujer viviendo en el exilio plantea un nuevo abanico de retos, una nueva conciencia sobre el propio ser y una nueva manera de enfrentar y de vivir el mundo.
En esta nueva realidad que nombré, en la construcción paulatina de una cotidianidad en la cual sentirme segura, inicio a recuperar paulatinamente la capacidad de movimiento y crítica, y que con dicha capacidad nuevamente adquirida viene la responsabilidad de utilizarla para hacer el bien. Eso no es una tarea fácil, es volver a ejercitar músculos casi atrofiados después de una inactividad forzada para salvaguardar la vida y la libertad.
Y partiendo de este ejercicio, le he dado espacio a mi conciencia para reconocerme y reflexionar sobre esas violencias, ultrajes, vivencias y situaciones que son determinadas por la razón y la manera por las que migré y lamentablemente migramos muchos (una sola persona es más que demasiado). Esta decisión fue tomada por seguridad y con rapidez, llena de miedos e incertidumbres.
Voy a tratar de ordenar las ideas lo mejor que pueda, para iniciar mencionando los más recientes robos que me ha hecho la dictadura, y esos son los abrazos y los besos de mi mamá, hace poco en una llamada al despedirnos ella me dijo que tenía muchas ganas de abrazarme y besarme, ganas que no pudieron ser materializadas porque lamentablemente una pantalla no nos ofrece esa posibilidad.
Ni qué decir que la tristeza que siento cada vez que recuerdo eso es grandísima, o la culpabilidad que genera estar lejos y pensar en lo que tendría que haber hecho mejor para no tener que salir, porque si algo es una verdad tan cierta como que sin aire no respiro, es que nadie se va de su patria, en condición de exilio, porque quiere.
Saber que mi familia sigue allá, en condiciones “estables”, pero presa en la gran cárcel de la dictadura, con el miedo latente por su seguridad, conviven diariamente con la culpa y el alivio de estar fuera de aquel paisito tan querido que se volvió prisión para quienes lo habitan. Ese miedo, esa culpa y ese alivio son emociones que conviven en mí y que se reflejan en la inexistente calma de un día a día incierto.
La rabia es otra de esas emociones que me habitan calladitas, pero siempre a la mano, cuando me acuerdo que aquí no tengo papeles; que estoy habitando un territorio que no me pertenece; con reglas nuevas, con caras, voces y palabras que no conozco; que un documento va a determinar la legitimidad de mi derecho a vivir en libertad; y que me he vuelto una ciudadana un poco fantasma y un poco espejo, adaptándome a una cultura y gente que no son los míos, callando mis palabras y apropiándome de otras, para pasar desapercibida, para existir en una sociedad que solo me quiere a través de la negación de mis raíces.
El temor, que me recorre cuando pienso en lo indignante que es que tu libertad la sostengan una banda de locos bien cuerdos para lo malo, que no piensan más que en su poder; el temor que siento cuando escucho lo que se sufre tanto dentro como fuera del paisito, cuando me doy cuenta de que no sé cuándo puedo volver y que cuando vuelva no sé qué país me encuentre, permanece en mí.
Con esto dicho, tampoco pretendo igualar estos percances y sufrimientos a los de las personas que han perdido la libertad y hasta la propia vida o de quienes aman, por culpa de un régimen que se asume rey y soberano de territorios, cuerpos y vidas. Pero sí quiero darle un espacio a eso que también duele y que dejamos ir en el día a día en el intento de avanzar, de crear vida, de sostenernos y de no caer en la desesperanza.
Todo este proceso también ha implicado para mí aceptar que las posibilidades de volver son cada vez más escasas, riesgosas y casi inexistentes, al menos mientras la dictadura continúe en el poder. Creo que en mi caso, y me aventuro a suponer que en muchos otros también, el perder el derecho a volver en aras de salvaguardar la vida y la libertad origina esta vorágine de pensamientos, sentimientos y emociones que se vuelven dolores sordos con los que se aprende a convivir, y que uno que otro día pesan y duelen más.
Estoy segura de que podría nombrar una multiplicidad de situaciones y emociones que he vivido durante todo el tiempo dentro del país bajo la dictadura de los copresidentes, y ahora viviendo y contando mi historia desde el exilio, pero lo que menos pretendo es plantearme como una víctima. Aquí lo que quiero es reivindicar mis vivencias y dolores, ojalá pudiendo ser eco de otres, manifestando también que día a día estoy luchando para sostenerme y sostener la esperanza y la vida.
