La imagen de la izquierda es la portada de Home Pickling, ilustrada por Joan Martin May para Henry Sarson (1949). La imagen de la derecha un anuncio sarcástico publicado en Agitación Femenina (1944). Elaboración de la autora a partir de las fuentes originales.

El resurgimiento de las ideas de la extrema derecha es un tema recurrente en redes sociales. Este suscita todo tipo de críticas, sustos y afinidades, especialmente en el terreno de los derechos humanos. Así lo demostró, la cumbre de liderazgo femenino llevada a cabo a mediados de julio por la organización juvenil conservadora Turning Point, en Texas, USA. Aquí vimos el alcance que estos discursos pueden llegar a tener sin ningún tipo de repercusión política o legal, pues se llegó a debatir si el derecho al voto debe o no ser ejercido por la mujer, o si mejor debíamos relegar este derecho a un voto unificado en cabeza del marido.

Es curioso imaginar como en uno de los principales países que defendió, al menos en el discurso, el respeto por los derechos individuales y colectivos en el mundo es en el que hoy se debaten su pertinencia a cielo abierto. Pero ¿acaso estamos ante un resurgimiento o tan solo la continuidad de un padecimiento existente? 

Ha pasado menos de un siglo desde que el voto femenino fue una realidad en la región de las Américas. Sin embargo, los debates y las luchas llevadas a cabo 10 años antes de que se consolidara este derecho en Colombia eran una realidad. Desde revistas, protestas, y conformación de organizaciones feministas, fueron varias las formas de lucha para adquirir este derecho a pesar de la oposición que la Iglesia, el Partido Conservador, fracciones del Partido Liberal y parte de la población civil realizaron. Sobre todo, cuando la división entre mujeres que querían el voto y las que lo rechazaban era latente incluso en aquel entonces. 

Eran diversos los argumentos con los que se atacaban a aquellas “locas feministas”, muchos de estos, incluso, no pasaban de tratarlas  de “solteronas” y “feas”, como lo indica la escritora Leonor Barreto Rubio, fundadora de la revista Agitación femenina, medio en el que a través del sarcasmo se pronunció, al igual que muchas otras, sobre el debate del voto femenino entre 1944 y 1946, una década antes del ejercicio del voto femenino: 

“¿Qué mujer puede llegar a ser tan atrevida como para pronunciarse partidaria del voto, si ha de quedar catalogada dentro de una especie detestable y rara? …Porque vamos a ver: poseemos las mujeres una apreciadísima virtud, o lo que sea, que los del sexo fuere han convenido en llamar desde hace siglos “feminidad”. Tan estimada cualidad es un perfume quintaesenciado que toda mujer tiene obligación de cuidar y de mantener en un altísimo grado de concentración” (Barreto Rubio, 1944, p. 12)

Esta “identidad femenina”, centrada en la maternidad, el matrimonio, la sumisión, la religión y la belleza no podía ser trastocada, pues implicaba el “fin” de los hogares y la estructura social concebida. El voto representaba la igualdad política con los hombres y la posibilidad de que abandonaran sus roles en el hogar. Ante esto, Barreto ironizó “aconsejando” a aquellas mujeres con miedo a “perder esta esencia” con el fin de evitar los siguientes “peligros”:

“Y para que las niñas lindas no se expongan, voy a enumerar los peligros, que soldado advertido no muere en guerra: lo primero que como todo primer paso es el de mayor trascendencia: es pensar…es atentar contra la estabilidad del perfume. El segundo, opinar; este es ya un avance mayor, en cuanto a desvanecimiento de la esencia …Discutir está en tercer lugar. Y pobrecitas las que lleguen a cometer tamaño desafuero: Ya están pisando el terreno prohibido” (Barreto Rubio, 1944, p. 12)

Así, se ironizaba sobre que la discusión, la opinión y el pensamiento constituían el peor de los males para la identidad de una mujer. Esta revista, dirigida por la periodista Ofelia Uribe de Acosta, guardada en un rollo en la Biblioteca Nacional, representa uno de los pocos rastros materiales que se conservan de esta publicación hecha casi exclusivamente por mujeres pensadoras de diferentes áreas. No obstante, también se pueden encontrar columnas de opinión de algunos hombres aliados a la organización feminista. 

En el caso de Estados Unidos, aunque la historia del voto femenino tiene sus matices propios, como la diferenciación de leyes y luchas de acuerdo con el Estado, gran parte de los comunicados dirigidos a las mujeres en el siglo XIX eran aspiracionales, en cuanto el derecho al voto era inútil si una mujer no lograba casarse con un hombre  “proveedor”. De manera que, aspirar a ser una mujer pública en cuanto a ejercer trabajos o actividades “masculinas” como el voto, era semejante a estar en una posición de clase inferior.

El culto a la domesticidad, que exaltaba la posición de la mujer en el hogar y sus roles dentro de este, empezó a ser más frecuente en los medios de comunicación estadounidenses. De hecho, se alentaba a continuar con este modelo por encima del voto femenino. Aun así, esto no evitó que en el siglo XX las sufragistas lograran el derecho al voto, al argumentar que dicho acto, especialmente el ejecutado por las mujeres blancas, era fundamental para el sostenimiento de las instituciones debido a la creciente ola extranjera que se asentaba en el país y podía votar. Asimismo, fue una oportunidad para continuar las propuestas conservadoras en torno a la familia, esta vez apoyadas en las propias mujeres que cada vez más defendían el culto a la domesticidad.

Esta situación no era muy distinta de la de Colombia. Ya lo decía el periodista Felipe González Toledo en 1949, ocho años antes de la conquista del voto femenino, en su apartado “Debe o no tener voto la mujer”:

“La concesión de los derechos civiles a la mujer es una tesis liberal. No hay para qué dudarlo, por cuanto se trata de una ampliación de las libertades. Pero aun reconocidos así, los oponentes consideran que esta tesis liberal es de aprovechamiento conservador” (Toledo,1949)

En efecto, durante gran parte del siglo XX en diferentes partes del mundo era común que las mujeres votaran por partidos conservadores, interpeladas por la iglesia y la presión social sobre la maternidad y la feminidad. En el caso colombiano, gran parte de las mujeres que lucharon por el derecho al voto hacían parte del partido liberal. Fue a finales de ese siglo y principios del siglo XXI que la balanza se empezó a voltear. El porcentaje de mujeres que votaron a partidos liberales y de izquierda aumentó, así como el cuestionamiento a la “identidad de la mujer”. ¿Acaso a los grupos políticos de derecha, herederos del conservadurismo, ya no les conviene el voto de la mujer por estos días? Tal vez los peligros que se temían para las mujeres se volvieron realidad y el perfume se ha desvanecido.

Un siglo ha pasado desde la propaganda al culto de la domesticidad y los debates entre mujeres que defendían el voto y las que defendían “la identidad femenina”. Puede ser que el resurgimiento de las Tradwives (o esposas tradicionales), así como del voto familiar, patrocinadas por mujeres blancas del norte global, sea solo un vestigio que se está desempolvando en medio de la angustia que ciertos sectores tradicionales del poder pueden tener ante la percepción de una pérdida de control político y cultural en el mundo. 

Referencias 

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