
El rito de escribir cartas a los amigos.
El 7 de febrero se conmemora “El día de mandar cartas a los amigos”. ¿A quién se le ocurrió esta idea? ¿Por qué se celebra? Esta columna no tiene respuesta a estos interrogantes, así que si ese era el motivo de tu llegada aquí puedes regresarte y explorar otras amenas columnas de múltiples temas en este portal periodístico. Para mí, el extraño día solo es una excusa para hacer lo que amamos millenials y en mayor medida centenials: abrir el alma y hablar de sí mismos. Hablar de una vieja costumbre que está íntimamente ligada a mí desde los años de juventud: la costumbre medieval y periódica de escribir cartas (preferiblemente a mano y enviadas por correo postal) con destino a un puñado de amigos a lo largo y ancho del globo terráqueo (con el perdón de los terraplanistas).
Periódicamente, este hábito tiene mucho de ritual. Generalmente ocurre de noche, cuando he logrado disipar los pensamientos de un día cotidiano y el papel blanco con una pequeña guía de renglones rectos aparece frente a mí, puesto que pese al paso de los años nunca aprendí a escribir en líneas derechas y espaciadas. Varias velas encendidas le otorgan una atmosfera sagrada que puede acompañar una copa de vino tinto (Carmenere, preferiblemente) o un café (huilense, por supuesto).
¿Hay una guía sobre el desarrollo de la carta? Por supuesto. Generalmente cada carta es una respuesta a alguna que he recibido con profunda ilusión, así que inicialmente contesto en el mismo orden lo que me ha ido contando mi interlocutor, mis opiniones frente a problemas que me plantea, felicitaciones ante sus logros, pésames ante sus duelos, comentarios que complementen las ideas que esa persona ha volcado en la carta que respondo. Y al final, lo que me quedó pendiente por decir, las ideas profundas que me rondan, las dudas que han surgido en el marco de la vida misma, los pensamientos invasivos que trato de convertir en párrafos para que alguien en la profunda distancia los comprenda y me diga qué opina, si alguna vez vivió algo similar… o simplemente su silencio acompañe esas elucubraciones.
Al final el rito se debe cerrar con la magnificencia que lo merece: la firma habitual, personal que solo un amigo reconocería, y que por supuesto es diferente a la insípida firma del banco o de los documentos oficiales. Luego el cierre de la carta, el lacre derramándose sobre los bordes blancos del sobre para estampar después con un aire monástico el sello que me acompaña desde hace más de diez años y con el que se cierra esa especial correspondencia personal. En casos particulares, también gozo del rito de conseguir la estampilla y hacer llegar la carta por los recovecos de los amigos que viajan, el improvisado correo postal o cualquier viaje a un tercer país donde sea más barato y de paso se pueda acompañar de una pequeña postal. Y esperar, a veces semanas, a veces meses a que llegue de vuelta esa respuesta.
Y vienen más interrogantes: ¿Para qué mandar cartas? ¿Por qué si los tienes a la vuelta de un WhatsApp o en las más de una docena de aplicaciones que incluyen un servicio de mensajería instantánea? Es sencillo, porque allí no hay profundidad, es la inmediatez del audio escuchado a “1.5x” porque no tienes tiempo, es el lugar invadido por jefes, compañías de celular, peticiones de trabajo y flirteos tan predecibles como un mal guion de Hollywood. Pregúntense con qué frecuencia se vuelca en un chat las preguntas trascendentales que todos tenemos de vez en cuando: ¿Estoy haciendo lo correcto en mi vida? ¿Estoy siendo feliz en mi trabajo? ¿Me siento pleno en esta etapa de mi vida? ¿Qué me falta para lograr lo que alguna vez me prometí? A veces volcar un recuerdo de otra época, en pocas palabras… detener de golpe en el ruido habitual de la cotidianidad para recordar en lo que escribimos a otros lo que no nos decimos a nosotros mismos.
Mi interlocutor epistolar de mayor edad tiene 83 años, fue Ministro de Estado en otro país y testigo privilegiado de los sucesos que sacudieron su entorno en su época (algún día escribiré una crónica en su nombre). No es muy afecto a los smartphones o a los correos electrónicos, por eso con una distancia temporal de dos o tres meses aprendimos a intercambiar un diálogo profundamente enriquecedor que con el paso del tiempo se hace más entrañable porque me es inevitable preguntarme cada vez que le escribo si será la última, si alcanzará a recibirla en su elegante pero discreta casa de la Calle Morón en el Barrio de Flórez, o si la vida le permitirá contestarla de nuevo. ¿Quién será el último que pueda responderle al otro? ¿Cuándo?
¿Qué resultan ser estos rituales para mí? Una forma para que evitar que —parafraseando a García Márquez en mis páginas favoritas de su obra magna— el alma se me termine cristalizando en la nostalgia de los sueños perdidos. ¡Feliz día de escribir cartas a los amigos! A ver si se animan a enviar una con el alma abierta como en los días de juventud.
