
Este texto no tendría que comenzar afirmando que todas las mujeres, al menos una vez en la vida, hemos sido víctimas de algún tipo de acoso. Pero, esta es una realidad cada vez más presente en nuestra cotidianidad, aunque muchas veces nos cueste reconocer que nos ha sucedido. Y no porque tengamos un auténtico sentimiento de negación, sino porque socialmente se han naturalizado las dinámicas de poder sobre nuestros cuerpos, sobre los cuerpos feminizados, y en múltiples ocasiones no logramos identificar que estamos siendo violentadas.
Pensaríamos entonces que las universidades son lugares en donde las mujeres podríamos sentirnos seguras frente a estas dinámicas de violencia sobre nuestros cuerpos. Sin embargo, ya no basta con no poder caminar tranquilas por los espacios públicos, usar el transporte local, salir de fiesta con temor a convertirnos en una cifra más, porque incluso en las universidades no podemos dejar de sentirnos en riesgo de ser violentadas de alguna forma: por alguno de nuestros compañeros o, incluso, docentes, quienes aprovechan su lugar de poder para generar intimidación en las estudiantes y así lograr acceder a sus pretensiones personales.
En la actualidad, las instituciones de educación superior atraviesan por un sinnúmero de obstáculos que afectan el proceso de enseñanza – aprendizaje y, por ende, el desarrollo integral de las y los profesionales que ingresan a estos niveles para complementar su proyecto de vida y que, por fuerzas intrínsecas a dicho proceso, ralentizan las dinámicas de consolidación profesional. Entre estos obstáculos se ha podido evidenciar que en algunas Instituciones de Educación Superior de la ciudad de Neiva – Huila, algunos estudiantes, especialmente las mujeres, ven amenazado su proceso formativo como consecuencia de episodios de acoso sexual que se configuran al interior y los alrededores de estos establecimientos, ocasionando daños psicosociales irreversibles que afectan no solo la dimensión académica, sino también la familiar, la social y, en el mayor de los casos, la afectiva.
Según el diario El Tiempo (2022), durante el año 2021, se registraron 413 denuncias de acoso en doce universidades de Colombia, de las cuales 83, correspondían al acoso sexual y de las que se obtuvieron solamente ocho sanciones. Es decir, que la aplicación de las normas en dichos casos, tuvo un registro del 0.018%, mientras que la impunidad ha sido del 99.82%, esto evidencia los pocos esfuerzos que realizan Ls Instituciones de Educación Superior en dichas situaciones para proteger su “buen nombre”, generando una revictimización en aquellos estudiantes víctimas de acoso sexual1
Con relación a lo anterior, es importante destacar que a través la investigación “Acoso Sexual, Universidades y Futuros posibles” del Centro de Estudios Jurídicos y Sociales – Dejusticia2, se logró determinar que la consecuencia de la impunidad frente a esta vulneración de los derechos de libertad sexual tanto adolescentes como adultos, es por la incapacidad de los organismos de control y vigilancia y de los directivos de las diferentes universidades del país, pues las soluciones a las rutas de prevención y atención psicosocial que deben implementar para tratar oportuna y eficientemente los casos que se presentan en las mismas no son efectivas.
Entonces ya no solo tenemos que lidiar con esas personas, en la mayoría de casos, de sexo masculino que se creen en la total libertad de incomodarnos con sus piropos mientras caminamos por las calles, o quienes se han atrevido a seguirnos mientras se tocan sus partes íntimas o aquellos que se creen con la potestad de tocar nuestros cuerpos sin consentimiento, sino que también debemos cuidarnos de nuestros compañeros de clase, de los docentes, el personal administrativo de las instituciones, porque nunca sabemos qué tan cerca está un posible agresor y porque las universidades no están preparadas y, al parecer, ni siquiera interesadas en prevenir este tipo de situaciones.
A todas nos ha tocado, y estamos listas para defendernos y salir a las calles a gritarlo. Estamos listas para seguir exponiendo sus nombres y sus rostros, para seguir exigiendo protocolos de atención efectivos en las universidades. Estamos listas, porque estamos todas y el miedo cambió de bando.
