El Presidente Petro parece encerrarse en su propio laberinto. Fuente: Presidencia de la República - Alexa Rochi.
El Presidente Petro parece encerrarse en su propio laberinto. Fuente: Presidencia de la República - Alexa Rochi.

Colombia ha modificado su Constitución Política más de una docena de veces. Predominantemente, fueron el resultado de procesos marcados en baños de sangre, que datan desde Socorro en 1810 hasta terminar en nuestra carta política actual de 1991. Hablar hoy de una Constituyente en nuestro país nos lleva a profundizar en el concepto de la posverdad que glorifica la vulgaridad y las mentiras. Mientras tanto, aumenta el populismo y se abre la puerta a una derecha cada vez más autoritaria.

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El pasado 15 de marzo, el Presidente de la República Gustavo Petro, en audiencia pública con indígenas en Cali, al sur del país, sorprendió a todos con su discurso: «Si las instituciones que hoy tenemos en Colombia no son capaces de estar a la altura de las reformas sociales que el pueblo -a través de su voto- decretó (…) entonces Colombia tiene que ir a una Asamblea Nacional Constituyente». Este anuncio activó todo tipo de discusiones en torno a la posibilidad de que no solo se cambiara la constitución sino que por esa vía, Petro se perpetúe en el poder, aun cuando ya ha mencionado que ninguna de las dos es su intención.

Sin embargo, es inviable pensar algo así justo ahora en que, el gobierno Petro no tiene ni el tiempo ni el capital político que le genere un respaldo legislativo y más aún, un respaldo popular. Analicémoslo detenidamente.

¿Por qué pensar en una Asamblea Nacional Constituyente?

Una asamblea nos lleva a reescribir la constitución, que solo se puede a través de tres vías: un referendo al que se convoca para cambiar algún articulado; los proyectos de Acto Legislativo — uno de los más usados, que también permite reformar sus artículos — y, por último, la Asamblea Nacional Constituyente. Esta última requiere de más trabajo y esfuerzo porque depende de una ley que debe ser aprobada por una mayoría absoluta en el Congreso, a su vez pasa por revisión de la Corte Constitucional y de ser convocada en urnas, se necesita que una tercera parte del censo electoral (más de trece millones de personas) acuda a las urnas, y por supuesto que triunfe el voto positivo.

Petro ganó la Presidencia con un proyecto político que jamás habló de una constituyente y que si bien superó en 2022 los once millones de votos, en este caso, tendría que sacar otros dos millones de votantes — siendo optimistas y pensando en que esa base electoral aún se mantiene — en un contexto político donde su imagen ha decaído en la mayoría de sondeos y la polarización se ha incrementado. Además, un esfuerzo de este nivel, tomaría alrededor de dos años, tiempo en que su mandato acabaría y si la razón para convocar una constituyente radica en la no aprobación de sus reformas, como la de la Salud — que requiere, al igual que el resto, de mayoría simple para ser aprobadas —, malgastaría su tiempo y no lograría la aprobación de ninguna. Si no ha logrado aterrizar la retórica de un acuerdo nacional, que lleve al congreso a votar a favor de sus reformas, que no requieren de mayoría absoluta como sí una constituyente, ¿Qué le hace creer que lo lograría?

El mandatario alega que esto también se debe al incumplimiento de la misma constitución, y puede que esto sea verdad, pero de los puntos que mencionó y deben discutirse en un escenario así, varios ya están al interior de la misma constitución:

En primer lugar, Petro menciona la no implementación adecuada del Acuerdo de Paz con las FARC (2016) — que ya tiene fuero constitucional — y que no necesita de una constituyente sino del esfuerzo del gobierno para implementarlo. En segundo lugar, habla de las condiciones básicas de las poblaciones excluidas y abandonadas, pero esos derechos ya están en el entramado jurídico de la Nación y lo que debería de hacer el gobierno es tomarse en serio la función de entidades como Prosperidad Social (que ya ha tenido tres directores en lo que va el gobierno y que es la encargada de hacer que la gente sienta en carne y hueso el ‘cambio’ del que se habla): no se necesita una reforma constitucional ni para priorizar la educación pública ni la reforma agraria y tampoco se necesitaría una para constitucionalizar la lucha contra el cambio climático y la descarbonización de la economía pues mediante esa misma interpretación de lo que es desarrollo sostenible, la Corte Constitucional la ha venido incorporando en su marco.

En ese sentido, hay muchas cosas que se pueden hacer sin reforma constitucional, otras sí, en reforma a la justicia, pero ni siquiera él ha definido cuáles son las que requieren reforma constitucional y cuáles requieren una asamblea nacional constituyente. Entre todas considero que la urgente actualización del ordenamiento territorial podría eventualmente requerir una discusión constituyente, pero aun así es un debate que debe dejar instalado más allá de su período presidencial, y no desgastar el poco capital político y tiempo que le queda. Hay que recordar que el cambio no se da en cuatro años y que en nuestra historia siempre ha sido costumbre creer que el remedio a todos los problemas del país se da cambiando la constitución.

Posverdad, Política y Ficciones

Este panorama nos lleva a hablar de la posverdad, una que prefiere el poder a la verdad y que hoy, alimenta tanto el Presidente, como los medios de comunicación en franca oposición. El poder y la verdad pueden caminar juntos hasta cierto punto, excepto cuando el poder se sobrepone y recurre a la creación de discursos que no son más que ficciones que otorgan una identidad y un papel a la gente por el cual luchar, aun si renunciamos a la verdad. Por ejemplo, el creer que todas las zancadillas que ha padecido el gobierno han sido solo de las grandes élites que no lo quieren dejar gobernar y no de los errores que ha cometido a la hora de lograr consensos y su incapacidad para asumirlos y ejecutar su proyecto político.

Esta narrativa apela a nuestras emociones porque nos hace pensar que el mandato popular peligra, alimenta rumores de golpes de Estado y defiende la idea de que solo a través de la activación popular en las calles, el gobierno logrará estar a salvo.  Acá, la política al ser emocional, se aprovecha del silencio de unos tantos que apoyan al statu quo, como de quienes crean noticias falsas, las institucionalizan y son el talón de Aquiles de un gobierno que no se deja asesorar, que carece de autocrítica y que gradúa de neoliberales a ‘tecnócratas’, periodistas y a todo aquel que cuestione su capacidad para gobernar. Petro hoy padece el drama de los grandes reformadores: demasiado tibio para las expectativas de quienes quieren grandes cambios, radicales y pronta ejecución; y demasiado osado para aquellos cuyos intereses está amenazando por la reforma de un cambio.

Por eso resulta tan peligroso hablar de una constituyente en estos momentos porque tergiversa las buenas intenciones que tal vez pueda tener el gobierno, a la par en que fortalece a una derecha radical que no es la misma de hace 30 años y que aprovecharía la coyuntura para causar un retroceso en materia de derechos, en especial de las mujeres, así como de las minorías racializadas y diversas. Por ejemplo, el exvicepresidente Germán Vargas Lleras manifestó estar de acuerdo y dijo querer derrotarlo en las urnas. Las ansias de la derecha por regresar al poder, la fortalecerían de cara al 2026 y darían lugar a otro outsider, que de paso, desconozca la institucionalidad e imponga un régimen autoritario.

Este modus operandi, atenta no solo contra la política nacional sino a la geopolítica internacional y a la poca información que circula de manera transparente. Basta con recordar cómo Hillary Clinton perdió contra Donald Trump en 2016 por ser acusada de encabezar una red de tráfico infantil que explotaba sexualmente a niños en el sótano de una pizzería, y que aunque falso, bastó para que norteamericanos con poca formación política, creyeran en esa ficción y le dieran la victoria a un xenófobo y misógino que está a punto de regresar a la Casa Blanca.

Todo esto lo saben los grandes medios: al leer una noticia, aunque falsa e incompleta,  el cerebro siempre activará la corteza prefrontal que alude más a la emoción y a la conducta que a la razón y se satisface cuando nos dicen lo que queremos leer. Cuando las noticias son ‘gratis’, nosotros somos el producto. Tristemente, algunas noticias falsas, duran para siempre. Si como país queremos la verdad, debemos renunciar al poder que nos incita a querer controlar el mundo, en lugar de entenderlo, incluso, cuando el intentar entenderlo, nos permita controlarlo mejor. Sobre esto, Colombia y sus dirigentes, aún tienen mucho por aprender.

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