
Por: Mauricio Muñoz Escalante 1
Mi abuela acaba de cumplir 90 años y muchas personas nos desplazamos desde varios lugares dentro y fuera de Colombia para celebrarlo: dos hermanos, diez hijos, diecinueve nietos, siete bisnietos, y decenas de consortes, novios y amigos. Cantamos el “Japi Berdei”, preparamos sorpresas, ofrecimos viandas, declamamos poesías y leímos dedicatorias. Todo era para ella, por supuesto: las palabras y los gestos eran para expresar admiración por una vida de trabajo e ímpetu… E inevitablemente mencionamos a Dios (en gran parte) porque ella es devota católica: que Dios la cuide, que Dios le pague, que Dios la premie.
De alguna manera reconocimos que aun poniendo todo nuestro esfuerzo —llevándola al mejor restaurante, trajeándonos con nuestros atuendos más especiales, escogiendo la música más conmovedora— íbamos a quedarnos cortos. Por eso, también en parte, era necesario pedir ayuda a Dios. El problema, creo, es que la fe que acompaña esas galanterías languidece con cada generación: asumimos que ella y sus hermanos son fervorosos, que la mayoría de sus hijos siguieron el ejemplo, que sólo algunos de los nietos conservan la tradición, y que probablemente casi ninguno de los bisnietos se reconoce en el mito. Nos parece lógico que los nonagenarios y octogenarios sirvan su vida a los mandatos del de arriba, pero ya no tanto que lo mismo ocurra a los cuarentones o los treintañeros, y casi ni se nos pasa por la cabeza que un adolescente o un infante pase un segundo de su vida pensando en la trascendencia. Creemos, casi con orgullo, que nos proyectamos hacia un futuro sin Dios.
Pero siento dañar la fiesta, pues esto no parece más que una ilusión, porque lo que «creemos» no necesariamente se corresponde con lo que hacemos. La prueba es la reunión que acabo de mencionar. Si fuéramos tan ateos, si en realidad nos dedicáramos a «hacer morcillas al diablo», como dice mi misma abuela, no invertiríamos nuestros ingentes ingresos en un viaje sabiendo de antemano que entre taxis y aviones y conexiones se irá gran parte del día, para apenas verla entre la muchedumbre y darle un abrazo veloz, mientras competimos por el espacio para acercarnos un segundo para decirle «felicitaciones». Una somera revisión del archivo de Excel donde hacemos cuentas grita que no lo hagamos, que no es factible, que miremos el saldo en rojo. Pero vamos precisamente porque aún nos queda alguna idea de las jerarquías (la importancia de reconocer qué o quién está más arriba); porque gozamos uniéndonos alrededor de la comida (el valor del ofrecimiento, si nos ponemos píos); y porque deseamos profundamente dar gracias, ya no en nuestro fuero interno sino en comunión con otros bendecidos por la buena fortuna (el menester de realizarnos en el otro, como indica el credo).
La fe, en otras palabras, no es hablar sino actuar.
Traigo el asunto a colación a propósito del estreno esta semana de Sonidos de libertad, la película en la cual mojamos prensa de la mala una vez más, ahora por el tráfico de niños como esclavos sexuales desde Colombia. Si hay algo oscuro en la historia universal de la infamia, como diría Borges, es eso. Y si existen quienes no tienen perdón de Dios, como nos expresamos sin darnos cuenta, son los que se atreven a tanto. Los epítetos no alcanzan para imaginar el ambiente en el que se desarrolla un negocio tan perverso, y cualquiera al que se le pregunte por un castigo no dudará en decir que no hay cárcel ni sentencia que haga justicia con el delito. Por muy ateos que nos declaremos, sabemos que una sanción acorde a tal pecado no es suficiente con la impuesta por un humano porque estamos hablando de un crimen que está «más allá».
Jim Caviezel, el protagonista, dice que recuperarse del contacto con esa realidad le tomó más de dos años. Y atribuye su triunfo a Dios: «Si vas donde el diablo a interpretar el diablo, él te engañará», explica desde su perspectiva religiosa. «El diablo planta señuelos», dice calcando las palabras de mi abuela: «Pone trampas», dice aunque no ha visto el filme. Ella es de las que prefiere mantenerse alejada de cierta información; de las que piensa que es mejor no ver algunas cosas. Ella cree que la sola exposición a algo tan sórdido puede dejar una marca indeleble en las personas, igual que dice el actor: «Para interpretar el papel no podía acercarme a una maldad de esa magnitud pretendiendo que era sólo una actuación», valga decir con arrogancia, pues él también profesa que (ver) eso calcina para siempre. Dijo en una entrevista que su único escudo era la verdad, o sea, bajar a las mazmorras temiendo todo el tiempo, con profunda humildad, con la cabeza baja, casi que en oración… Ambos, mi abuela y Jim, además usan el mismo verbo, sólo que con otra acepción: ella dice que no se debe jugar con candela y él dice no jugar al diablo (play the devil, en el sentido de engatusar).
La lección es la misma, en Hollywood o en Medellín. Una lectura pagana de «No jugar con candela» arroja lo obvio: que si me acerco al fuego, pues me quemo. Esto sirve para educar a los niños para que no manipulen fósforos, no compren totes de contacto en Navidad, no se acerquen a los fogones de la cocina, y no corran alrededor de la hoguera cuando hacen camping. Pero pasada esa mirada superficial es inevitable hacer referencia a la dicotomía cristiana, pues «No jugar con candela» es sólo otra forma de decir «No caer en tentación». ¿Y cómo se cae en tentación? Primero mirando, asomándose donde no nos han llamado: «Buscándole la quinta pata al gato», para seguir con los dichos.
La pregunta es entonces qué tanto nos hemos librado (si esa es la expresión) del legado que mi abuela quiso imprimir en la familia. Pensándolo bien, no mucho. Yo, por ejemplo, crecí en el hogar agnóstico de una de sus hijas, un lugar donde se me proveyeron guías «humanas» que sacadas de cualquier contexto teológico en realidad parecen laicas, rayanas en la sabiduría popular, precisamente como esa inocente de «No jugar con candela». Durante casi cincuenta años me alineé con el bando escéptico y, acordemente, clamé con orgullo que la vida es mejor sin dogmas, pero ahora con la presbicia se me está revelando la letra menuda de esas enseñanzas, y qué me late que son más piadosas de lo que quisiéramos—mis padres y yo—reconocer.
Así que, querida abuela, puedes quedarte tranquila porque tu labor de pastora, aunque en apariencia luzca como un fracaso (en parte) porque de dientes para fuera nos ves blasfemando, en gran parte fue un éxito total.
Creo.
Sobre el autor…

Arquitecto. Máster en Arquitectura del Pratt Institute de Nueva York. Escritor, autor de novelas, libros de cuento y ensayo, y artículos de divulgación científica. Profesor e investigador universitario. Director Nacional del Programa de Arquitectura de la Universidad Antonio Nariño, cuya sede más importante es Neiva. Es colaborador de La Gaitana en temas como: ficciones urbanas, autoetnografia, modernización y subdesarrollo. Residente en Bogotá. Cofundador de La Gaitana Periodismo Independiente.
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- Este artículo fue enviado el 31 de agosto de 2023 a La Gaitana Periodismo Independiente, pero a veces se nos traspapelan cosas, como en la memoria de los pueblos y con la venia del autor hemos decidido que mejor tarde que nunca. (N del Director). ↩︎
