Los desafíos de la maternidad deben ser vistos más allá de la romantización de la figura. Fuente: Freepik.
Los desafíos de la maternidad deben ser vistos más allá de la romantización de la figura. Fuente: Freepik.

¿Debe ser la maternidad la experiencia más sublime y el único ideal para la persona que materna? ¿Qué sucede si lo que se siente es contradicción y sombras? ¿Es una mala madre si, por serlo, no siente alcanzar la felicidad? ¿Es socialmente incorrecto si su mundo no gira alrededor de maternar, si no se esfuerza por convertirse en una “mamá perfecta” y sonreír en el proceso? La maternidad habita entre el eclipse de lo extraordinario y la oscuridad de lo cotidiano.

La sociedad cancelaría el rol de una madre si expresara a viva voz que su maternidad no la define, ni por esta se siente completamente plena. La maternidad es una dimensión de la vida de quien materna, una trascendental pero no la única. 

Así como revitaliza también agota, este agotamiento si bien se relaciona con maternar, está igualmente relacionado con la exigencia social y la autoexigencia, que vive a razón de lo que románticamente y de forma idealizada se considera ejercer la maternidad, basado en la noción e imposición de haber nacido con el “instinto maternal”. 

Existe la idea de que esta además implica el despojo de la vida propia, a expensas de las necesidades de los(as) hijos(as), inclusive desde el primer aliento de estos(as). Un ejemplo puede ser el hecho de que desde el momento del nacimiento, pese al agotamiento muscular y psicoemocional, se le exige a la persona cumplir el deber. De esta forma los discursos y prácticas en las instituciones de salud, que tienen la intención de presionar a través de la culpa, exaltan las prácticas de “buenas madres”, a quienes posponen sus necesidades, como el alivio del dolor y el cansancio, ante el cuidado de sus hijos(as). Esto último ya lo señala la profesora Natalie Sánchez Benítez en su artículo “La experiencia de la maternidad en mujeres feministas “publicado en la revista Nómadas en 2016.

Estas prácticas trascienden a otros momentos de la maternidad, en donde por la búsqueda de la identidad maternal se opta por seguir modelos familiares y experiencias -cercanas o lejanas- que muestran formas políticamente correctas de crianza y cuidado. En este sentido, tienen lugar también los desafíos personales de evitar y nunca asumir o reproducir formas tradicionales de maternar -como ha señalado Sánchez-, motivadas también por las propias vivencias, puesto que al final, la maternidad devuelve a la persona a su propia experiencia de familia. 

Estos modelos de cuidado y crianza que en la actualidad se convierten en tendencia, también generan una sobreexigencia para la persona que materna, debido a que no cumplir con estos o no sentir afinidad por estos produce sentimientos de culpa, al igual que una sensación de invalidación que potencia las inseguridades, sobre todo porque lograr responder a la crianza de forma plena requiere una fuerte red de apoyo. 

Las exigencias y juicios sociales se consolidan además como factores de violencias simbólicas, aún más en experiencias que no cumplen con los estereotipos de roles. Las mujeres que gestan jóvenes reciben una especie de castigo social, las mujeres “en edad fértil” son hostigadas para que sean madres y la maternidad en edades maduras es representada como algo peligroso, difícil y hasta irresponsable (Sánchez, 2016). 

La maternidad confluye con otros roles y pasiones, con las relaciones de pareja y con otros(as), así como con las actividades laborales. Esther Vivas, periodista y escritora española, creadora de la obra “Mamá desobediente”, afirma que los ritmos de la maternidad son contrarios a la lógica productivista, razón por la cual es complejo poder conciliar la crianza y el cuidado con el trabajo. Pese a esta realidad, las maternidades que trabajan también son cuestionadas por hacerlo o por haber “priorizado” aspectos de desarrollo profesional o académico por encima del cuidado. 

Las afirmaciones anteriores no pretenden rechazar la maternidad. Pretenden visibilizar la realidad múltiple y ambigua de maternar, comprendiendo que en el proceso existen luces y sombras (Esther Vivas); experiencias maravillosas que difícilmente se pueden describir, pero también hay aspectos oscuros, difíciles de reconocer y aceptar, a menos que se reflejen en la cotidianidad -como señala Laura Gutman en su libro “La maternidad y el encuentro con la propia sombra”- y afecten el contexto íntimo, familiar y social.

De allí la importancia de lograr reconciliarse con la oscuridad y deconstruir la perspectiva de maternidad, como un camino de conocimiento personal, trascendiendo la idealización y romantización, que sólo es una puerta hacia las dudas, el estigma y las violencias. 

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Conflicto de intereses: Eliana María Quintero Trujillo pertenece a la Red Huilense de Defensa y Acompañamiento en Derechos Sexuales y Reproductivos (RHUDA), organización vocera del movimiento Causa Justa en el Huila. No recibe salario, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo profesional y personal de su perfil.

Sobre la autora…

Eliana María Quintero Trujillo, Enfermera, Magister en Enfermería, Docente Universitaria USCO, pertenece a la Red Huilense de Defensa y Acompañamiento en Derechos Sexuales y Reproductivos (RHUDA), Mamá de Miguel.

Referencias 

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